Chica Robot-1

(CUENTO)

Aquella mañana le dije a mi asistente personal que no me pasara una sola llamada. Estaba preparando una reunión con algunos de nuestros clientes más importantes para hablarles sobre nuestro último producto, en el cual teníamos depositadas todas nuestras esperanzas. Se trataba, precisamente, del programa al que le acababa de pedir que no me pasara llamadas, el cual tenía el nombre en clave de Afrodita.

Lo realmente novedoso en ésta pequeña joya de software era que el usuario podía generar una personalidad eligiendo uno de los miles de códigos disponibles. Lo más interesante es que dichas personalidades eran reales, y que correspondían a personas vivas, pues habían sido transferidas a nuestro repositorio con el consentimiento de sus dueños. Tenía un par de semanas trabajando con mi asistente personal, una chica robot de cabello rubio para la cual había elegido el código de una secretaria inglesa de mediana edad, soltera y sin hijos. Desde entonces habíamos trabajado juntos y, para ser honesto, no tenía una sola queja de ella a no ser porque, de vez en cuando, se irritaba un poco cuando le daba órdenes contradictorias o levantaba la voz más de lo necesario, pero eso es comprensible.

Me encontraba trabajando en la presentación para los clientes cuando sonó el teléfono. Molesto, levanté el auricular y escuché la voz de mi asistente, quien me recordó que estaba atrasado en el pago del auto. Le respondí, furioso, que ya me encargaría de ello después y que, por favor, no me interrumpiera a menos que fuera un asunto de vida o muerte. Afrodita guardó silencio unos instantes y, finalmente, dijo: Sí, señor, como usted ordene. Me pareció notar un ligero tono de resentimiento en su voz, pero no le di importancia, pues tenía cosas más urgentes en que pensar.

Estaba logrando algún avance en la presentación cuando escuché el sonido de unos nudillos en la puerta. Dije "¡Adelante!" y, poco después, entró Afrodita con la cabeza baja y el cabello desarreglado. Cuando levantó el rostro, advertí que tenía los ojos enrojecidos, y que le escurrían dos ríos de lágrimas por las mejillas. Jamás había visto a un robot llorar, y le pregunté qué le pasaba. Por toda respuesta, Afrodita me entregó un sobre y corrió hacia la ventana, rompiéndola en mil pedazos. Unos segundos después, escuché el sordo ruido de su cuerpo estrellándose contra el pavimento, seis pisos más abajo.

En la nota suicida, Afrodita decía que se había enamorado de mí, y que terminaba con su vida porque no se creía capaz de tolerar mi rechazo.

© Andrés Borbón 2008

(Cuento)

No creo que haya muchas personas que tengan la oportunidad de asistir a su propio entierro, de mezclarse entre los dolientes y de escuchar el discurso del sacerdote sobre uno mismo. Cuando bajaron el ataúd, sentí un gran consuelo y tuve la certeza de que en verdad iba a salirme con la mía, de que nadie sospecharía nada.

Cuando abracé a mi mujer para darle el pésame, ella me miró a los ojos y, por un momento, tuve la sensación de que me había reconocido. Su mirada se clavó en mí y arrugó el ceño. Abrió la boca como para decirme algo, pero de sus labios no brotó el menor sonido. Por fortuna, alguien más reclamó su presencia y se alejó, no sin antes dedicarme un último vistazo. ¿Me había reconocido?

La tarde anterior, le pedí a mi mejor amigo que nos reuniéramos en mi laboratorio con el pretexto de mostrarle uno de mis más recientes inventos: El transductor de conciencia. Se trataba de un pequeño aparato con dos cascos que, presumiblemente, sería capaz de transmitir ciertas sensaciones de una persona a otra. Sin embargo, lo había modificado y aquél día el transductor haría algo más.

Hernán (mi amigo) era el sujeto perfecto: Vivía solo y no tenía muchos amigos ni familiares. Además, era joven y se encontraba en perfecto estado de salud, Yo, en cambio, estaba muriendo. Los médicos me habían dado sólo unas semanas de vida y el tiempo apremiaba.

Unos minutos antes de que llegara Hernán al laboratorio, bebí un potente veneno y escribí la nota suicida. Poco después, ambos teníamos los cascos puestos y programé el aparato con dedos temblorosos, pues el veneno comenzaba a hacer efecto.

Todo sucedió en pocos minutos: De pronto, yo estaba en el cuerpo de mi amigo y éste moría por el efecto del veneno, entre convulsiones y gritos ahogados. Lo demás fue sencillo: Llamé a la policía, respondí unas cuantas preguntas y salí del laboratorio rumbo a mi nueva vida.

© Andrés Borbón 2008

Alebrije-1

Compré el alebrije a un amigo, quien argumentó que lo vendía porque no iba a juego con la decoración de su nueva casa. Siempre he sido un fanático de estos muñecos de papel engomado o de madera. Éste era de los segundos: Tallado primorosamente en roble, representaba una especie de león con cola de lagarto y cuernos rojos que se curvaban alrededor de la cabeza como si fueran tentáculos. De unos treinta centímetros de alto, el monstruo se paraba sobre sus patas traseras como un caballo rampante. El artista se había esmerado en los detalles: Los dientes parecían reales y los ojos daban la impresión de moverse cuando el observador cambiaba de posición, como el retrato de la Mona Lisa.

Poco después, comencé a dormir mal. Me despertaba a media noche con la impresión de que alguien rondaba por la planta de abajo. Cuando iba a echar un vistazo, no encontraba nada. Algunos detalles extraños comenzaron a llamar mi atención: Los objetos desaparecían. Siempre eran cosas pequeñas: Un bolígrafo, un par de clips, trozos de periódico, pinzas para ropa. Al principio no le di importancia, ya que siempre he sido distraído. Cuando los hurtos continuaron, comencé a preocuparme. A pesar de que vivo solo, tenía la impresión de que había alguien más en la casa.

Comencé a sospechar del alebrije. No se lo dije a nadie porque hubieran pensado que estaba loco. Me di cuenta (creí darme cuenta) que estaba cambiando de forma: Parecía más robusto y en los ojos tenía una expresión de tristeza que no percibí al principio. Una noche, esparcí un poco de harina alrededor de él y a la mañana siguiente pude ver una serie de pequeñas huellas impresas en el fino material.

─Así que tú eres quien ha estado robando mis cosas, ¿eh? ─dije en voz alta, acercándome a la figura de madera, pero ésta permaneció inmóvil, congelada, muda.

Unas noches después, me despertó un tenue llanto. Provenía de la sala y cualquiera diría que se trataba de un niño, o de un gato. Bajé las escaleras y encendí la luz. De inmediato, miré la mesa donde había colocado el alebrije, pero éste no se encontraba ahí. Tras buscarlo mucho, lo hallé bajo uno de los sillones, acurrucado en un nido hecho con hojas de papel periódico. A su lado se retorcía un pequeño ser con tres pares de piernas, cuerpo de dragón, melena de león y unos cuernos idénticos a su madre, quien me miró con ojos suplicantes.

No tuve corazón para echarlos. El bebé es algo travieso, pero ya me he acostumbrado a él y la única condición que les puse para quedarse era que permanecieran quietos cuando tuviera visitas en casa.

© Andrés Borbón 2008

Magia

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Mago-1

(CUENTO)

Entender qué fue lo que sucedió no es sencillo:

Soy mago profesional y aquella tarde preparé el acto principal con mi nueva asistente, una hermosa chica de ojos azules que había contratado recientemente, tras despedir a Lisa, quien había trabajado conmigo durante años pero que resultó, a fin de cuentas, un estorbo y un tormento. Me enamoré de Lisa perdidamente, pero las cosas no salieron como pensábamos y, tras un tiempo, la relación se tornó demasiado agria, demasiado dolorosa, así que preferí cortar por lo sano y, tras discutir acaloradamente, le dije que estaba despedida. Ella se puso muy mal. Pidió que le diera una última oportunidad, pero me negué en redondo. Al final, se fue, jurando que me arrepentiría de todo esto.

Mi nueva asistente era bella pero demasiado torpe. Le expliqué hasta el cansancio en qué consistía cada uno de los actos y ensayamos decenas de veces el truco principal. Al final, comprendió lo que tenía que hacer y, cuando salimos a escena, me sorprendió ver que el lugar estuviera lleno. No cabía una aguja en el teatro e, incluso, había gente de pie al fondo de la sala. Aquella iba a ser una noche espléndida, o por lo menos eso pensé.

Cuando llegó el momento de realizar el acto de las espadas, llamé a mi asistente con un par de palmadas y ésta salió a escena vistiendo un minúsculo traje entallado, antifaz y guantes blancos. Se veía preciosa, debo admitirlo. La encerré en la caja de madera e introduje lentamente cada una de las diez espadas que, gracias a un ingenioso mecanismo, se doblarían para evitar dañar a la chica. Sin embargo, sentí algo extraño cuando las clavé en las ranuras y, por un momento, dudé. Aquella vacilación hizo aumentar el suspenso y algunos de los asistentes se pusieron a aplaudir antes de tiempo. Por fin, terminé de insertar las espadas, di unas cuantas vueltas a la caja para mostrar al público la zona donde asomaban las puntas de las mismas y comencé a sacarlas una por una. Cuando iba por la segunda, me di cuenta que estaba manchada de sangre. Sin pensarlo un instante, extraje el resto de las espadas y abrí la caja.

El teatro se llenó de gritos de horror, exclamaciones y rostros azorados. Alguien sugirió llamar a una ambulancia, pero yo sabía que era demasiado tarde: Lisa estaba muerta, tumbada en el hueco de la caja, en medio de un charco de sangre, sin el antifaz y con una expresión satisfecha en el rostro.

© Andrés Borbón 2008

Virtual Girl-1

(CUENTO)

Cuando hablé por teléfono con Jenny para decirle que llegaría tarde a casa porque tenía trabajo atrasado en la oficina, no me creyó una sola palabra. No la culpo, pues en realidad tenía planeado ir con unos amigos a cenar. Sin embargo, era preferible decir una pequeña mentira que tolerar sus reproches, celos y enojos.

La cena fue de lo más agradable. Cuando íbamos por los aperitivos, a alguien se le ocurrió ir a un centro nocturno para "relajarnos un poco". Yo dudé un poco antes de aceptar, pues sabía que Jenny no vería con buenos ojos que anduviera metiendo mis narices en lugares como ése, pero me vi forzado a aceptar. No obstante, les advertí a mis amigos que no bebería una copa más, pues al día siguiente tenía que trabajar y no me agradaba la idea de pasar diez horas en la oficina y con resaca. La verdadera razón era que no quería enfadar aún más a Jenny, quien se enfurecía al verme borracho y era capaz de armarme una escena de lo más desagradable.

Era un lugar bastante sórdido, con bailarinas exóticas y servicios "privados". Alguien me dijo (creo que fue uno de los meseros), que las chicas virtuales eran de lo más amables, y que tenían programas para satisfacer los gustos más exigentes. No quise contratar ninguno de los servicios que ofrecían, y en lugar de eso me quedé un buen rato solo en la mesa, contemplando el fondo de mi vaso de limonada.

Cuando dieron las dos de la mañana, pedí la cuenta y me marché del lugar. Al abrir la puerta de mi casa, traté de hacerlo con todo sigilo para no despertar a Jenny, pero ella se encontraba ya frente a mí, con los brazos en la cintura y una expresión poco agradable en el rostro. Comenzó a reñirme pero, de pronto, algo se alteró en sus facciones y quedó paralizada, con un brazo levantado y formando una gran "o" con los labios. Suspiré, aliviado. Cada vez que se enfadaba sucedía lo mismo: Los circuitos se sobrecargaban y quedaba congelada. Había que resetearla pero, tal y como estaban las cosas, tal vez lo hiciera mañana temprano, para poder dormir tranquilo y sin tener que escuchar sus interminables reproches.

© Andrés Borbón 2008

light in the dark-1

Hace un par de semanas, acepté la invitación de un amigo para ir a su casa y beber un par de cervezas. Esas reuniones llevaban repitiéndose una vez al mes, más o menos, desde los lejanos tiempos de la universidad y siempre terminábamos recordando viejas películas, el nombre de las chicas con las que salimos y a los profesores que detestábamos. Una rutina que seguíamos al pie de la letra con más resignación que placer y que, invariablemente, nos ponía algo nostálgicos.

Antes de entrar a la cámara teletransportadora, le di un beso a mi mujer y aseguré que estaría en casa antes de la medianoche. Ella me miró de la misma forma que siempre, un poco con reproche, pues sabía que llegaría más tarde, alrededor de las tres de la mañana y un poquito achispado. Sin embargo, sonrió y me dijo que ella y los niños planeaban ir de compras y a casa de sus padres, que no me preocupara por la hora. Buena chica.

No recuerdo bien cómo sucedió. Debí cometer un error al oprimir los botones en el panel de control, o la máquina tendría un desperfecto. Sentí el conocido cosquilleo en la piel cuando el escáner holográfico recorrió mi cuerpo y, en vez del habitual destello purpúreo que invariablemente precedía a la teletransportación, me vi sumido en la más absoluta oscuridad. Miré en todas direcciones y extendí los brazos, pero las puntas de mis dedos no hallaron nada que palpar. Intenté caminar, pero me di cuenta que mis pies no tocaban el suelo. Era como si flotara en un mar negro, tibio y silencioso. Cuando traté de gritar pidiendo ayuda, de mi boca no salió el menor sonido.

Pasó algún tiempo (¿Días? ¿Semanas?) antes de que percibiera aquel tenue destello en el cielo, muy por encima de mí. Alcé los brazos hacia él, intenté saltar, nadar, trepar, pero nada funcionaba. Seguía en el mismo punto y, por momentos, perdía de vista el débil resplandor, que se encendía y apagaba con cierta regularidad. Entonces me di cuenta que bastaba desearlo para cambiar de posición y, lentamente, milímetro a milímetro, me fui acercando a él. Era una especie de claraboya a través de la cual pude ver la sala de mi propia casa. Ahí, un hombre que se parecía a mí se esmeraba frente al ordenador, daba palmadas en la cabeza de mi perro, bebía café de mi taza favorita y conversaba con mi mujer, pasándole el brazo sobre los hombros y sonriendo tal y como yo lo hubiera hecho.

© Andrés Borbón 2008

El Soñador.

Para Rocío

El secreto está en despertar a tiempo. Es algo difícil, pero posible tras una larga práctica.

Después, hay que domar la realidad. Siempre tratará de imponerse y conviene (es indispensable) mantenerla a raya. Los métodos son muchos, pero el más efectivo es el que utilizan los niños: Creer en el sueño. Esto, que puede parecer tan simple, requiere un ingrediente de características inusuales: La Inocencia.

Habrá que esperar el sueño apropiado, aunque los más experimentados son capaces de invocarlo con el sólo ejercicio de la imaginación. Un ambiente tranquilo, la soledad y una copita de jerez mejoran los resultados. Se recomienda evitar las noches de luna llena pues su influencia es, por lo general, incontrolable. La conciencia, además, debe estar tranquila.

Una vez que se presenta el sueño, hay que dejarlo fluir un tiempo. Las etapas iniciales están contaminadas con los eventos del día y es imprescindible esperar un poco. Entonces, el sueño es sólo el sueño.

Ayer soñé contigo, como me lo había propuesto. Sin embargo, no esperaba que hiciéramos el amor. Tu boca gritó en mi boca y mis manos y tu piel se fundieron. El sudor, en el sueño, era miel entre nosotros. Tus ojos eran enormes: Me abarcaban por completo y observé mi reflejo desesperado en ellos.

Cuidadosamente, desperté del sueño sin dejar de mirarte y tu imagen tembló un segundo. Después, volvió a consolidarse. Estaba amaneciendo y hacíamos el amor. Hablábamos, también, de tortugas, de gorriones, de cosas incomprensibles. Así son los sueños.

El trajín de los vecinos atravesó las paredes y sonó el despertador en mi mesa de noche. Suavemente, sin perderte de vista, lo apagué. A lo lejos, el murmullo de la radio (o de un televisor) daba cuenta de las noticias más importantes del día.

El movimiento de nuestros cuerpos se hizo frenético y gritamos al mismo tiempo. Temblaste entre mis brazos y me abandoné, agónico, en ti.

El orgasmo me perdió: Al abrir los ojos, jadeante aún, te habías ido.

Hoy volveré a intentarlo. Debo lograr que permanezcas junto a mí para siempre.

© Andrés Borbón 2002

Mi nombre es Oleg Jasso y soy un viajero habitual en el tiempo. He vacacionado en el pasado durante los últimos 10 años y, hasta ahora, no había sufrido el menor contratiempo. El sistema es muy seguro: Si el viajero pesa ochenta kilos, no hay mas que extraer la misma masa del pasado e intercambiarla por el vacacionista. Es una regla que no debe ser violada jamás, o se corre el riesgo de provocar una catástrofe de proporciones insospechadas, pues la cantidad de materia debe permanecer constante en ambos lados del tiempo.

Mi último viaje no fue del todo bien. El técnico cometió un error y en lugar de extraer aire o agua del pasado, transportó a un individuo hacia nuestro tiempo y el pobre murió durante el procedimiento. Se trataba de un científico cuyas aportaciones habrían de ser importantísimas para el desarrollo de la humanidad, y las autoridades de mi tiempo consideraron que su muerte atentaba seriamente contra la evolución de la historia y de la disciplina a la que se dedicaba el sabio en cuestión.

El hombre que murió tenía veinte años, y yo treinta y uno. Compartíamos la complexión y el color de piel, pero en todo lo demás éramos completamente diferentes y la autoridades decidieron que yo debía sustituirlo hasta que hallaran la forma de solucionar el problema de otra forma. Un equipo de cirujanos plásticos viajó al pasado y fui sometido a una intervención que me permitió simular ser él. Recibí implantes cerebrales que me ayudaron a recordar todas las cosas que el científico habría de hacer y que me permitirían hablar su lengua materna.

Han pasado ya cincuenta y seis años desde entonces. Los científicos de mi tiempo jamás encontraron una solución al incidente y, durante todo este tiempo, he debido vivir una vida que no es la mía, como un actor que sigue un libreto día y noche. Me he casado con la mujer que, según la historia, eligió el sabio y he procreado hijos con ella. He tenido que renunciar a mi propia historia y hasta a mi nombre. Ahora me apellido Einstein y la gente me rinde honores porque piensa que soy un genio. Lo más triste de todo es que en pocos meses he de morir para no alterar en nada los delicados hilos de la historia.

(Cuento)

Hoy tuve en mis manos, durante breves minutos, el que ha sido llamado "El Gadget Definitivo" por las publicaciones más influyentes en el campo de la tecnología. Se trata del Amorpheus, un curioso aparato que no sólo es capaz de cambiar de forma de acuerdo a las necesidades del cliente, sino que integra una característica absolutamente insólita: Circuitos Plásticos.

Ha sido desarrollado por un equipo de ingenieros que aseguran haber creado el único gadget que alguien necesitará en su vida.

Cuando abrí la pequeña caja metálica que lo contenía, miré al interior y descubrí lo que parecía un teléfono celular común y corriente. Debo admitir que no me impresionó mucho el aspecto del aparato. Sin embargo, tras oprimir el botón de encendido, algo pareció tomar vida dentro del Amorpheus. Los limpios contornos del aparato comenzaron a cambiar de forma y descubrí que estaba transformándose en un reproductor mp3. Se abrió un orificio minúsculo en uno de sus extremos y, como por arte de magia, emergieron dos cables de los que colgaban sendos audífonos.

Al ver mi cara de estupefacción, uno de los técnicos se acercó a mí y preguntó si todo estaba bien.

─Sí ─le respondí─, sólo que…

─Intente tomar una foto ─sugirió el técnico.

Tomé el Amorpheus entre mis manos y, de inmediato, comenzó a cambiar de nuevo. Un lente brotó de la parte delantera y en pocos segundos aquello se había convertido en una cámara fotográfica.

─¿Cómo es posible? ─pregunté, intrigado.

─Se trata de un prototipo ─explicó el técnico─. El modelo definitivo será capaz de cambiar de forma casi instantáneamente. Pero lo más interesante sucede en el interior del Amorpheus.

─¿A qué se refiere?

─Bueno, los circuitos plásticos se reconcetan cada vez que éste se transforma para brindar la mayor eficiencia posible al procesamiento de la información. Lo que usted tiene en las manos no es un teléfono que aparenta ser una cámara. ¡Es una cámara de verdad!

Hice muchas preguntas más al técnico y éste las respondió todas con gran amabilidad. Para cuando terminó la demostración, ya estaba yo preguntándome si el técnico no era un Amorfeus que se había transformado en técnico y en cómo haría para explicarles todo esto a mis lectores.

(Cuento)

para Jiff, cofrade de la blogocosa.

Tras lustros de devastación forestal, contaminación del agua y del aire e imparables luchas mediáticas, el gobierno norteamericano ha cedido por fin a los constantes ataques de la prensa internacional y hace unos días envió al congreso un paquete de medidas extraordinarias que intentan resolver el grave problema del deterioro del medio ambiente.

Ante la imposibilidad de enterrar, quemar o reciclar los miles de millones de toneladas de basura que produce cada día este país, el más contaminante de la tierra, los responsables han acudido a un consejo de los más ilustres científicos para hallar una solución, y la respuesta del comité ha sido tan imaginativa como sorprendente.

Pero dejemos que sea el Dr. Will Crush Mihead, jefe del equipo de sabios, quien nos explique la propuesta con sus propias palabras:

─Hemos analizado cada una de las posibles alternativas y, tras meses de discusión, parece que hemos hallado la respuesta.

─¿Podría ser más específico, profesor? ─preguntó uno de los reporteros que llenaban la sala de prensa.

El sabio, un individuo bajito y de mirada arisca, asintió con su cabeza casi calva, se encajó los bifocales en el entrecejo y respondió:

─Han de saber que se trata de un problema enorme. Ya no hay espacio suficiente en el mundo para la basura que se genera día a día. Carecemos de la tecnología necesaria para procesarla y los tiraderos que teníamos en los países subdesarrollados están al límite de su capacidad. Por eso, hemos decidido confiar el problema a las generaciones futuras.

─¿A qué se refiere con eso, profesor? ─pregunté.

El Dr. Crush sonrió brevemente y entrecerró los ojos:

─Pues lo que ha escuchado, joven: En vista de que la única forma de viajar en el tiempo es hacia el futuro, hemos decidido enviar toda la basura a cien años de distancia de nosotros… ellos sabrán qué hacer con ella.

Dicho esto, el Dr. Crush inclinó levemente el tronco y abandonó la sala de prensa, que de pronto se llenó de gritos, exclamaciones airadas y rostros incrédulos.

© Andrés Borbón 2008

Ecology-1

Otawa, Canadá, 25 de Enero del 2020.

Tras meses de rumores, secretos a voces y spoilers malévolos, Wikipedia finalmente ha confirmado aquello que ya veíamos venir desde hace tiempo:

Una renovación completa en la estructura de la enciclopedia más grande del mundo, y el anuncio de su producto más revolucionario: FuturePedia, La Enciclopedia del Futuro.

Pero dejemos que Imgona B. Lieve, directora del proyecto, nos lo describa:

FuturePedia es, en pocas palabras, un compendio de hechos futuros.

─¿Como una novela de ciencia ficción? ─inquirió uno de los reporteros.

La señorita Lieve arrugó el rubio entrecejo y prosiguió:

─A cada evento le corresponden ciertas consecuencias, ¿cierto? ─Todos asentimos, en silencio, como si estuviéramos en la escuela─. Bueno, pues FuturePedia es capaz de calcular las consecuencias de cada evento del mundo presente y trasladarlas al futuro mediante un algoritmo que hemos desarrollado y que, además, considera todas las posibilidades alternativas.

─¿Intenta decirnos que FuturePedia es capaz de adivinar el futuro?

La señorita Lieve sonrió ligeramente, y respondió:

─En absoluto; adivinar no es un concepto adecuado. Predecir, diría yo. El cálculo de probabilidades es una ciencia, no un mito ni un asunto de chamanes.

Acto seguido, abrió el navegador de FuturePedia (que aún se encuentra en alfa privada) y oprimió un par de teclas. Ante nosotros apareció una línea de tiempo que se quebraba justo en el momento presente.

─Experimentemos un poco ─sugirió, y colocó una breve línea de texto en el recuadro destinado a ello─. ¿Qué les parece una nota falsa?

Continúo manipulando los controles y todos los presentes pudimos ver lo que había escrito: "Windows se vuelve OpenSource".

La pantalla se puso en blanco, parpadeó un par de veces y, a continuación, pudimos ver que la línea de tiempo se quebraba, adquiría ramificaciones de diverso grosor que se extendían y se curvavan sobre sí mismas como las ramas de una enredadera.

Al final, el programa emitió un silbido tenue y apareció un mensaje de texto que llenó todo el monitor.

"FuturePedia ha calculado las posibilidades de un futuro más allá de esta encrucijada en el tiempo: 0"

─¿Que significa eso? ─pregunté, intrigado.

Imgona B. Lieve arqueó las cejas y me dedicó una traviesa mirada de sus ojos intensamente verdes:

─Significa que FuturePedia no está para bromas.

© Andrés Borbón 2008

BlueEyes-1

(inspirado en un comentario de Jiff)

Atotonilco el Alto, Jalisco, 12 de Enero del 2014.

Hoy se ha celebrado la más reciente reunión del Comité Omnisciente Pro-Registro Obligatorio (COPRO), una organización que promueve el registro de los recuerdos de acuerdo a las leyes imperantes del Copyright.

En esta ocasión, le ha tocado el turno a la música.

Tras horas de discusión y acalorados debates, se ha aprobado la resolución por los asistentes y el comunicado de prensa ha quedado como sigue:

El COPRO, amparado por las legislaciones que protegen la propiedad intelectual de los artistas de la música, ha concluido que:

  1. La música es un bien sujeto a las leyes de copyright.

  2. Todo aquél que posea un recuerdo total o parcial de una pieza musical, deberá pagar impuestos por dicho bien.

  3. Se prohibe expresamente la transmisión de los recuerdos musicales entre particulares.

  4. Sólo es legal la evocación del recuerdo musical para uso personal.

  5. Los poseedores de un recuerdo musical se comprometen a no modificarlo.

  6. Todo aquél que obtenga un beneficio económico derivado de sus recuerdos musicales, deberá ponerse en contacto con el COPRO para el cálculo de los impuestos correspondientes.

  7. Los particulares que sean requeridos para ello se comprometen a declarar, bajo protesta de decir la verdad, todos sus recuerdos musicales y, si así se les requiere, deberán presentar los documentos que certifiquen la adquisición de los mismos.

  8. Si el COPRO lo estima pertinente, y previo dictamen judicial, el poseedor de un recuerdo musical no autorizado será sometido a la limpieza de los recuerdos asociados al bien ilícitamente adquirido.

© Andrés Borbón 2008

(Cuento).

Hace años que las vengo tomando. Es un asunto sencillo: Conectarse al ordenador, dar doble click sobre el recuerdo, elegir la potencia óptima del fármaco, tragar la pastilla púrpura y listo… el recuerdo desagradable se va como por arte de magia.

Pero hoy las cosas han salido mal.

Cuando me levanté de la silla y dejé el casco neuronal sobre el soporte, me acometió una vaga sensación de vacío justo en el centro del pecho, como si me faltara una víscera, ni más ni menos.

Caminé hasta la cocina para beber un vaso de agua y hallé a una bellísima mujer limpiando la mesa. Al verme, sonrió y le correspondí, pero debió advertir mi gesto azorado, pues dijo:

─No me recuerdas, ¿verdad?

Moví la cabeza negativamente. Sus ojos eran los más hermosos que he visto jamás y me sorprendió lo bien que le quedaban aquellos ajustados jeans desteñidos.

Hizo un gesto de fastidio:

─¡Me has vuelto a borrar!

Abrí la boca como para decir algo, pero de mis labios no emergió el menor sonido.

─¡Es la tercera vez! Y lo peor de todo es que jamás haces respaldos.

─Pero… ─alcancé a decir antes de que ella me interrumpiera:

─No importa, querido; si todo sale bien, volverás a enamorarte de mi.

California, 4 de Marzo del 2014

Google, la compañía líder en publicidad online, ha anunciado esta tarde el lanzamiento de su nuevo servicio: Google AdTrends.

─Era cosa de tiempo para que viéramos algo así ─declaró Iam Gross, director del nuevo proyecto, batiendo palmas como si fuera un niño─. Ahora nadie tendrá pretextos para no comprar en línea ─remató.

Y es que AdTrends pretende ser una renovación completa del concepto AdSense, que tuvo su boom hace un lustro pero que se ha quedado corto frente a sus imitadores.

AdTrends es un concepto de publicidad online que pretende nada más y nada menos que mostrar al cliente sólo aquellos productos que comprará.

¿Cómo lo hace?

Gross nos lo explica:

─Llevamos un registro informatizado del balance de crédito en las tarjetas del cliente, sus compras previas, sus necesidades actuales, sus costumbres de navegación, sus preferencias sexuales, el monto de sus ingresos y, por supuesto, cruzamos toda esta información con aquella que es pertinente, como la fecha del cumpleaños de su esposa(o), hijos, padres, amigos, etc.

─¿Podría ponernos un ejemplo, Sr. Gross? ─pregunté.

─¡Con gusto! Venga para acá ─chilló, dando saltos de felicidad.

A continuación, fui conducido hasta una terminal de computadora y Gross me pidió que visitara uno de los sitios de prueba. Una vez ahí, pude ver que la publicidad contextual anunciaba flores. Continúe navegando y, en lugar de las flores, había mensajes tales como: “Sabe que debería comprarlas”. Y más adelante: “La cuenta del bar en la cena de ayer con sus amigos fue excesiva, ella estará molesta”. Sorprendido, miré a Gross, quien se encogió de hombros.

─Continúe ─sugirió, con una sonrisa cómplice.

Poco después, el sistema de publicidad me había demostrado que en otras ocasiones había comprado flores, que habían dado buenos resultados (cero devoluciones, quejas o transacciones extra), que ella misma (mi esposa) solía comprarlas, que el monto de mi crédito me lo permitía y hasta me sugirió algunos mensajes para poner en la tarjeta.

Compré un gran ramo de rosas rojas con una tarjeta personalizada. El envío llegó a casa mucho antes que yo. Cuando abrí la puerta del frente la encontré esperándome con una copa de vino, velas y una gran sonrisa que presagiaba sólo cosas buenas.

© Andrés Borbón 2008

Parecía algo imposible, un burdo ejemplo de ciencia ficción barata, pero científicos de la Universidad del Kilimanjaro han descubierto las primeras evidencias de una forma de vida que se alimenta de información digital.

El profesor Pleese Hire-Me, criptozoólgo de la casa de estudios antes mencionada, nos explica:

“Sabíamos desde hace tiempo que la información corrupta y cierta especie microscópica no identificada hasta entonces compartían un nicho en común. Al principio, pensamos que era una coincidencia. Sin embargo, estudios posteriores confirmaron que el microorganismo estaba, de hecho, alimentándose de la información”.

“Nos llevó años confirmarlo, pero ahora podemos decir que la bacteria iBacterium bitophaguensis es el primer organismo vivo que se alimenta de bits.” “¿Increíble? ¡En absoluto!”

Continúa:

“La transición entre unos y ceros produce oscilaciones casi imperceptibles del espacio-tiempo. Dichos fenómenos liberan cantidades mínimas de energía que son aprovechadas por iBacterium bitophaguensis. Como efecto colateral, parte de la información se corrompe y aparecen errores en los programas, en las comunicaciones a través de la red y en sistemas de almacenamiento digital”

Uno de los asistentes, preguntó: ¿Hay cura, profesor?

A lo que Hire-Me respondió, moviendo la cabeza de un lado a otro, apesadumbrado:

“El microorganismo se está reproduciendo a tal velocidad que la única solución es volver cuanto antes al lápiz y al papel”.

© Andrés Borbón 2008

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