Vicente Blasco Ibáñez

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El deseo ferviente de Gabriel era ira a París. Su vida en Francia había cambiado radicalmente sus ideas. Experimentaba la misma impresión que si hubiera caído en un planeta nuevo. Acostumbrado a la monótona vida del Seminario y a la existencia nómada de aquella guerra montaraz y sin gloria, le asombraban el progreso material, los refinamientos de la civilización, la cultura y el bienestar de las gentes en la tierra francesa. Recordaba ahora con vergüenza su ignorancia española, aquella prosopopeya castellana, mantenida por mentirosas lecturas, que le hacía creer que España era el primer país del mundo, el pueblo más valiente y más noble, y las demás naciones una especie de rebaños tristes, creados por Dios para ser víctimas de la herejía y recibir soberbias palizas cada vez que intentaban medirse con este país priviliegiado que come mal y bebe poco, pero tiene los primeros santos, y los más grandes capitanes de la cristiandad.

Vicente Blasco Ibáñez, La Catedral, 1919