Shots Literarios

El fue el primer hombre al que Fermina Daza oyó orinar. Lo oyó la noche de bodas en el camarote del barco que los llevaba a Francia, mientras estaba postrada por el mareo, y el ruido de su manantial de caballo le pareció tan potente e investido de tanta autoridad, que aumentó su terror por los estragos que temía. Aquel recuerdo volvía con frecuencia a su memoria, a medida que los años iban debilitando el manantial, porque nunca pudo resignarse a que él dejara mojado el borde de la taza cada vez que la usaba. El doctor Urbino trataba de convencerla, con argumentos fáciles de entender por quien quisiera entenderlos, de que aquel accidente no se repetía a diario por descuido suyo, como ella insistía, sino por una razón orgánica; su manantial de joven era tan definido y directo, que en el colegio había ganado torneos de puntería para llenar botellas, pero con los usos de la edad no sólo fue decayendo, sino que se hizo oblicuo, se ramificaba, y se volvió por fin una fuente de fantasía, imposible de dirigir, a pesar de los muchos esfuerzos que él hacía por enderezarlo. Decía: “El inodoro tuvo que ser inventado por alguien que no sabía nada de hombres”. Contribuía a la paz doméstica con un acto cotidiano que era más de humillación que de humildad: secaba con papel higiénico los bordes de la taza cada vez que la usaba. Ella lo sabía, pero nunca decía nada mientras no eran demasiado evidentes los vapores amoniacales dentro del baño, y entonces los proclamaba como el descubrimiento de un crimen: “Esto apesta a criadero de conejos”. En vísperas de la vejez, el mismo estorbo del cuerpo le inspiró al doctor Urbino la solución final: orinaba sentado, como ella, lo cual dejaba la taza limpia, y además lo dejaba a él en estado de gracia.

Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera, 1985

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En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata, las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre, las curtidurías, a lejías cáusticas, los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo, el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.

Patrick Süskind, El Perfume, 1985

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Oscar Wilde y Alfred Taylor: El delito del que se les declara culpables es tan malo que uno mismo tiene que hacer grandes esfuerzos por dominarse para no expresar los sentimientos -en palabras que no me gustaría emplear- que tienen que brotar en el pecho de cualquier persona honrada que haya oído los detalles de estos dos terribles procesos. Que los jurados han fallado con acierto en este proceso es cosa sobre la que no albergo la menor duda; y espero que aquellos que a veces piensan que en cuestiones de decencia y moral un juez sentencia de mala gana porque ha de procurar liberarse de prejuicios, espera que esos comprenderán que tal postura no es en absoluto incompatible con el sentimiento de indignación más profundo ante el terrible delito de que ustedes han sido declarados culpables.

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De una narración de Koestler, Oswaldo Díaz Ruanova recrea la historia de Wang Lung, modelo de verdugos, cuyo eficaz arte de la cimitarra floreció durante la dinastía Ming, al servicio de un emperador que lo aplicaba para sus odios irreprimibles contra hombres ingeniosos o inteligentes.

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Boussenard y Julio Verne no pierden una ocasión de instruir: en los instantes más críticos, cortan el hilo del relato para lanzarse a la descripción de una planta venenosa, de un traje indígena: Lector, yo saltaba los pasajes didácticos; autor, de ellos atiborraba mis novelas infantiles; pretendí enseñar a mis contemporáneos todo lo que ignoraba: las costumbres de los fueguinos, la flora africana, el clima del desierto. Separados por un golpe de suerte y luego embarcados sin saberlo sobre el mismo navío y víctimas del mismo naufragio, el coleccionista de mariposas y su hija se asían a un mismo salvavidas, levantaban la cabeza, cada uno emitía un grito: “¡Daisy!”, “¡Papá!”. ¡Ay!, un escualo rondaba en procura de carne fresca, se acercaba, su vientre brillaba entre las olas. ¿Los infortunados escaparían a la muerte? Fui a buscar el tomo “Pr-Z” del Gran Larousse, lo cargué penosamente hasta mi pupitre, lo abrí en la página deseada y copié palabra por palabra: “Los tiburones son comunes en el Atlántico tropical. Estos grandes peces marinos muy voraces alcanzan hasta trece metros de longitud y pesan hasta ocho toneladas…” Tomé todo mi tiempo para transcribir el artículo: me sentía deliciosamente aburridor, tan distinguido como Boussenard y, no habiendo aún encontrado la manera de salvar a mis héroes, dormité en trance exquisito…

Para salvar a su futuro suegro y a su novia, el joven explorador de “Por una mariposa” luchó tres días y tres noches contra los tiburones; al final el mar estaba rojo; el mismo, herido, se evadió de un rancho asediado por los Apaches, atravesó el desierto teniéndose las tripas con las manos y rehusó que lo cosieran antes de haber hablado al general.

Jean Paul Sartre, Las Palabras, 1964

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Es de primerísima importancia el no dejar que nuestro razonamiento pueda ser influido por cualidades personales. Para mí el cliente es una simple unidad, un factor del problema. Las facultades emotivas son adversarias del razonar sereno. Le aseguro que la mujer más encantadora que yo conocí fue ahorcada por haber envenenado a tres niños pequeños para cobrar la cantidad en que estaban asegurados; en cambio, el hombre físicamente más repugnante de todos mis conocidos es un filántropo que lleva gastado casi un cuarto de millón de libras en socorrer a los pobres de Londres.

Sir Arthur Conan Doyle, El Signo de los Cuatro.

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Pero ¿qué pensar de los que escribieron sobre esas cosas, dándoles realidad, inmortalizándolas? ¿No son más grandes que los hombres y las mujeres a quienes cantaron? “Héctor, ese dulce caballero, ha muerto”; y Luciano nos dice cómo en la oscuridad del otro mundo vio Menipo el cráneo blancuzco de Helena y se asombró de que por tan vil despojo todos aquellos navíos de proas curvadas se hubieran hecho a la mar, aquellos apuestos varones, de cotas de malla, fenecido, y aquellas ciudades con reductos hubieran sido derruidas.

Oscar Wilde, El Crítico Como Artista, 1891

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¿No sabes que la conversación es uno de los mayores placeres de la vida? Pero se necesita no hacer nada. Antes, siempre había estado demasiado ocupado y, poco a poco, aquella vida que me había parecido tan importante empecé a encontrarla común y vulgar. ¿Qué pretenden con todo ese ruido y con esa lucha constante? Ahora pienso en Chicago y veo una oscura ciudad gris, toda de piedra, como una cárcel, y en una incesante agitación. ¿Y de qué sirve toda esa actividad? ¿Nos proporciona acaso lo mejor de la vida? ¿Hemos venido al mundo para correr a una oficina y trabajar, hora tras hora, hasta la noche, y entonces correr a casa, cenar, para ir después al teatro? ¿Es así como debo gastar mi juventud? La juventud es tan corta, Bateman… Y en mi vejez, ¿qué es lo que me espera? Otra vez correr de mi casa a la oficina, por la mañana; trabajar hora tras hora hasta la noche, y entonces correr a casa de nuevo y cenar; para ir luego al teatro. Esto quizá valga la pena si uno se hace rico. Depende del carácter de cada uno; pero, si no, ¿vale la pena entonces? De mi vida quiero sacar algo más que eso, Bateman…

─¿Qué es lo que aprecias de la vida, entonces?

─Me temo que te vas a reír de mí. Aprecio la belleza, la sinceridad y la bondad.

─¿Y eso no lo puedes encontrar en Chicago?

─Algunas personas, quizá; yo, no. ─Eduardo se puso en pie─. Te digo que cuando pienso en la vida que he llevado antes, me siento lleno de horror ─exclamó violentamente─. Tiemblo con espanto al pensar del peligro que he escapado. Nunca supe que tenía un alma, hasta que la encontré aquí. Si llego a seguir siendo rico la hubiera perdido completamente.

─No sé cómo puedes decir esto ─gritó Bateman indignado─. A menudo solíamos tener discusiones sobre esto mismo.

─Sí. Lo sé. Discusiones tan inútiles como las de los sordos sobre la armonía… No volveré nunca a Chicago, Bateman.

W. Somerset Maugham, La Carta, 1927

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