Flashbacks

Nevando en Múnich

by Andrés Borbón on 8 March, 2010

in Flashbacks

Cuando supe que iba a viajar a Múnich, brincaba de alegría como esos venados que se ven en los documentales de discovery channel entre las flores, cuando llega la primavera y todo parece renacer de nuevo. Renacer de nuevo es una expresión tonta, pero cierta cuando hablamos de los fenómenos de la naturaleza pues, en verdad, el mundo, o al menos ciertas partes de él, renacen cada año cuando las nieves matan la belleza y crean otro tipo nuevo de hermosura. Pero me desvío: Decía que brincaba como venado en primavera pues nunca en mi mexicana vida había estado en Alemania y me entusiasmó mucho saber que estaría allá una semana para atender a una serie de pláticas cuya naturaleza, al menos por ahora, no viene al caso. El asunto es que me preparé con mucha anticipación y, precavido como soy y como lo seguiré siendo el resto de mi vida, pregunté a mi novia cómo era el clima de aquella ciudad. Eso me pareció lo más adecuado y lo más fácil, ya que pude haberlo checado en los innumerables canales de internet que dan las condiciones atmosféricas de todas y cada una de las ciudades del mundo, sobre todo las más importantes y creo que Múnich entra dentro de ellas. Mi novia, la mujer más linda del mundo pero también la más despistada, había estado viviendo en aquellos lugares durante algunos años, así que, en automático, asumí que sabía de lo que estaba hablando y me contó que Múnich era una ciudad pequeña, acogedora y soleada, y que en primavera hacía bastante calor. Era el mes de abril y, por lo tanto, tomé aquellas palabras y las guardé en mi memoria para utilizarlas cuando llegara el momento de hacer la maleta. Los días siguieron pasando pues no hay nada que los detenga y finalmente llegó el esperado, ansiado y un poco temido día de mi partida. Hice la maleta, como es mi costumbre, un día antes (de hecho, la noche previa) y me despedí con lágrimas auténticas en los ojos de esta mujer a la que tanto amo y que, gracias a dios, aún se encuentra conmigo, a mi lado, y que ha sido la luz de mis ojos desde el día en que la conocí. Viajé al aeropuerto en un taxi, lleno de temores e incertidumbres, pero todo fue bien y llegué, debido a mi ansia, demasiado temprano, por lo que estuve vagando un tiempo por las tiendas, comprando algún libro para el camino, goma de mascar, una tarjeta para llamadas internacionales y hasta un perfume, ya que las tiendas de duty free son libres para los pasajeros que van a aventurarse fuera de las fronteras pero no para aquellos que circulan dentro del país. Eso es una tontería, pero así son las cosas y no creo que sea yo alguien que pueda cambiarlas. Al poco tiempo de mi vagancia, recibí una llamada telefónica de alguien a quien no conocía pero que sí me conocía a mí. Formaba parte del grupo de quienes viajaríamos al evento y estaban reunidos en un bar. Me dirigí allá y, como yo no era quien iba a pagar la cuenta, pedí un whisky que es, y ha sido desde siempre, mi bebida favorita. Aún así, no dejaba de sudar y de sentirme ansioso. Los vi a cada uno de ellos y me aprendí sus nombres (a uno lo había visto antes). En total, éramos tres hombres y una mujer y todos me vieron como un bicho raro, o mi paranoia me hace recordar que las cosas sucedieron de esa manera. Me preguntaron si estaba preparado y dije que sí. Ellos vestían abrigos pero yo llevaba una playera de manga corta y me reí de ellos pues no tenían, como yo, información de primera manos sobre el clima imperante en Múnich. No recuerdo qué sucedió después, pero asistido por la lógica pienso que dieron el anuncio del vuelo y me llevé una gran sorpresa cuando me dijeron que uno de ellos, cuyo nombre no diré pero a quien le guardo especial cariño, había utilizado sus puntos de viajero para cambiar nuestros boletos a primera clase, así que fui de la ciudad de México a Atlanta en primera clase, en un mullido sillón donde, apretados, hubiésemos cabido dos. Dormí buena parte del trayecto, pero llegamos a Atlanta con retraso, por lo que fue una ordalía de carácter inolvidable ir corriendo por los pasillos del aeropuerto de aquella ciudad a tiempo para tomar el avión que finalmente nos llevaría a Múnich. Uno de mis compañeros de viaje no hallaba su equipaje y, en fin, que tras mucho correr, mucho sudar y mucho invocar el nombre de dios para ofenderlo, tomamos el avión con todo en orden y me senté en un sillón estrecho, en una fila abarrotada de gente, con un gordo a un lado que además de narcoléptico halló mi hombro muy cómodo y un niño que no dejaba de berrear y de hacer preguntas insulsas como lo hacen todos los niños del mundo. En fin, que aquél vuelo de 10 horas fue un martirio y no pude pegar ojo en todo el tiempo. Tampoco leí, tampoco me distrajeron las películas que pasaron durante el vuelo, por lo que en mi memoria aquella fue una experiencia terrible, traumática y que no quisiera repetir, a no ser por el aliciente del destino, que tratándose de Europa lo justifica todo, o casi todo. Olvido decir que uno de los viajeros con los que me tomé el whisky parecía inexplicablemente preocupado por mí, y constantemente me preguntaba si estaba bien, si no tenía frío, y también me preguntaba dónde había dejado mi abrigo. Yo le dije que no llevaba, y él elevó las cejas hasta que casi le tocaron la coronilla. Esto me pareció lo más cómico del mundo, y me reía en mi interior de su inocencia, pero las cosas adquirieron su verdadera dimensión cuando se abrieron las puertas del avión y bajamos por la rampa: Estábamos finalmente en la hermosa ciudad de Múnich y estaba nevando. Mi novia estaba en lo correcto: Múnich es una ciudad calurosa en primavera, pero abril es invierno para ellos y ahí estaba yo, en mangas cortas y con el cabello encanecido de nieve, tiritando pero apretando los dientes para que no se notara mucho mi estupidez.

{ 0 comments }

Flashbacks: Mi primera cita

by Andrés Borbón on 28 September, 2009

in Flashbacks

isis

Era un adolescente tímido, así que la primera vez que tuve una cita formal con una chica, contaba ya con 18 años. Por “cita” me refiero a ir a algún lugar para bailar o comer o algo por el estilo.

Una amiga cercana me vendió unos boletos para lo que ahora se llaman antros, pero que en aquél entonces denominábamos discotecas. Pagué el importe poco a poco. Se trataba de un lugar caro pero famoso, y estaba de moda en aquellos tiempos. Aquello valía la pena, ¿no?

El colmo de las vergüenzas es que yo no tenía auto, ni licencia y tampoco sabía manejar, así que mi madre tuvo que llevarme. Pasamos por la chica y después nos encaminamos al lugar en cuestión. Teníamos unas cuantas horas, así que había que aprovecharlas bien y nos instalamos en un lugar tranquilo (bueno, lo más tranquilo que puede hallarse en un sitio así), pedimos algo de beber, pero no recuerdo qué fue. Sonaba música para bailar y, a pesar de mi resistencia a esta actividad, sabía que en cualquier momento tendría que pedirle que bailáramos.

[SEGUIR LEYENDO]

{ 0 comments }

Flashbacks: Sobreviviendo en Estocolmo

by Andrés Borbón on 21 September, 2009

in Flashbacks

estocolmo

Hace unos años, tuve la oportunidad de viajar a Estocolmo para asistir a una serie de conferencias. Todo comenzó mal, ya que en el viaje de ida perdí la conexión París – Estocolmo y me quedé varado en el aeropuerto Charles de Gaulle más de 8 horas, en una sala casi vacía y helada, sentado en una banca de plástico anaranjado y mirando los aviones ir y venir.

Finalmente, llegué a Estocolmo, y mi novatez me hizo pedir un taxi en el aeropuerto para llegar al hotel. Estaba exhausto, tras casi 24 horas de viaje y cuando el taxista me dijo cuánto era, casi me muero. Era el equivalente a unos 200 dólares norteamericanos. Mis finanzas en aquél entonces estaban bajísimas, así que entregué las coronas suecas al hombre y me instalé en el hotel, donde la reservación no estaba hecha apropiadamente y tuve que poner mi tarjeta de crédito como garantía. Eso significaba que no podría usarla, pues mi saldo disponible apenas cubriría los días de hospedaje (que allá son carísimos), si los del hotel decidían hacer efectivo el voucher.

Pero las desventuras apenas habían comenzado.

[SEGUIR LEYENDO]

{ 0 comments }

Flashbacks: Mi verdadero nombre

by Andrés Borbón on 14 September, 2009

in Flashbacks

borbon_escudopq

Mi nombre pudo haber sido completamente diferente.

Mi abuelo materno nació en San Francisco (California, Estados Unidos). Los orígenes de la familia eran mexicanos, pero todos se apellidaban Martín del Campo. Sin embargo, al momento de registrar a mi abuelo, las autoridades de allá consideraron que era demasiado largo y lo inscribieron como Martínez. Luego mi abuelo se vino a México, se casó con una hidrocálida (de Aguascalientes, pues) y jamás volvió a los Estados Unidos, excepto por un breve periodo en la Segunda Guerra Mundial.

Por otra parte, a mi abuelo paterno le quitaron el “de” en una campaña que hubo en México para simplificar los apellidos. De esta forma, en vez de ser “de Borbón”, quedó en “Borbón”.

[SEGUIR LEYENDO]

{ 1 comment }

Flashbacks: Jamás fui Argonauta

by Andrés Borbón on 7 September, 2009

in Flashbacks

argonautas

Se llamaba Lourdes, pero le decíamos “Lulis” y era la maestra más guapa que tuve en la primaria. Yo estaba, como muchos de mis compañeros, enamorado de ella porque además de ser inteligente y culta, era muy joven y usaba unos escotes descomunales que dejaban ver más de lo que un niño de 10 años debía. Y aquellas eran dos enormes, rotundas y poderosas razones que nos tenían a todos (los varones) prestando atención durante toda la clase casi sin parpadear y tragando saliva cada cinco segundos.

Pero había una tercera razón por la que Lulis será inolvidable para mi: Nos leía. Todos los días, sin falta, nos leía durante una hora, aproximadamente. Así conocí las Aventuras de Tom Sawyer y luego las de Huckleberry Finn y así conocí la historia de los Argonautas.

Yo quería ser un Argonauta.

[SEGUIR LEYENDO]

{ 0 comments }

Flashbacks: Leyendo a Kafka

by Andrés Borbón on 31 August, 2009

in Flashbacks

kafka_proceso Tendría, tal vez, 17 ó 18 años cuando leí El Proceso, de Kafka.

Siempre me ha gustado leer, pero hubo una época en que leía, puede decirse, compulsivamente. Llegaba de la escuela, cumplía mis deberes y me tiraba a leer hasta que el sueño me vencía. Si estaba de vacaciones, leía todo el día.

Acababa de entrar a la universidad y en las primeras vacaciones que tuve, hice mi maleta y me fui a casa de mis abuelos, en Guadalajara. Huelga decir que casi todo mi equipaje estaba compuesto de libros pero, aún así, jamás eran suficientes.

Por fortuna, a unas decenas de metros de la casa de mis abuelos había una tienda de libros usados. El dueño, un viejo con lentes de lupa y rostro picado de viruela, siempre estaba leyendo. Cuando me veía llegar, sonreía (sólo un poco) y decía mi nombre:

─Andrés.

Eso era todo. Me dejaba vagar por los estantes a mi gusto, sin molestarme y, por lo general, me hacía rebajas considerables, ya que iba todos los días. Cuando terminaba de leer un libro, se lo vendía de nuevo y él me preguntaba si me había gustado o no. Así, el viejo fue formándose una opinión sobre mis gustos literarios.

[SEGUIR LEYENDO]

{ 1 comment }

Flashbacks: Mis inicios como ladrón

by Andrés Borbón on 24 August, 2009

in Flashbacks

book_cartoon Por cuestiones del trabajo de mi padre, siempre estábamos mudándonos de ciudad y cuando llegamos a Reynosa (Tamaulipas), me inscribieron en primero de primaria.

Todos mis compañeros se conocían, ya que habían estado juntos desde el kínder y yo era “el nuevo”. Aquella sensación no era extraña para mí ya que, como dije, siempre nos estábamos mudando.

Un día, nos avisaron que teníamos clase de inglés y cuando llegó la maestra, dijo: “Saquen su libro”.

Todos sacaron su libro, menos yo.

Era un libro precioso, lleno de ilustraciones a todo color, de hojas gruesas y relucientes, con muñecos como los de las caricaturas y enormes letras negras que anunciaban el nombre de cada cosa. Ellos lo tenían porque lo usaban desde el año anterior, pero como yo era “el nuevo”, no lo tenía.

Llegando a mi casa, le dije a mi madre que necesitaba el libro de inglés, pero pasaron los días, las semanas y nada: A pesar de mis recordatorios diarios, no parecía tener intenciones de comprármelo.

Entonces, un día, cuando todos salieron a recreo, robé uno de esos libros.

[SEGUIR LEYENDO]

{ 0 comments }