Thomas Carlyle

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He oído, observa además, afirmar (seguramente en tono de chanza) a personas no exentas de filantropía, que la felicidad de los hombres ganaría mucho realmente con que todos los jóvenes fuesen, desde la edad de diecinueve años, encerrados en toneles, o de otro modo cualquiera hechos invisibles; y dejar que allí siguiesen sus estudios legales y sus ejercicios profesionales, hasta el día en que surgiesen, más serios y juiciosos, a la edad de veinticinco años. Apenas necesito decir que yo no abogo de plano por esta idea, al menos en cuanto considerada como plan práctico. Sin embargo, es muy plausible suponer que, así como las jóvenes (Mädchen) tienen precisamente en estos años más encantos para el mundo así los muchachos (Bübchen) llegan entonces a su máximum de detestabilidad. Son estúpidos (gecken), necios y presuntuosos como pavos reales y, no obstante, insaciables en sus complacencias para consigo mismos; son tercos, turbulentos, vanidosos; en todos los sentidos, díscolos y osados.

Thomas Carlyle, Sartor Resartus, 1831

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¿Habría algo más prodigioso que un auténtico fantasma? El inglés Johnson anheló, toda su vida, ver uno; pero no lo consiguió, aunque bajó a las bóvedas de las iglesias y golpeó féretros. ¡Pobre Johnson! ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto? ¿No se miró siquiera a sí mismo? Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo codeaba en las calles de Londres. Borremos la ilusión del Tiempo, compendiemos los sesenta años en tres minutos, ¿qué otra cosa era Johnson, qué otra cosa somos nosotros? ¿Acaso no somos espíritus que han tomado un cuerpo, una apariencia, y que luego se disuelven en aire y en invisibilidad?

Thomas Carlyle, Sartor Resartus, 1834

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