Vladimir Nabokov

Me gustan muchas cosas -continuó Lucette con voz soñadora y melancólica, clavando el tenedor en los flancos de una trucha azul que, a juzgar por su forma convulsa y sus ojos desorbitados, debía de haber sufrido viva el atroz suplicio del fuego lento-, me gustan la pintura flamenca y holandesa, las flores, la buena cocina, Flaubert, Shakespeare, comprar, nadar, esquiar, los besos de las bellas y las bestias… Pero sin embargo, todo eso, todos esos placeres menudos, esta salsa y todos los tesoros de Holanda, no forman más que una fina cutícula bajo la cual no hay nada, absolutamente nada, salvo, desde luego, tu imagen… Tu imagen, que no hace más que ahondar en ese vacío y añadirle los sufrimientos de la trucha atormentada.

Vladimir Nabokov, Ada o el Ardor, 1969

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Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar "nínfulas" a esas criaturas escogidas… Si pedimos a un hombre normal que elija la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o girl-scouts, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo (¡oh, cómo tiene uno que rebajarse y esconderse!), para reconocer de inmediato, por signos inefables ─el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas de ternura me prohiben enumerar─, al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas.

Vladimir Nabokov, Lolita, 1956