Stendhal

─¡Qué cara tan fea tiene ese cura! ─estaba diciendo la señorita de La Mole cuando Julián se acercó al canapé.

Se sintió irritado, pero ella tenía razón. El señor Pirard era, sin que nadie pudiera ponerlo en duda, el hombre más honrado que había en aquel momento en el salón, pero su rostro enrojecido, que reflejaba sus remordimientos de conciencia, lo hacía parecer horrible. “Después de esto, no se me ocurrirá guiarme por lo que expresan las fisonomías ─pensó Julián─. Precisamente en el momento en que el padre Pirard se reprocha algún pecadillo es cuando se le pone un aspecto atroz. En cambio, en el rostro de Napier, espía de sobra conocido por todo el mundo, se lee una dicha pura y tranquila”.

Stendhal, Rojo y Negro, 1830

{ 0 comments }