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En mi infancia estas cosas no existían. Uno simplemente recargaba la cabeza en la tela, el plástico o el cuero del asiento y se resignaba a tolerar el viaje de la mejor manera posible. Sin embargo, hace ya unos años que tanto las compañías aéreas como las de autobuses acostumbran poner pequeñas carpetas de un material ligero, como si estuvieran diciéndole a uno: El viajero que ocupó este asiento antes que usted no se había lavado la cabeza en una semana.

Ahora uno posa la cabeza con más confianza en el respaldo. Sin embargo, la estrategia resulta también contraproducente ya que, inevitablemente, uno termina preguntándose si el viajero anterior se lavó las manos, los brazos, el culo o la espalda, y si el sudor y los demás jugos del individuo se quedaron impregnados en el asiento.

Esta “paranoia higiénica” no puede tener sino un final infeliz: Sale uno del avión o del autobús con un doble peso sobre la conciencia: Haber sido contaminado por los humores de los pasajeros previos y haber dejado algo de qué preocuparse a los que ocupen nuestro lugar en el siguiente viaje.

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