Umberto Eco

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Y los rebaños eran vigilados por los canes, cuyo nombre viene de "canor" a causa de su ladrido. Animal perfecto en medio de los otros, con dones de escucha superiores, el perro reconoce a su propio amo, y está entrenado para la caza de animales feroces en los bosques, protege la casa y los pequeños del amo, y en su rol de defensor, encuentra la muerte. El rey Garamante, que había sido conducido a la prisión por sus enemigos, retornó a su patria gracias a una jauría de doscientos perros que se abrieron camino en medio de los batallones antagonistas; el perro de Jasón de Licia, tras la muerte de su dueño, rehusó alimentarse hasta morir de inanición; aquél del rey Lisímaco se tiró sobre la hoguera de su amo para morir con él. El perro tiene el poder de cicatrizar las heridas, lamiéndolas, y la lengua de sus cachorros puede curar las lesiones intestinales. Por su naturaleza, tiene la costumbre de utilizar dos veces el mismo alimento, tras haber vomitado. Sobriedad que es símbolo de perfección de espíritu, así como el poder de taumaturgo de su lengua es símbolo de la purificación de los pecados, obtenida a través de la confesión y la penitencia. Pero que el perro vuelva a lo que ha vomitado es también el signo de que, después de la confesión, uno vuelve a los mismos pecados que antes, y esta moraleja me fue muy útil aquella misma mañana para prevenir mi corazón, en tanto que admiraba las maravillas de la naturaleza.

Umberto Eco, El Nombre de la Rosa, 1980

Los diarios son demasiado densos, tienen demasiadas páginas y tienen que llenarlas a como dé lugar. Por ello se dejan enredar en lo que hace la televisión y caen en cualquier trampa. Un ejemplo: una periodista austríaca me preguntó si estaba trabajando en una nueva novela. Le respondí: “Entre la primera y la segunda pasaron ocho años. Y apenas hace cuatro que terminé la segunda. Hablémonos dentro de cuatro años”. Y sin embargo, el Corrier della Sera informó con palabras mías: “Eco dijo que tiene programada la aparición de su próxima novela dentro de cuatro años”. Los críticos caen en el engaño y leo por doquier: “Eco no publicará nada antes de cuatro años. ¿Tiene todavía inspiración?, etc”.

Umberto Eco, ¿Es la prensa esclava de la televisión?, “Le Nouvel Observateur”, 1993