Tenía 69 años de edad y su cabello y su barba eran tan blancos como la espuma. Sus ojos, que miraron al cielo a través de sus telescopios y observaron más que cualquier ser humano desde el principio de los tiempos, estaban apagados por la edad. Su reputación de ser uno de los más brillantes científicos de su tiempo fue razón de que reyes, reinas, príncipes y duques disputaran sus servicios. Ahora estaba arrodillado ante el temido tribunal de la Inquisición, obligado a confesar públicamente un error que no era un error: “Yo, Galieleo Galilei… abandono la falsa opinión… de que el sol es el centro (del Universo) y está inmóvil… Abjuro, maldigo y detesto los dichos errores!. Algunos dicen que cuando el anciano se puso de pie murmuró para sus adentros: “E pur si muove”: Y sin embargo (la Tierra) se mueve (alrededor del Sol).
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