Shots Literarios

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Pero ¿qué pensar de los que escribieron sobre esas cosas, dándoles realidad, inmortalizándolas? ¿No son más grandes que los hombres y las mujeres a quienes cantaron? “Héctor, ese dulce caballero, ha muerto”; y Luciano nos dice cómo en la oscuridad del otro mundo vio Menipo el cráneo blancuzco de Helena y se asombró de que por tan vil despojo todos aquellos navíos de proas curvadas se hubieran hecho a la mar, aquellos apuestos varones, de cotas de malla, fenecido, y aquellas ciudades con reductos hubieran sido derruidas.

Oscar Wilde, El Crítico Como Artista, 1891

¿No sabes que la conversación es uno de los mayores placeres de la vida? Pero se necesita no hacer nada. Antes, siempre había estado demasiado ocupado y, poco a poco, aquella vida que me había parecido tan importante empecé a encontrarla común y vulgar. ¿Qué pretenden con todo ese ruido y con esa lucha constante? Ahora pienso en Chicago y veo una oscura ciudad gris, toda de piedra, como una cárcel, y en una incesante agitación. ¿Y de qué sirve toda esa actividad? ¿Nos proporciona acaso lo mejor de la vida? ¿Hemos venido al mundo para correr a una oficina y trabajar, hora tras hora, hasta la noche, y entonces correr a casa, cenar, para ir después al teatro? ¿Es así como debo gastar mi juventud? La juventud es tan corta, Bateman… Y en mi vejez, ¿qué es lo que me espera? Otra vez correr de mi casa a la oficina, por la mañana; trabajar hora tras hora hasta la noche, y entonces correr a casa de nuevo y cenar; para ir luego al teatro. Esto quizá valga la pena si uno se hace rico. Depende del carácter de cada uno; pero, si no, ¿vale la pena entonces? De mi vida quiero sacar algo más que eso, Bateman…

─¿Qué es lo que aprecias de la vida, entonces?

─Me temo que te vas a reír de mí. Aprecio la belleza, la sinceridad y la bondad.

─¿Y eso no lo puedes encontrar en Chicago?

─Algunas personas, quizá; yo, no. ─Eduardo se puso en pie─. Te digo que cuando pienso en la vida que he llevado antes, me siento lleno de horror ─exclamó violentamente─. Tiemblo con espanto al pensar del peligro que he escapado. Nunca supe que tenía un alma, hasta que la encontré aquí. Si llego a seguir siendo rico la hubiera perdido completamente.

─No sé cómo puedes decir esto ─gritó Bateman indignado─. A menudo solíamos tener discusiones sobre esto mismo.

─Sí. Lo sé. Discusiones tan inútiles como las de los sordos sobre la armonía… No volveré nunca a Chicago, Bateman.

W. Somerset Maugham, La Carta, 1927

Un extranjero muy rico llamado Suderland era banquero en la Corte y naturalizado en Rusia; gozaba de gran favor de la emperatriz. Una mañana le anuncian que su casa está rodeada de guardias y que el jefe de policía quiere hablarle.

Este oficial, llamado Reliew, entra con aire consternado:

-Señor Suderland -dijo-, me veo, con verdadero dolor, encargado por mi graciosa soberana de ejecutar una orden cuya severidad me aterra, me aflige, e ignoro por qué culpa o qué delito habéis excitado a tal punto el resentimiento de Su Majestad.

-Pero, señor -respondió el banquero-, yo lo ignoro tanto o más que vos: mi sorpresa sobrepasa la vuestra. Pero, en fin, veamos, ¿qué orden es ésa?

-Señor, en verdad, me falta valor para dárosla a conocer.

-¡Cómo! ¡Habré perdido ya el favor de la emperatriz?

-Si sólo fuese eso, no me veríais tan desolado. El favor puede reconquistarse; un empleo puede ser devuelto.

-¡Y bien! ¿Se trata acaso de hacerme regresar a mi país?

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Pero lo más curioso de todo sucedió en un viaje que hice de Barbosa a Bogotá. Compré un tiquete de primera (lo que no era mi costumbre), porque no había de segunda y en este tren había visto que los coches de tercera tenía sólo unas largas bancas de madera paralelas, de lado y lado del vagón. Después me di cuenta de que el tren llevaba otro coche designado igualmente de tercera pero con verdaderos asientos -asientos de madera pero bastante más cómodos- y, a pesar de eso, casi desierto, mientras que los demás coches de tercera (que parecían vagones de ganado adaptados para uso humano) iban llenos. Hipoteticé que unos analfabetos habrían evitado el coche mejor porque no sabían leer su clasificación y pensaban que era de una clase superior más costosa; pero dudé que fuera ésta la única razón. Más bien me pregunté si el fenómeno no sintetizaba tal vez el grado de abnegación que a través de la historia se había inculcado en el campesinado cundiboyacense, que pensaba instintivamente que lo peor siempre era lo reservado para él.

David Bushnell, Colombia por primera vez y hace medio siglo, 1991

De nada le sirvió a Sophie llorar, suplicar a su mamá que no la obligase a portar la abeja en forma de collar; la mamá llamó a la criada, se hizo traer un cordón negro, ensartó los trozos de la abeja y los ató al cuello de Sophie. Paul no se atrevía a decir nada; estaba consternado; cuando Sophie se quedó sola, gimiendo y avergonzada de su collar, Paul trató de consolarla por todos los medios posibles; la abrazaba, le pedía perdón por haberle dicho tonterías, y quería hacerle creer que los colores amarillo, azul y negro de la abeja hacían un efecto muy hermoso y parecía que fuera un collar de jade y de pedrerías. Sophie le agradeció su bondad; algo se consoló con la amistad de su primo; pero siguió estando muy triste con su collar. Durante una semana, los trozos de la abeja permanecieron enteros; pero finalmente, un buen día, Paul, jugando con ella, los aplastó tan bien que no quedó más que el cordón. Corrió a prevenir a su tía, quien le permitió quitar el cordón negro. Fue así como Sophie se liberó, y desde entonces jamás hizo sufrir a ningún animal.

Sophie Rostopchine, comtesse de Ségur, Les malheurs de Sophie, s.XIX

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Pero muchas personas honorables no se contentaron con aquella explicación; la historia del autómata les había impresionado profundamente y se extendió entre ellos una terrible desconfianza hacia las figuras humanas. Muchos enamorados, para convencerse de que su amada no era una muñeca de madera, obligaban a ésta a bailar y a cantar sin seguir los compases, a tricotar o a coser mientras les escuchaban en la lectura, a jugar con el perrito… etc., y, sobre todo, a no limitarse a escuchar, sino que también debía hablar, de modo que se apreciase su sensibilidad y su pensamiento. En algunos casos, los lazos amorosos se estrecharon más, en otros, esto fue causa de numerosas rupturas.

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, El Hombre de Arena, 1817