Las pruebas genéticas han confirmado la identidad de los restos de Nicolás Copérnico y sugieren que el padre de la Astronomía moderna tenía brillantes ojos azules.
Sus huesos fueron localizados en un osario subterráneo de una catedral polaca hace 4 años, y se identificaron comparando su DNA con el de un cabello hallado en un libro que perteneció a Copérnico.
El DNA de Copérnico tiene una variación de un gene llamado HERC2, el cual se encuentra solamente en las personas de ojos azules. A pesar de que la mayor parte de las pinturas del genio lo muestran con ojos oscuros, no era así. Ahora podemos hacernos una idea más clara de cómo era el aspecto del astrónomo y, con el tiempo, probablemente será posible reconstruir su rostro y constitución física a partir de su DNA para saber exactamente cómo era el hombre al que tanto le debe la ciencia moderna.

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by Andrés Borbón on 19 July, 2009
in Ciencia
Sigurd Hofmann, líder del equipo que descubrió el elemento químico No. 112, ha propuesto que se le llame “Copernicium” cuya abreviatura sería “Cp”.
Hace unas semanas, la Unión Internacional de Química Aplicada y Pura reconoció oficialmente el nuevo elemento y ahora sólo falta decidir qué nombre llevará, aunque es muy probable que la propuesta del descubridor sea tomada en cuenta y termine llamándose Copernicium, en honor de Nicolás Copérnico, uno de los científicos más importantes en la historia de la humanidad y que, nadie puede negarlo, merece que el elemento químico lleve su nombre.
El Copernicium sería, oficialmente, el elemento químico más pesado de la tabla periódica de los elementos, 277 veces más pesado que el hidrógeno. No existe como tal en la naturaleza sino que puede ser creado sólo en condiciones de laboratorio y cuya vida alcanza sólo una fracción de segundo antes de desintegrarse. Su “creación” fue producto del trabajo de 21 científicos de Alemania, Finlandia, Rusia y Eslovaquia, comandados por Hofmann.
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Tenía 69 años de edad y su cabello y su barba eran tan blancos como la espuma. Sus ojos, que miraron al cielo a través de sus telescopios y observaron más que cualquier ser humano desde el principio de los tiempos, estaban apagados por la edad. Su reputación de ser uno de los más brillantes científicos de su tiempo fue razón de que reyes, reinas, príncipes y duques disputaran sus servicios. Ahora estaba arrodillado ante el temido tribunal de la Inquisición, obligado a confesar públicamente un error que no era un error: “Yo, Galieleo Galilei… abandono la falsa opinión… de que el sol es el centro (del Universo) y está inmóvil… Abjuro, maldigo y detesto los dichos errores!. Algunos dicen que cuando el anciano se puso de pie murmuró para sus adentros: “E pur si muove”: Y sin embargo (la Tierra) se mueve (alrededor del Sol).
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Tal vez se trate de unos viejos huesos, de un diente y de algo de polvo. Eso, por sí solo, no nos dice mucho del hombre que poseyó esos restos, pero no se trata de cualquier ser humano. Es uno de esos sujetos con tal influencia en la historia de la humanidad que hicieron que el pensamiento completo de la raza humana cambiara por completo. Y eso no es cualquier cosa.
La historia es como sigue:
Se hallaron unos cuantos cabellos en un libro llamado ‘Calendarium Romanum Magnum’ de Johannes Stoeffler, de 1518, el cual perteneció a Copérnico y que se sabe leyó innumerables veces.
Después, se encontraron los restos de 13 cuerpos en la catedral de Frombok, en el norte de Polonia, donde según la tradición fue enterrado el científico.
Resulta que el análisis de DNA de los cabellos tenían la misma secuencia de genes que un diente, el cráneo y otro hueso hallado en dicho osario.
Ergo: Los restos de Copérnico han sido identificados.
¿Poca cosa? Tal vez. Los hombres no valen por los huesos, los músculos y los nervios que los constituyen. Ni siquiera por sus cerebros. Los hombres valen por sus actos, por sus ideas y por su legado. Ahora, por lo menos, hay una prueba tangible, física y palpable del cuerpo que hizo posible esa gran obra.
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