
Un extranjero muy rico llamado Suderland era banquero en la Corte y naturalizado en Rusia; gozaba de gran favor de la emperatriz. Una mañana le anuncian que su casa está rodeada de guardias y que el jefe de policía quiere hablarle.
Este oficial, llamado Reliew, entra con aire consternado:
-Señor Suderland -dijo-, me veo, con verdadero dolor, encargado por mi graciosa soberana de ejecutar una orden cuya severidad me aterra, me aflige, e ignoro por qué culpa o qué delito habéis excitado a tal punto el resentimiento de Su Majestad.
-Pero, señor -respondió el banquero-, yo lo ignoro tanto o más que vos: mi sorpresa sobrepasa la vuestra. Pero, en fin, veamos, ¿qué orden es ésa?
-Señor, en verdad, me falta valor para dárosla a conocer.
-¡Cómo! ¡Habré perdido ya el favor de la emperatriz?
-Si sólo fuese eso, no me veríais tan desolado. El favor puede reconquistarse; un empleo puede ser devuelto.
-¡Y bien! ¿Se trata acaso de hacerme regresar a mi país?
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Louis Philippe de Segur,
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Pero lo más curioso de todo sucedió en un viaje que hice de Barbosa a Bogotá. Compré un tiquete de primera (lo que no era mi costumbre), porque no había de segunda y en este tren había visto que los coches de tercera tenía sólo unas largas bancas de madera paralelas, de lado y lado del vagón. Después me di cuenta de que el tren llevaba otro coche designado igualmente de tercera pero con verdaderos asientos -asientos de madera pero bastante más cómodos- y, a pesar de eso, casi desierto, mientras que los demás coches de tercera (que parecían vagones de ganado adaptados para uso humano) iban llenos. Hipoteticé que unos analfabetos habrían evitado el coche mejor porque no sabían leer su clasificación y pensaban que era de una clase superior más costosa; pero dudé que fuera ésta la única razón. Más bien me pregunté si el fenómeno no sintetizaba tal vez el grado de abnegación que a través de la historia se había inculcado en el campesinado cundiboyacense, que pensaba instintivamente que lo peor siempre era lo reservado para él.
David Bushnell, Colombia por primera vez y hace medio siglo, 1991
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De nada le sirvió a Sophie llorar, suplicar a su mamá que no la obligase a portar la abeja en forma de collar; la mamá llamó a la criada, se hizo traer un cordón negro, ensartó los trozos de la abeja y los ató al cuello de Sophie. Paul no se atrevía a decir nada; estaba consternado; cuando Sophie se quedó sola, gimiendo y avergonzada de su collar, Paul trató de consolarla por todos los medios posibles; la abrazaba, le pedía perdón por haberle dicho tonterías, y quería hacerle creer que los colores amarillo, azul y negro de la abeja hacían un efecto muy hermoso y parecía que fuera un collar de jade y de pedrerías. Sophie le agradeció su bondad; algo se consoló con la amistad de su primo; pero siguió estando muy triste con su collar. Durante una semana, los trozos de la abeja permanecieron enteros; pero finalmente, un buen día, Paul, jugando con ella, los aplastó tan bien que no quedó más que el cordón. Corrió a prevenir a su tía, quien le permitió quitar el cordón negro. Fue así como Sophie se liberó, y desde entonces jamás hizo sufrir a ningún animal.
Sophie Rostopchine, comtesse de Ségur, Les malheurs de Sophie, s.XIX
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Sophie Rostopchine Comtesse de Segur

Pero muchas personas honorables no se contentaron con aquella explicación; la historia del autómata les había impresionado profundamente y se extendió entre ellos una terrible desconfianza hacia las figuras humanas. Muchos enamorados, para convencerse de que su amada no era una muñeca de madera, obligaban a ésta a bailar y a cantar sin seguir los compases, a tricotar o a coser mientras les escuchaban en la lectura, a jugar con el perrito… etc., y, sobre todo, a no limitarse a escuchar, sino que también debía hablar, de modo que se apreciase su sensibilidad y su pensamiento. En algunos casos, los lazos amorosos se estrecharon más, en otros, esto fue causa de numerosas rupturas.
Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, El Hombre de Arena, 1817
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La señora Andrew era una mujer muy bella, con hermosos cabellos rubios, y tenía dos hijas preciosas. La rubia se casó con un petrolero que era calvo como la palma de la mano y se fue a vivir a Sumatra. La morena se casó con un hombre de Bogotá y emprendió un largo viaje en canoa por el río Magdalena, donde los nativos eran indios, dormían en hamacas, tenían horribles enfermedades, y cuando la mujer tenía un hijo era el marido quien se acostaba, y usaban flechas envenenadas. Si a uno le hieren en aquel país, se le hace una llaga blanca que no se cura nunca… La canoa se vuelca fácilmente en el agua caliente llena de peces voraces que son atraídos por el olor a sangre, si se tiene un rasguño o una herida sin cerrar. A veces hicieron pedacitos a muchas personas… se anda ocho semanas en canoa por el río Magdalena, y después se llega a Bogotá.
El pobre Jonás Fenimore volvió desde Bogotá muy enfermo, y dijeron que tenía elefantiasis. Era un buen tipo que contaba historias sobre la cálida selva, los truenos, los cocodrilos, las horribles enfermedades, los peces voraces, y se tomaba todo el whisky del aparador. Cuando iba a nadar podían verse las grandes ronchas marrones de sus piernas, como cáscaras de manzana. Le gustaba beber whisky, decir que Colombia se está convirtiendo en uno de los países más ricos del mundo, y hablar de petróleo, de maderas raras para contraplacados, y mariposas tropicales… Pero el viaje por el río Magdalena era demasiado largo, caluroso y peligroso, y murió.
Dijeron que había sido el whisky y la elefantiasis y el río Magdalena.
John Dos Passos, Paralelo 42
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-No creo en la vida futura -dijo Rashkolnikov.
Svidrigalov se quedó pensativo.
-¿Y si no hubiera allí más que arañas o algo por el estilo? -dijo de pronto.
“Es un loco”, pensó Rashkolnikov.
-Siempre nos representamos la eternidad como algo imposible de comprender, como algo inmenso. ¿Por qué tiene que ser inmensa la eternidad? En lugar de eso, figúrese que sólo hubiera allí una habitación reducida, algo así como el cuarto de baño de las casas de campo, sucia y con telas de araña en todos los rincones, y que eso fuera toda la eternidad. Muchas veces me la imagino de ese modo.
Fedor Dostoievski, Crimen y castigo, 1866
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Hasta ahora yo tenía una aversión especial hacia todas las personas corpulentas. He sido siempre opuesta a esa creencia popular de que la gordura en exceso de las gentes está en relación directa con el buen humor también en exceso, lo cual equivale a decir que no engordan más que personas agradables, o que el aumento casual de unas cuantas libras de carne ejerce una influencia marcadamente favorable sobre el natural de la persona en cuyo cuerpo se han acumulado. He combatido invariablemente estas dos creencias tan absurdas, recopilando ejemplos de gordos que fueron tan crueles, mezquinos y viciosos como los más delgados y malvados de sus prójimos. Yo preguntaba si Enrique VIII tenía un carácter agradable, si el Papa Alejandro VI era un hombre bueno, si los asesinos señor y señora Manning no eran ambos dos personas extraordinariamente robustas, si las nodrizas, estas mujeres de proverbial crueldad, incomparable con todo lo que se ha conocido en Inglaterra, no eran en su mayor parte tan gordas como muy poco se ha conocido en lnglaterra…
William Wilkie Collins, La Mujer de Blanco, 1852
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William Wilkie Collins

Y, sin embargo, veintidós meses son largos y pueden suceder muchas cosas: hay tiempo para que se formen nuevas familias, nazcan niños y hasta empiecen a hablar, para que se alce una gran casa donde antes sólo había un prado, para que una hermosa mujer envejezca y ya nadie la desee, para que una enfermedad, incluso de las más largas, se prepare (y mientras tanto el hombre sigue viviendo despreocupado), consuma lentamente el cuerpo, se retire en breves apariencias de curación, se reanude desde más hondo, sorbiendo las últimas esperanzas; queda aún tiempo para que el muerto sea enterrado y olvidado, para que el hijo sea de nuevo capaz de reír y por la noche acompañe a las muchachas por las avenidas, inconsciente, a lo largo de las verjas del cementerio.
Dino Buzzati, El Desierto del Tártaro, 1940
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