Tecnoficción

Robot Homeless

by Andrés Borbón on 15 March, 2011

in Cómico, Geek, Tecnología

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Pobre robot, un homeless pidiendo un poco de electricidad para seguir viviendo.

El gato de sal (Cuento)

by Andrés Borbón on 24 August, 2010

in Literatura, TecnoFicción

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Comparto con ustedes este cuento, producto de una noche de insomnio en la que cerraba los ojos y las imágenes venían tan claras y las palabras tan exigentes que me vi obligado a ponerlas en el papel. Cuando terminé el cuento, dormí como un bebé.

Espero les guste…

La muñeca ciempiés

by Andrés Borbón on 23 February, 2009

in TecnoFicción

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Una muñeca que podría poblar las peores pesadillas de cualquiera. No sé a quién se le ocurrió montar esta serie de brazos y piernas en serie, pero seguramente consiguió el efecto que deseaba: Agregar un monstruo más al enorme bestiario de seres horrendos que ya existe.

Habría que inventarle una mitología, un origen y un propósito, ¿no?

Por lo pronto, yo propongo que coma carne humana, que sea completamente muda, que sus ojos brillen de color azul bajo la luz de la Luna, que sus dientes muerdan a su víctima tan lentamente que jamás aparezca el dolor y que lo único capaz de matarla sea la curiosa coincidencia de una palabra dicha al mismo tiempo por dos personas destinadas a enamorarse pero que jamás se conocerán.

Esta es una lista de los 10 mejores libros de Ciencia Ficción según el Times Online. De la lista me faltan 3 por leer pero los demás son, ciertamente, verdaderas joyas, con excepción de “La Guerra de los Mundos” que a mi parecer no está al nivel de las demás y si hay que poner una obra de Wells, “La Máquina del Tiempo” era una mejor elección. En lo personal, hubiera querido ver en la lista “El Juego de Ender”, de Scott Card, o “Más que Humano”, de Sturgeon, pero creo que como todas las listas de este tipo, no puede complacer a todo el mundo.

Los 10 mejores libros de Ciencia Ficción, según el Times

1- La nave de un millón de años, de Poul Anderson.

2- La radio de Darwin, de Greg Bear.

3- Crónicas marcianas, de Ray Bradbury.

4- ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick.

5- Solaris, de Stanislav Lem.

6- La serie de Canopus en Argos, de Doris Lessing.

7- 20.000 Leguas de viaje submarino, de Julio Verne.

8- La guerra de los mundos, de H. G. Wells.

9- Los humanoides, de Jack Williamson.

10- El día de los trífidos, de John Wyndham.

via Papel en Blanco

Cómo escribir el post perfecto

by Andrés Borbón on 5 December, 2008

in Literatura, TecnoFicción

PerfecciónPara escribir el post perfecto hay que estar en un estado de ánimo especial y debes prepararlo con días (o semanas) de anticipación

Levántate hasta que las sábanas sean un peso insoportable y date un baño de, al menos, media hora. Así asegurarás que tu mente está completamente despierta y tu cuerpo preparado para el esfuerzo que le espera. Si acostumbras hacer ejercicio por la mañana contente, ya que no se trata de gastar la pólvora en infiernitos.

Si vives solo, mejor. Si no, aíslate a piedra y lodo en tu habitación.

Enciende la computadora y ponte a navegar al azar. Mira unos cuantos videos de YouTube, responde el correo electrónico y chatea, pero no demasiado.

Después, aíslate dentro de ti mismo. Despójate de tu ropa, adopta una posición fetal y comienza a mecerte de adelante hacia atrás (no de un lado a otro, esto es importante), mientras tu mente vaga libremente.

Sé cauteloso y enciende la calefacción, no vaya a ser que pesques una neumonía.

La idea vendrá, pero no saltes de inmediato a la computadora. Recuerda que el demonio tienta a los impacientes y los hace quedar en ridículo.

Toma la idea entre tus manos imaginarias, dale vuelta, amásala, dibújale colores con tus dedos en la superficie, sopésala, aplícale el oído y comenzarás a escuchar lo que tiene que decirte.

Cuando estés seguro de que la idea está a punto y que has analizado cada una de sus infinitas facetas, haz una búsqueda en Google y cuando confirmes que esa misma idea ya se le ha ocurrido a alguien más, saca cuidadosamente el revólver que tienes en el cajón de tu escritorio, encañónate la boca y grita tu nombre mientras disparas.

El dibujo púrpura que tu cerebro dejará en la pared es lo más original que habrías podido hacer en la vida, eso es seguro.

© Andrés Borbón 2008

Afrodita

by Andrés Borbón on 2 April, 2008

in Literatura, TecnoFicción

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(CUENTO)

Aquella mañana le dije a mi asistente personal que no me pasara una sola llamada. Estaba preparando una reunión con algunos de nuestros clientes más importantes para hablarles sobre nuestro último producto, en el cual teníamos depositadas todas nuestras esperanzas. Se trataba, precisamente, del programa al que le acababa de pedir que no me pasara llamadas, el cual tenía el nombre en clave de Afrodita.

Lo realmente novedoso en ésta pequeña joya de software era que el usuario podía generar una personalidad eligiendo uno de los miles de códigos disponibles. Lo más interesante es que dichas personalidades eran reales, y que correspondían a personas vivas, pues habían sido transferidas a nuestro repositorio con el consentimiento de sus dueños. Tenía un par de semanas trabajando con mi asistente personal, una chica robot de cabello rubio para la cual había elegido el código de una secretaria inglesa de mediana edad, soltera y sin hijos. Desde entonces habíamos trabajado juntos y, para ser honesto, no tenía una sola queja de ella a no ser porque, de vez en cuando, se irritaba un poco cuando le daba órdenes contradictorias o levantaba la voz más de lo necesario, pero eso es comprensible.

Me encontraba trabajando en la presentación para los clientes cuando sonó el teléfono. Molesto, levanté el auricular y escuché la voz de mi asistente, quien me recordó que estaba atrasado en el pago del auto. Le respondí, furioso, que ya me encargaría de ello después y que, por favor, no me interrumpiera a menos que fuera un asunto de vida o muerte. Afrodita guardó silencio unos instantes y, finalmente, dijo: Sí, señor, como usted ordene. Me pareció notar un ligero tono de resentimiento en su voz, pero no le di importancia, pues tenía cosas más urgentes en que pensar.

Estaba logrando algún avance en la presentación cuando escuché el sonido de unos nudillos en la puerta. Dije "¡Adelante!" y, poco después, entró Afrodita con la cabeza baja y el cabello desarreglado. Cuando levantó el rostro, advertí que tenía los ojos enrojecidos, y que le escurrían dos ríos de lágrimas por las mejillas. Jamás había visto a un robot llorar, y le pregunté qué le pasaba. Por toda respuesta, Afrodita me entregó un sobre y corrió hacia la ventana, rompiéndola en mil pedazos. Unos segundos después, escuché el sordo ruido de su cuerpo estrellándose contra el pavimento, seis pisos más abajo.

En la nota suicida, Afrodita decía que se había enamorado de mí, y que terminaba con su vida porque no se creía capaz de tolerar mi rechazo.

© Andrés Borbón 2008

Intercambio

by Andrés Borbón on 26 March, 2008

in Literatura, TecnoFicción

(Cuento)

No creo que haya muchas personas que tengan la oportunidad de asistir a su propio entierro, de mezclarse entre los dolientes y de escuchar el discurso del sacerdote sobre uno mismo. Cuando bajaron el ataúd, sentí un gran consuelo y tuve la certeza de que en verdad iba a salirme con la mía, de que nadie sospecharía nada.

Cuando abracé a mi mujer para darle el pésame, ella me miró a los ojos y, por un momento, tuve la sensación de que me había reconocido. Su mirada se clavó en mí y arrugó el ceño. Abrió la boca como para decirme algo, pero de sus labios no brotó el menor sonido. Por fortuna, alguien más reclamó su presencia y se alejó, no sin antes dedicarme un último vistazo. ¿Me había reconocido?

La tarde anterior, le pedí a mi mejor amigo que nos reuniéramos en mi laboratorio con el pretexto de mostrarle uno de mis más recientes inventos: El transductor de conciencia. Se trataba de un pequeño aparato con dos cascos que, presumiblemente, sería capaz de transmitir ciertas sensaciones de una persona a otra. Sin embargo, lo había modificado y aquél día el transductor haría algo más.

Hernán (mi amigo) era el sujeto perfecto: Vivía solo y no tenía muchos amigos ni familiares. Además, era joven y se encontraba en perfecto estado de salud, Yo, en cambio, estaba muriendo. Los médicos me habían dado sólo unas semanas de vida y el tiempo apremiaba.

Unos minutos antes de que llegara Hernán al laboratorio, bebí un potente veneno y escribí la nota suicida. Poco después, ambos teníamos los cascos puestos y programé el aparato con dedos temblorosos, pues el veneno comenzaba a hacer efecto.

Todo sucedió en pocos minutos: De pronto, yo estaba en el cuerpo de mi amigo y éste moría por el efecto del veneno, entre convulsiones y gritos ahogados. Lo demás fue sencillo: Llamé a la policía, respondí unas cuantas preguntas y salí del laboratorio rumbo a mi nueva vida.

© Andrés Borbón 2008

Alebrijes

by Andrés Borbón on 5 March, 2008

in Literatura, TecnoFicción

Alebrije-1

Compré el alebrije a un amigo, quien argumentó que lo vendía porque no iba a juego con la decoración de su nueva casa. Siempre he sido un fanático de estos muñecos de papel engomado o de madera. Éste era de los segundos: Tallado primorosamente en roble, representaba una especie de león con cola de lagarto y cuernos rojos que se curvaban alrededor de la cabeza como si fueran tentáculos. De unos treinta centímetros de alto, el monstruo se paraba sobre sus patas traseras como un caballo rampante. El artista se había esmerado en los detalles: Los dientes parecían reales y los ojos daban la impresión de moverse cuando el observador cambiaba de posición, como el retrato de la Mona Lisa.

Poco después, comencé a dormir mal. Me despertaba a media noche con la impresión de que alguien rondaba por la planta de abajo. Cuando iba a echar un vistazo, no encontraba nada. Algunos detalles extraños comenzaron a llamar mi atención: Los objetos desaparecían. Siempre eran cosas pequeñas: Un bolígrafo, un par de clips, trozos de periódico, pinzas para ropa. Al principio no le di importancia, ya que siempre he sido distraído. Cuando los hurtos continuaron, comencé a preocuparme. A pesar de que vivo solo, tenía la impresión de que había alguien más en la casa.

Comencé a sospechar del alebrije. No se lo dije a nadie porque hubieran pensado que estaba loco. Me di cuenta (creí darme cuenta) que estaba cambiando de forma: Parecía más robusto y en los ojos tenía una expresión de tristeza que no percibí al principio. Una noche, esparcí un poco de harina alrededor de él y a la mañana siguiente pude ver una serie de pequeñas huellas impresas en el fino material.

─Así que tú eres quien ha estado robando mis cosas, ¿eh? ─dije en voz alta, acercándome a la figura de madera, pero ésta permaneció inmóvil, congelada, muda.

Unas noches después, me despertó un tenue llanto. Provenía de la sala y cualquiera diría que se trataba de un niño, o de un gato. Bajé las escaleras y encendí la luz. De inmediato, miré la mesa donde había colocado el alebrije, pero éste no se encontraba ahí. Tras buscarlo mucho, lo hallé bajo uno de los sillones, acurrucado en un nido hecho con hojas de papel periódico. A su lado se retorcía un pequeño ser con tres pares de piernas, cuerpo de dragón, melena de león y unos cuernos idénticos a su madre, quien me miró con ojos suplicantes.

No tuve corazón para echarlos. El bebé es algo travieso, pero ya me he acostumbrado a él y la única condición que les puse para quedarse era que permanecieran quietos cuando tuviera visitas en casa.

© Andrés Borbón 2008