
Chester Carlson, el inventor de la fotocopiadora, era originalmente un abogado de patentes así como investigador e inventor en sus ratos libres. Como su trabajo de abogado le exigía hacer muchas copias de los documentos que procesaban, se puso a trabajar en el problema y en 1938 aplicó para una patente sobre un proceso que usaba una placa de zinc cubierta con azufre. El proceso funcionó, pero los resultados no eran muy buenos, así que trató de interesar a las grandes compañías, como IBM o General Electric, pero lo mandaron a freír espárragos pues pensaban que algo así no tenía el menor futuro.



