Cuando supe que iba a viajar a Múnich, brincaba de alegría como esos venados que se ven en los documentales de discovery channel entre las flores, cuando llega la primavera y todo parece renacer de nuevo. Renacer de nuevo es una expresión tonta, pero cierta cuando hablamos de los fenómenos de la naturaleza pues, en verdad, el mundo, o al menos ciertas partes de él, renacen cada año cuando las nieves matan la belleza y crean otro tipo nuevo de hermosura. Pero me desvío: Decía que brincaba como venado en primavera pues nunca en mi mexicana vida había estado en Alemania y me entusiasmó mucho saber que estaría allá una semana para atender a una serie de pláticas cuya naturaleza, al menos por ahora, no viene al caso. El asunto es que me preparé con mucha anticipación y, precavido como soy y como lo seguiré siendo el resto de mi vida, pregunté a mi novia cómo era el clima de aquella ciudad. Eso me pareció lo más adecuado y lo más fácil, ya que pude haberlo checado en los innumerables canales de internet que dan las condiciones atmosféricas de todas y cada una de las ciudades del mundo, sobre todo las más importantes y creo que Múnich entra dentro de ellas. Mi novia, la mujer más linda del mundo pero también la más despistada, había estado viviendo en aquellos lugares durante algunos años, así que, en automático, asumí que sabía de lo que estaba hablando y me contó que Múnich era una ciudad pequeña, acogedora y soleada, y que en primavera hacía bastante calor. Era el mes de abril y, por lo tanto, tomé aquellas palabras y las guardé en mi memoria para utilizarlas cuando llegara el momento de hacer la maleta. Los días siguieron pasando pues no hay nada que los detenga y finalmente llegó el esperado, ansiado y un poco temido día de mi partida. Hice la maleta, como es mi costumbre, un día antes (de hecho, la noche previa) y me despedí con lágrimas auténticas en los ojos de esta mujer a la que tanto amo y que, gracias a dios, aún se encuentra conmigo, a mi lado, y que ha sido la luz de mis ojos desde el día en que la conocí. Viajé al aeropuerto en un taxi, lleno de temores e incertidumbres, pero todo fue bien y llegué, debido a mi ansia, demasiado temprano, por lo que estuve vagando un tiempo por las tiendas, comprando algún libro para el camino, goma de mascar, una tarjeta para llamadas internacionales y hasta un perfume, ya que las tiendas de duty free son libres para los pasajeros que van a aventurarse fuera de las fronteras pero no para aquellos que circulan dentro del país. Eso es una tontería, pero así son las cosas y no creo que sea yo alguien que pueda cambiarlas. Al poco tiempo de mi vagancia, recibí una llamada telefónica de alguien a quien no conocía pero que sí me conocía a mí. Formaba parte del grupo de quienes viajaríamos al evento y estaban reunidos en un bar. Me dirigí allá y, como yo no era quien iba a pagar la cuenta, pedí un whisky que es, y ha sido desde siempre, mi bebida favorita. Aún así, no dejaba de sudar y de sentirme ansioso. Los vi a cada uno de ellos y me aprendí sus nombres (a uno lo había visto antes). En total, éramos tres hombres y una mujer y todos me vieron como un bicho raro, o mi paranoia me hace recordar que las cosas sucedieron de esa manera. Me preguntaron si estaba preparado y dije que sí. Ellos vestían abrigos pero yo llevaba una playera de manga corta y me reí de ellos pues no tenían, como yo, información de primera manos sobre el clima imperante en Múnich. No recuerdo qué sucedió después, pero asistido por la lógica pienso que dieron el anuncio del vuelo y me llevé una gran sorpresa cuando me dijeron que uno de ellos, cuyo nombre no diré pero a quien le guardo especial cariño, había utilizado sus puntos de viajero para cambiar nuestros boletos a primera clase, así que fui de la ciudad de México a Atlanta en primera clase, en un mullido sillón donde, apretados, hubiésemos cabido dos. Dormí buena parte del trayecto, pero llegamos a Atlanta con retraso, por lo que fue una ordalía de carácter inolvidable ir corriendo por los pasillos del aeropuerto de aquella ciudad a tiempo para tomar el avión que finalmente nos llevaría a Múnich. Uno de mis compañeros de viaje no hallaba su equipaje y, en fin, que tras mucho correr, mucho sudar y mucho invocar el nombre de dios para ofenderlo, tomamos el avión con todo en orden y me senté en un sillón estrecho, en una fila abarrotada de gente, con un gordo a un lado que además de narcoléptico halló mi hombro muy cómodo y un niño que no dejaba de berrear y de hacer preguntas insulsas como lo hacen todos los niños del mundo. En fin, que aquél vuelo de 10 horas fue un martirio y no pude pegar ojo en todo el tiempo. Tampoco leí, tampoco me distrajeron las películas que pasaron durante el vuelo, por lo que en mi memoria aquella fue una experiencia terrible, traumática y que no quisiera repetir, a no ser por el aliciente del destino, que tratándose de Europa lo justifica todo, o casi todo. Olvido decir que uno de los viajeros con los que me tomé el whisky parecía inexplicablemente preocupado por mí, y constantemente me preguntaba si estaba bien, si no tenía frío, y también me preguntaba dónde había dejado mi abrigo. Yo le dije que no llevaba, y él elevó las cejas hasta que casi le tocaron la coronilla. Esto me pareció lo más cómico del mundo, y me reía en mi interior de su inocencia, pero las cosas adquirieron su verdadera dimensión cuando se abrieron las puertas del avión y bajamos por la rampa: Estábamos finalmente en la hermosa ciudad de Múnich y estaba nevando. Mi novia estaba en lo correcto: Múnich es una ciudad calurosa en primavera, pero abril es invierno para ellos y ahí estaba yo, en mangas cortas y con el cabello encanecido de nieve, tiritando pero apretando los dientes para que no se notara mucho mi estupidez.
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