
Aquí me detengo un instante para exhortar al lector a que no haga jamás el menor caso de su inteligencia cuando ésta se oponga a cualquiera otra de sus facultades mentales. La mera inteligencia, aunque útil e indispensable, es la más pobre de las facultades de la mente humana y aquella de la que más debe desconfiarse, y, sin embargo, la gran mayoría de las gentes no confían en otra cosa, lo cual puede bastar en la vida ordinaria, pero no cuando se trata de fines filosóficos.
Thomas De Quincey, On the Knocking at the Gate in Macbeth, London Magazine, 1823
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Nos reímos a carcajadas cuando nos dicen que Descartes (aunque fuese un gran hombre) sentó como una de las reglas de oro de sus estudios que se guardaría de todo “prejuicio”, puesto que sabemos que cuando un prejuicio de cualquier clase es visto como tal, o sea cuando se lo reconoce como un prejuicio, deja de ser un prejuicio a partir de ese momento. Los prejuicios verdaderamente engañosos de un hombre son aquellos de los que ni siquiera sospecha que sean prejuicios.
Thomas de Quincey, Filosofía de Herodoto, 1842
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