Tomó la flauta Cloe, aplicó a ella los labios y sopló con cuanta fuerza pudo. Oyéronla las vacas reconociendo al punto el son, mugieron todas, y de consuno se tiraron con ímpetu a la mar. Con salto tan violento se ladeó la nave de un lado, y al caer las vacas se abrió en la mar como una sima, de suerte que se volcó la nave, y las olas, al volverse a juntar, se la tragaron. No todos los náufragos tenían la misma esperanza de salvación, porque los piratas llevaban espada al cinto, vestían corazas escamosas y calzaban zapatos de hierro, mientras que Dafnis iba descalzo, como quien apacienta en la llanura, y casi desnudo, por ser la estación del calor. Así fue que los piratas, apenas bregaron un poco, se hundieron, con el peso de las armas; pero Dafnis se despojó con facilidad de su ligero vestido, y aún así se cansaba con tanto nadar, como quien antes sólo por poco tiempo había nadado en los ríos. La necesidad le enseñó, no obstante, lo que había que hacer: se puso entre dos vacas, asió sus cuernos con ambas manos, y se dejó llevar, tan cómodo y sin fatiga, como en una carreta, pues es de saber que las vacas nadan más y mejor que los hombres, y que sólo ceden en esto a las aves de agua y a los peces, por lo cual no se cuenta de vaca ni de buey que jamás se ahogue, como no se le ablande la pezuña con el sobrado remojo…
Longo, Dafnis y Cloe o Las Pastorales, h.s.II




