William Faulkner

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Algún Homero debiera cantar la saga de la mula y de su función en el Sur… ella fue la que consiguió lo que obstáculos insuperables hacían prácticamente imposible, gracias a su paciencia sin límites y a su espíritu vengativo. La mula no se parece ni a su padre ni a su madre; hijos e hijas no los tendrá nunca; es vengativa y paciente (nadie ignora que trabajará diez años sin protestar para una misma persona por el privilegio de darle al fin una buena coz); solitaria pero sin orgullo, autosuficiente pero sin vanidad; su voz es una burla de sí misma. Paria miserable, no tiene ni amigos, ni esposo, ni amante ni nadie que la corteje; aunque célibe, no tiene deseos; no posee una columna ni una cueva en el desierto; no la asaltan las tentaciones, ni la flagelan los sueños ni la alivian las visiones; fe, esperanza y caridad no son virtudes suyas. Misántropa, trabaja seis días sin recompensa alguna para una criatura a la que odia, atada con cadenas a otra a la que desprecia, y emplea el séptimo día en dar coces a sus semejantes y en recibirlas de ellos. Incomprendida incluso por la criatura (el negro que la conduce) cuyos impulsos y procesos mentales más se parecen a los suyos, realiza actos que le son ajenos en ambientes igualmente ajenos… Fea, incansable y perversa, no se deja convencer ni por razones, ni por halagos, ni por promesas; realiza sus humildes y monótonas tareas sin queja y su galardón son los golpes que recibe. Cuando está viva, la arrastran por el mundo, convertida en objeto de general abominación; y sin que nadie la llore, la honre o la cante, deja blanquear sus desgarbados y acusadores huesos entre latas oxidadas, pedazos de loza y neumáticos inservibles en las laderas de las colinas solitarias, donde su carne se remonta, ignorante, sobre el azul del cielo, en el buche de los buitres.

William Faulkner, Sartoris, 1929

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Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada que hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra si no le importa participar en ella; el trabajo le da cierta posición social; no tiene nada que hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y él podrá tutearse con los policías. De modo pues, que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.

William Faulkner, Entrevista en The Paris Review, 1956

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