Peligrosa cosa es tener la mujer hermosa, y muy enfadosa tenerla fea; pero bienaventuradas las feas, que no he leído que por ellas se hayan perdido reinos ni ciudades, ni sucedido desgracias, ni a mí en ningún tiempo me quitaron el sueño, ni agora me cansan en escribir sus cosas; y no porque falte para cada olla su cobertura.

Juan Rodríguez Freyle, El Carnero, 1638

Un cable fechado en Portugal dio cuenta de un hombre que al solicitar la anulación de su matrimonio dijo, muy campante, que su mujer -aunque casta como una virgen- había llegado a extremos intolerables de fealdad.

Alberto Salcedo Ramos, Alabanza de la mujer fea, 1998

Probablemente tenía razón la hermana del pastor. Únicamente las caras bonitas despiertan ecos de simpatía en los corazones de los hombres, picaronazos de tomo y lomo. Que nos presenten una mujer tan prudente y casta como Minerva, y a buen seguro que no la miraremos dos veces si es fea; en cambio, por grandes que sean las locuras a las que nos arrastren un par de ojos hermosos y tentadores, podemos contar con que serán fácilmente perdonadas, de la misma manera que, una frase o una conversación, por vulgar y de mal gusto que sean, si brota de unos labios rojos y perfectos, suena como deliciosa armonía en nuestros oídos. De aquí infieren las señoras, informando su juicio en la norma de justicia que les es peculiar, que toda mujer bonita tiene que ser tonta. ¡Ah, señoras, señoras! ¡Olvidan ustedes que, en su gremio, abundan las que, sobre ser feas, son necias!

William M. Thackeray, Vanity Fair, 1847

Hacer el amor con una leona de mar, dijo, es desagradable al principio. Luego uno se acostumbra al aliento con olor a pescado podrido. No hay como la ternura de los leones marinos: Te miran con unos ojos redondos y negros y se frotan contra tu cuerpo. Languidecen tendidos al sol durante horas y horas. La piel es sedosa como el armiño y húmeda como mil pinceles de aceite.

Marco Tulio Aguilera Garramuño, Cuentos para después de hacer el amor, 1984

Hasta hace muy poco un hombre se enorgullecía de no tener que ganarse la vida y se avergonzaba de tener que hacerlo, pero hoy, ¿existe acaso la persona que, solicitando un pasaporte, se atreva a presentarse como Hidalgo, aun si la realidad es que tiene algunas rentas y ningún trabajo? Hoy la pregunta “¿A qué se dedica usted?” significa “¿Cómo se gana usted la vida?” En mi pasaporte aparezco como “Escritor”; esto no me causa molestias con las autoridades porque los funcionarios de inmigración y aduanas saben que ciertos tipos de escritores hacen mucho dinero. Pero si en el tren un desconocido pregunta por mi ocupación, jamás respondo “escritor” por temor a que continúe preguntándome sobre la naturaleza de mis escritos, ya que responderle “poesía” nos incomodaría a ambos, pues ambos sabríamos que nadie puede ganarse la vida escribiendo únicamente poesía. (Hasta ahora la mejor respuesta que he encontrado, buena porque marchita la curiosidad, es Historiador Medieval).

W.H. Auden, El poeta y la ciudad

─Puesto que para usted no hay último criterio ni irrevocable principio, y ningún dios, ¿qué es lo que le impide perpetrar todos los crímenes?

─Descubro en mí tanto mal como en cualquier otro, pero, como execro la acción -madre de todos los vicios-, no soy causa de sufrimientos para nadie. Inofensivo, sin avidez, y sin la suficiente energía e indecencia para enfrentarme con los otros, dejo el mundo tal como lo encontré. Vengarse presupone una vigilancia de cada instante y un espíritu sistemático, una continuidad costosa, mientras que la indiferencia del perdón y del desprecio hace las horas gratamente vacías. Todas las morales representan un peligro para la bondad; sólo la incuria la salva. Tras haber elegido la flema del imbécil y la apatía del ángel, me excluí de los actos y, como la bondad es incompatible con la vida, me he podrido para ser bueno.

E.M. Cioran, Précis de décomposition, 1949

Lo que sí puedes hacer es colocar las frases unas junto a otras, dejar que se vean e incluso, si les apetece, que se toquen. Más no.

Elias Canetti, Die Fliegenpein, 1992

YO NO SE POR QUÉ

Yo no sé por qué hay personas que han decidido ganarse la vida de este modo -como un señor muy notable que se apellida Chomsky-, y que de pronto crean unos arrebatos y unas disquisiciones lingüísticas aterradoras. Yo sueño en un mundo de educación en nuestros países de Hispanoamérica, en que sólo se estudie la gramática allá en la última secundaria, en la primera preparatoria o en la profesional, y que todas las niñas y los niños del mundo de habla castellana sean dichosos leyendo en voz alta, recitando, cantando y luego escribiendo.

Juan José Arreola (escritor mexicano), 1984

(Foto: Carlos Drummond de Andrade, escritor brasileño)

Una plegaria para escritores (de todos tipos) que hay que leer con diccionario en mano:

PLEGARIA INTRODUCTORIA

De la lectura sintagmática

De la lectura paradigmática del enunciado

De la lengua fáctica

De la factividad y de la no factividad en la oración principal

Libera nos, Domine.

De la organización categorial de la lengua

De la principalidad de la lengua en el conjunto de los sistemas semiológicos

De la concretez de las unidades en el estatuto que dialectiza la lengua

Del ortolenguaje

Libera nos, Domine.

Del programa epistemológico de la obra

Del corte epistemológico y del corte dialógico

Del sustrato acústico del culminado

De los sistemas genitivamente afines

Libera nos, Domine.

De la semia

Del sema, del semema, del semantema

Del lexema

Del clasema, del mema, del sentema

Libera nos, Domine.

De la estrcturación semémica

Del ideolecto y de la pancromía científica

De la reliabilidad de test psicolingüísticos

Del análisis computacional de la estructuración silábica de las fablas regionales

Libera nos, Domine.

Del vocoide

Del vocoide nasal puro y sin clausura consonantal

Del vocoide bajo y del semivocoide homorgámico

Del glide vocálico

Libera nos, Domine.

De la lingüística frástica y transfrástica

Del signo sinésico, del signo icónico y del signo gestual

De la clitización pronominal obligatoria

De la glosemática

Libera nos, Domine.

De la estructura exo-semántica del lenguaje musical

De la totalidad sincrética del emisor

De la lingüística generativo/transformacional

Del movimiento transformacionalista

Libera nos, Domine.

De las apariciones de Chomsky

De Mehler, de Perchonock

De Saussure, de Cassirer, Troubetzkoy, Althusser

De Zolkiewsky, Jacobson, Barthes, Derrida, Todorov

De Greimas, Fodor, Chao, Lacan et caterva

Libera nos, Domine.

Carlos Drummond de Andrade, Plegaria

Nos reímos a carcajadas cuando nos dicen que Descartes (aunque fuese un gran hombre) sentó como una de las reglas de oro de sus estudios que se guardaría de todo “prejuicio”, puesto que sabemos que cuando un prejuicio de cualquier clase es visto como tal, o sea cuando se lo reconoce como un prejuicio, deja de ser un prejuicio a partir de ese momento. Los prejuicios verdaderamente engañosos de un hombre son aquellos de los que ni siquiera sospecha que sean prejuicios.

Thomas de Quincey, Filosofía de Herodoto, 1842

Enrique Jardiel Poncela (1901-1952) es uno de mis escritores favoritos de todos los tiempos. Un humorista poderosísimo que escribió muchos de los libros más sarcásticos que he leído jamás. Una de sus frases más famosas es:

Para ser moral basta proponérselo; para ser inmoral hay que poseer condiciones especiales

He aquí un pequeño texto humorístico de su autoría:

RUEGO AL LECTOR

Lector, lectora: algunos autores te ruegan que no prestes sus libros a nadie, porque, prestándolos, pones a tus amigos en condiciones de que no necesiten comprarlos, con lo cual el escritor sale perjudicado en sus intereses.

Yo, que tengo los mismos intereses que los demás autores, te ruego todo lo contrario, esto es: que prestes en cuanto lo leas el presente libro.

Como la persona a quien se lo dejes no te lo devolverá, tú te apresurarás a comprar otro ejemplar inmediatamente. También ese segundo ejemplar debes prestarlo y adquirir un tercero y prestarlo; y adquirir otro más y prestarlo también…

Con tal sistema, a pocos amigos que tengas a quienes acostumbres a prestar libros, yo haré un buen negocio y te quedaré agradecidísimo.

Enrique Jardiel Poncela, Amor se escribe sin hache, 1928