relatos cortos

Cómo escribir el post perfecto

by Andrés Borbón on 5 December, 2008

in Literatura, TecnoFicción

PerfecciónPara escribir el post perfecto hay que estar en un estado de ánimo especial y debes prepararlo con días (o semanas) de anticipación

Levántate hasta que las sábanas sean un peso insoportable y date un baño de, al menos, media hora. Así asegurarás que tu mente está completamente despierta y tu cuerpo preparado para el esfuerzo que le espera. Si acostumbras hacer ejercicio por la mañana contente, ya que no se trata de gastar la pólvora en infiernitos.

Si vives solo, mejor. Si no, aíslate a piedra y lodo en tu habitación.

Enciende la computadora y ponte a navegar al azar. Mira unos cuantos videos de YouTube, responde el correo electrónico y chatea, pero no demasiado.

Después, aíslate dentro de ti mismo. Despójate de tu ropa, adopta una posición fetal y comienza a mecerte de adelante hacia atrás (no de un lado a otro, esto es importante), mientras tu mente vaga libremente.

Sé cauteloso y enciende la calefacción, no vaya a ser que pesques una neumonía.

La idea vendrá, pero no saltes de inmediato a la computadora. Recuerda que el demonio tienta a los impacientes y los hace quedar en ridículo.

Toma la idea entre tus manos imaginarias, dale vuelta, amásala, dibújale colores con tus dedos en la superficie, sopésala, aplícale el oído y comenzarás a escuchar lo que tiene que decirte.

Cuando estés seguro de que la idea está a punto y que has analizado cada una de sus infinitas facetas, haz una búsqueda en Google y cuando confirmes que esa misma idea ya se le ha ocurrido a alguien más, saca cuidadosamente el revólver que tienes en el cajón de tu escritorio, encañónate la boca y grita tu nombre mientras disparas.

El dibujo púrpura que tu cerebro dejará en la pared es lo más original que habrías podido hacer en la vida, eso es seguro.

© Andrés Borbón 2008

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Afrodita

by Andrés Borbón on 2 April, 2008

in Literatura, TecnoFicción

Chica Robot-1

(CUENTO)

Aquella mañana le dije a mi asistente personal que no me pasara una sola llamada. Estaba preparando una reunión con algunos de nuestros clientes más importantes para hablarles sobre nuestro último producto, en el cual teníamos depositadas todas nuestras esperanzas. Se trataba, precisamente, del programa al que le acababa de pedir que no me pasara llamadas, el cual tenía el nombre en clave de Afrodita.

Lo realmente novedoso en ésta pequeña joya de software era que el usuario podía generar una personalidad eligiendo uno de los miles de códigos disponibles. Lo más interesante es que dichas personalidades eran reales, y que correspondían a personas vivas, pues habían sido transferidas a nuestro repositorio con el consentimiento de sus dueños. Tenía un par de semanas trabajando con mi asistente personal, una chica robot de cabello rubio para la cual había elegido el código de una secretaria inglesa de mediana edad, soltera y sin hijos. Desde entonces habíamos trabajado juntos y, para ser honesto, no tenía una sola queja de ella a no ser porque, de vez en cuando, se irritaba un poco cuando le daba órdenes contradictorias o levantaba la voz más de lo necesario, pero eso es comprensible.

Me encontraba trabajando en la presentación para los clientes cuando sonó el teléfono. Molesto, levanté el auricular y escuché la voz de mi asistente, quien me recordó que estaba atrasado en el pago del auto. Le respondí, furioso, que ya me encargaría de ello después y que, por favor, no me interrumpiera a menos que fuera un asunto de vida o muerte. Afrodita guardó silencio unos instantes y, finalmente, dijo: Sí, señor, como usted ordene. Me pareció notar un ligero tono de resentimiento en su voz, pero no le di importancia, pues tenía cosas más urgentes en que pensar.

Estaba logrando algún avance en la presentación cuando escuché el sonido de unos nudillos en la puerta. Dije "¡Adelante!" y, poco después, entró Afrodita con la cabeza baja y el cabello desarreglado. Cuando levantó el rostro, advertí que tenía los ojos enrojecidos, y que le escurrían dos ríos de lágrimas por las mejillas. Jamás había visto a un robot llorar, y le pregunté qué le pasaba. Por toda respuesta, Afrodita me entregó un sobre y corrió hacia la ventana, rompiéndola en mil pedazos. Unos segundos después, escuché el sordo ruido de su cuerpo estrellándose contra el pavimento, seis pisos más abajo.

En la nota suicida, Afrodita decía que se había enamorado de mí, y que terminaba con su vida porque no se creía capaz de tolerar mi rechazo.

© Andrés Borbón 2008

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Intercambio

by Andrés Borbón on 26 March, 2008

in Literatura, TecnoFicción

(Cuento)

No creo que haya muchas personas que tengan la oportunidad de asistir a su propio entierro, de mezclarse entre los dolientes y de escuchar el discurso del sacerdote sobre uno mismo. Cuando bajaron el ataúd, sentí un gran consuelo y tuve la certeza de que en verdad iba a salirme con la mía, de que nadie sospecharía nada.

Cuando abracé a mi mujer para darle el pésame, ella me miró a los ojos y, por un momento, tuve la sensación de que me había reconocido. Su mirada se clavó en mí y arrugó el ceño. Abrió la boca como para decirme algo, pero de sus labios no brotó el menor sonido. Por fortuna, alguien más reclamó su presencia y se alejó, no sin antes dedicarme un último vistazo. ¿Me había reconocido?

La tarde anterior, le pedí a mi mejor amigo que nos reuniéramos en mi laboratorio con el pretexto de mostrarle uno de mis más recientes inventos: El transductor de conciencia. Se trataba de un pequeño aparato con dos cascos que, presumiblemente, sería capaz de transmitir ciertas sensaciones de una persona a otra. Sin embargo, lo había modificado y aquél día el transductor haría algo más.

Hernán (mi amigo) era el sujeto perfecto: Vivía solo y no tenía muchos amigos ni familiares. Además, era joven y se encontraba en perfecto estado de salud, Yo, en cambio, estaba muriendo. Los médicos me habían dado sólo unas semanas de vida y el tiempo apremiaba.

Unos minutos antes de que llegara Hernán al laboratorio, bebí un potente veneno y escribí la nota suicida. Poco después, ambos teníamos los cascos puestos y programé el aparato con dedos temblorosos, pues el veneno comenzaba a hacer efecto.

Todo sucedió en pocos minutos: De pronto, yo estaba en el cuerpo de mi amigo y éste moría por el efecto del veneno, entre convulsiones y gritos ahogados. Lo demás fue sencillo: Llamé a la policía, respondí unas cuantas preguntas y salí del laboratorio rumbo a mi nueva vida.

© Andrés Borbón 2008

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Alebrijes

by Andrés Borbón on 5 March, 2008

in Literatura, TecnoFicción

Alebrije-1

Compré el alebrije a un amigo, quien argumentó que lo vendía porque no iba a juego con la decoración de su nueva casa. Siempre he sido un fanático de estos muñecos de papel engomado o de madera. Éste era de los segundos: Tallado primorosamente en roble, representaba una especie de león con cola de lagarto y cuernos rojos que se curvaban alrededor de la cabeza como si fueran tentáculos. De unos treinta centímetros de alto, el monstruo se paraba sobre sus patas traseras como un caballo rampante. El artista se había esmerado en los detalles: Los dientes parecían reales y los ojos daban la impresión de moverse cuando el observador cambiaba de posición, como el retrato de la Mona Lisa.

Poco después, comencé a dormir mal. Me despertaba a media noche con la impresión de que alguien rondaba por la planta de abajo. Cuando iba a echar un vistazo, no encontraba nada. Algunos detalles extraños comenzaron a llamar mi atención: Los objetos desaparecían. Siempre eran cosas pequeñas: Un bolígrafo, un par de clips, trozos de periódico, pinzas para ropa. Al principio no le di importancia, ya que siempre he sido distraído. Cuando los hurtos continuaron, comencé a preocuparme. A pesar de que vivo solo, tenía la impresión de que había alguien más en la casa.

Comencé a sospechar del alebrije. No se lo dije a nadie porque hubieran pensado que estaba loco. Me di cuenta (creí darme cuenta) que estaba cambiando de forma: Parecía más robusto y en los ojos tenía una expresión de tristeza que no percibí al principio. Una noche, esparcí un poco de harina alrededor de él y a la mañana siguiente pude ver una serie de pequeñas huellas impresas en el fino material.

─Así que tú eres quien ha estado robando mis cosas, ¿eh? ─dije en voz alta, acercándome a la figura de madera, pero ésta permaneció inmóvil, congelada, muda.

Unas noches después, me despertó un tenue llanto. Provenía de la sala y cualquiera diría que se trataba de un niño, o de un gato. Bajé las escaleras y encendí la luz. De inmediato, miré la mesa donde había colocado el alebrije, pero éste no se encontraba ahí. Tras buscarlo mucho, lo hallé bajo uno de los sillones, acurrucado en un nido hecho con hojas de papel periódico. A su lado se retorcía un pequeño ser con tres pares de piernas, cuerpo de dragón, melena de león y unos cuernos idénticos a su madre, quien me miró con ojos suplicantes.

No tuve corazón para echarlos. El bebé es algo travieso, pero ya me he acostumbrado a él y la única condición que les puse para quedarse era que permanecieran quietos cuando tuviera visitas en casa.

© Andrés Borbón 2008

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Magia

by Andrés Borbón on 27 February, 2008

in Literatura, TecnoFicción

Mago-1

(CUENTO)

Entender qué fue lo que sucedió no es sencillo:

Soy mago profesional y aquella tarde preparé el acto principal con mi nueva asistente, una hermosa chica de ojos azules que había contratado recientemente, tras despedir a Lisa, quien había trabajado conmigo durante años pero que resultó, a fin de cuentas, un estorbo y un tormento. Me enamoré de Lisa perdidamente, pero las cosas no salieron como pensábamos y, tras un tiempo, la relación se tornó demasiado agria, demasiado dolorosa, así que preferí cortar por lo sano y, tras discutir acaloradamente, le dije que estaba despedida. Ella se puso muy mal. Pidió que le diera una última oportunidad, pero me negué en redondo. Al final, se fue, jurando que me arrepentiría de todo esto.

Mi nueva asistente era bella pero demasiado torpe. Le expliqué hasta el cansancio en qué consistía cada uno de los actos y ensayamos decenas de veces el truco principal. Al final, comprendió lo que tenía que hacer y, cuando salimos a escena, me sorprendió ver que el lugar estuviera lleno. No cabía una aguja en el teatro e, incluso, había gente de pie al fondo de la sala. Aquella iba a ser una noche espléndida, o por lo menos eso pensé.

Cuando llegó el momento de realizar el acto de las espadas, llamé a mi asistente con un par de palmadas y ésta salió a escena vistiendo un minúsculo traje entallado, antifaz y guantes blancos. Se veía preciosa, debo admitirlo. La encerré en la caja de madera e introduje lentamente cada una de las diez espadas que, gracias a un ingenioso mecanismo, se doblarían para evitar dañar a la chica. Sin embargo, sentí algo extraño cuando las clavé en las ranuras y, por un momento, dudé. Aquella vacilación hizo aumentar el suspenso y algunos de los asistentes se pusieron a aplaudir antes de tiempo. Por fin, terminé de insertar las espadas, di unas cuantas vueltas a la caja para mostrar al público la zona donde asomaban las puntas de las mismas y comencé a sacarlas una por una. Cuando iba por la segunda, me di cuenta que estaba manchada de sangre. Sin pensarlo un instante, extraje el resto de las espadas y abrí la caja.

El teatro se llenó de gritos de horror, exclamaciones y rostros azorados. Alguien sugirió llamar a una ambulancia, pero yo sabía que era demasiado tarde: Lisa estaba muerta, tumbada en el hueco de la caja, en medio de un charco de sangre, sin el antifaz y con una expresión satisfecha en el rostro.

© Andrés Borbón 2008

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Chica Virtual

by Andrés Borbón on 25 February, 2008

in Literatura, TecnoFicción

Virtual Girl-1

(CUENTO)

Cuando hablé por teléfono con Jenny para decirle que llegaría tarde a casa porque tenía trabajo atrasado en la oficina, no me creyó una sola palabra. No la culpo, pues en realidad tenía planeado ir con unos amigos a cenar. Sin embargo, era preferible decir una pequeña mentira que tolerar sus reproches, celos y enojos.

La cena fue de lo más agradable. Cuando íbamos por los aperitivos, a alguien se le ocurrió ir a un centro nocturno para "relajarnos un poco". Yo dudé un poco antes de aceptar, pues sabía que Jenny no vería con buenos ojos que anduviera metiendo mis narices en lugares como ése, pero me vi forzado a aceptar. No obstante, les advertí a mis amigos que no bebería una copa más, pues al día siguiente tenía que trabajar y no me agradaba la idea de pasar diez horas en la oficina y con resaca. La verdadera razón era que no quería enfadar aún más a Jenny, quien se enfurecía al verme borracho y era capaz de armarme una escena de lo más desagradable.

Era un lugar bastante sórdido, con bailarinas exóticas y servicios "privados". Alguien me dijo (creo que fue uno de los meseros), que las chicas virtuales eran de lo más amables, y que tenían programas para satisfacer los gustos más exigentes. No quise contratar ninguno de los servicios que ofrecían, y en lugar de eso me quedé un buen rato solo en la mesa, contemplando el fondo de mi vaso de limonada.

Cuando dieron las dos de la mañana, pedí la cuenta y me marché del lugar. Al abrir la puerta de mi casa, traté de hacerlo con todo sigilo para no despertar a Jenny, pero ella se encontraba ya frente a mí, con los brazos en la cintura y una expresión poco agradable en el rostro. Comenzó a reñirme pero, de pronto, algo se alteró en sus facciones y quedó paralizada, con un brazo levantado y formando una gran "o" con los labios. Suspiré, aliviado. Cada vez que se enfadaba sucedía lo mismo: Los circuitos se sobrecargaban y quedaba congelada. Había que resetearla pero, tal y como estaban las cosas, tal vez lo hiciera mañana temprano, para poder dormir tranquilo y sin tener que escuchar sus interminables reproches.

© Andrés Borbón 2008

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Teletransportación

by Andrés Borbón on 20 February, 2008

in Literatura, TecnoFicción

light in the dark-1

Hace un par de semanas, acepté la invitación de un amigo para ir a su casa y beber un par de cervezas. Esas reuniones llevaban repitiéndose una vez al mes, más o menos, desde los lejanos tiempos de la universidad y siempre terminábamos recordando viejas películas, el nombre de las chicas con las que salimos y a los profesores que detestábamos. Una rutina que seguíamos al pie de la letra con más resignación que placer y que, invariablemente, nos ponía algo nostálgicos.

Antes de entrar a la cámara teletransportadora, le di un beso a mi mujer y aseguré que estaría en casa antes de la medianoche. Ella me miró de la misma forma que siempre, un poco con reproche, pues sabía que llegaría más tarde, alrededor de las tres de la mañana y un poquito achispado. Sin embargo, sonrió y me dijo que ella y los niños planeaban ir de compras y a casa de sus padres, que no me preocupara por la hora. Buena chica.

No recuerdo bien cómo sucedió. Debí cometer un error al oprimir los botones en el panel de control, o la máquina tendría un desperfecto. Sentí el conocido cosquilleo en la piel cuando el escáner holográfico recorrió mi cuerpo y, en vez del habitual destello purpúreo que invariablemente precedía a la teletransportación, me vi sumido en la más absoluta oscuridad. Miré en todas direcciones y extendí los brazos, pero las puntas de mis dedos no hallaron nada que palpar. Intenté caminar, pero me di cuenta que mis pies no tocaban el suelo. Era como si flotara en un mar negro, tibio y silencioso. Cuando traté de gritar pidiendo ayuda, de mi boca no salió el menor sonido.

Pasó algún tiempo (¿Días? ¿Semanas?) antes de que percibiera aquel tenue destello en el cielo, muy por encima de mí. Alcé los brazos hacia él, intenté saltar, nadar, trepar, pero nada funcionaba. Seguía en el mismo punto y, por momentos, perdía de vista el débil resplandor, que se encendía y apagaba con cierta regularidad. Entonces me di cuenta que bastaba desearlo para cambiar de posición y, lentamente, milímetro a milímetro, me fui acercando a él. Era una especie de claraboya a través de la cual pude ver la sala de mi propia casa. Ahí, un hombre que se parecía a mí se esmeraba frente al ordenador, daba palmadas en la cabeza de mi perro, bebía café de mi taza favorita y conversaba con mi mujer, pasándole el brazo sobre los hombros y sonriendo tal y como yo lo hubiera hecho.

© Andrés Borbón 2008

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Atrapado en el Pasado

by Andrés Borbón on 13 February, 2008

in Literatura, TecnoFicción

Mi nombre es Oleg Jasso y soy un viajero habitual en el tiempo. He vacacionado en el pasado durante los últimos 10 años y, hasta ahora, no había sufrido el menor contratiempo. El sistema es muy seguro: Si el viajero pesa ochenta kilos, no hay mas que extraer la misma masa del pasado e intercambiarla por el vacacionista. Es una regla que no debe ser violada jamás, o se corre el riesgo de provocar una catástrofe de proporciones insospechadas, pues la cantidad de materia debe permanecer constante en ambos lados del tiempo.

Mi último viaje no fue del todo bien. El técnico cometió un error y en lugar de extraer aire o agua del pasado, transportó a un individuo hacia nuestro tiempo y el pobre murió durante el procedimiento. Se trataba de un científico cuyas aportaciones habrían de ser importantísimas para el desarrollo de la humanidad, y las autoridades de mi tiempo consideraron que su muerte atentaba seriamente contra la evolución de la historia y de la disciplina a la que se dedicaba el sabio en cuestión.

El hombre que murió tenía veinte años, y yo treinta y uno. Compartíamos la complexión y el color de piel, pero en todo lo demás éramos completamente diferentes y la autoridades decidieron que yo debía sustituirlo hasta que hallaran la forma de solucionar el problema de otra forma. Un equipo de cirujanos plásticos viajó al pasado y fui sometido a una intervención que me permitió simular ser él. Recibí implantes cerebrales que me ayudaron a recordar todas las cosas que el científico habría de hacer y que me permitirían hablar su lengua materna.

Han pasado ya cincuenta y seis años desde entonces. Los científicos de mi tiempo jamás encontraron una solución al incidente y, durante todo este tiempo, he debido vivir una vida que no es la mía, como un actor que sigue un libreto día y noche. Me he casado con la mujer que, según la historia, eligió el sabio y he procreado hijos con ella. He tenido que renunciar a mi propia historia y hasta a mi nombre. Ahora me apellido Einstein y la gente me rinde honores porque piensa que soy un genio. Lo más triste de todo es que en pocos meses he de morir para no alterar en nada los delicados hilos de la historia.

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