TecnoFicción

Crónica de un hombre afortunado

by Andrés Borbón on 27 June, 2012

in TecnoFicción

como se nos va la vida

Entras a tu casa después de un día de trabajo agotador…

Comes, tal vez bebas algo (whisky, si tienes suerte) mientras cuentas los incidentes de la jornada a tu esposa, a tu familia directa o a la pared. Luego, tal vez hagas algo de ejercicio (si no lo has hecho por la mañana) o mejor te tumbas flácido como una gelatina frente al televisor para ver el partido de beisbol, o de futbol, o de básquetbol… hay mucho de dónde elegir. Si tienes suerte, alguien te acompañará, y si tienes aún más suerte, verás algo que les guste a ambos.

Acompañado o solo, y cuando el control remoto se te haya caído ya dos o tres veces de la mano, te vas a la cama para soñar cosas que probablemente no podrás contar porque las has olvidado, o porque te avergonzarían.

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El gato de sal (Cuento)

by Andrés Borbón on 24 August, 2010

in Literatura, TecnoFicción

gato-de-sal

Comparto con ustedes este cuento, producto de una noche de insomnio en la que cerraba los ojos y las imágenes venían tan claras y las palabras tan exigentes que me vi obligado a ponerlas en el papel. Cuando terminé el cuento, dormí como un bebé.

Espero les guste…

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Los espejos y sus habitantes (cuento)

by Andrés Borbón on 23 August, 2009

in Literatura, TecnoFicción

Tras percatarme de que la entrada que recién he publicado sobre el miedo a los espejos ha desatado una interesante polémica que ha ido más allá de los límites de lo real (era inevitable), recordé este pequeño cuento que escribí hará cosa de 6 años (tal vez más) y que ha estado arrumbado todo este tiempo en el disco duro de mi computadora.

Ojalá les guste

mirror

Los espejos y sus habitantes

por Andrés Borbón

En un libro (cuyo autor pretendía el olvido escribiendo cosas de memoria) se afirma que, hace mucho tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Un poderoso mago, tras una guerra fraticida que casi destruye ambos reinos, redujo a los habitantes de los espejos a la infamante condición de mimos, condenándolos a repetir los movimientos de los que se asomaran a ellos.

El escritor, maliciosamente, omite la enumeración de los límites del reino cautivo. Baste decir que el poder de los espejos se extiende a los cuerpos de agua encerrada y, parcialmente, a los cristales y piedras cuyo pulimento les concede la propiedad de reflejar la luz.

Apresados en sus celdas especulares, los esclavos son capaces de viajar con la velocidad del pensamiento, de espejo en espejo, y deben seguir a sus reflejados por los confines de la tierra… Suelen adquirir los rasgos de éstos y reproducen con habilidad cualquier cambio en la expresión del otro rostro. Ríen, lloran, se maquillan, se llenan de viruelas, arrugas y cicatrices. Todo con una simultaneidad que engaña al ojo más entrenado.

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Reimplante de brazo casero

by Andrés Borbón on 11 May, 2009

in Cómico, TecnoFicción

El tipo de la fotografía fue víctima de un ataque zombie, pero en lugar de que le comieran el cerebro (una asquerosa costumbre de los zombies), terminó con un brazo de menos y, presto, fue al Centro de Salud más cercano (con su brazo bajo el otro brazo) donde el médico pasante de medicina en servicio social lo dejó como nuevo. Como no había suturas, usó (inteligente él), los cordones de sus zapatos y como carecía de los materiales adecuados para soldar nervios, tendones, músculos y articulaciones deshechas, empleó UHU, que nunca falla.

El paciente se recupera satisfactoriamente bajo el cercano cuidado del mencionado pasante de medicina. Sin embargo, los últimos días han sido difíciles dado que el paciente (evidentemente infectado por la perniciosa baba zombie), intenta morder al médico cada vez que éste se acerca a revisar el progreso de la intervención.

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La muñeca ciempiés

by Andrés Borbón on 23 February, 2009

in TecnoFicción

muneca-cienpies

Una muñeca que podría poblar las peores pesadillas de cualquiera. No sé a quién se le ocurrió montar esta serie de brazos y piernas en serie, pero seguramente consiguió el efecto que deseaba: Agregar un monstruo más al enorme bestiario de seres horrendos que ya existe.

Habría que inventarle una mitología, un origen y un propósito, ¿no?

Por lo pronto, yo propongo que coma carne humana, que sea completamente muda, que sus ojos brillen de color azul bajo la luz de la Luna, que sus dientes muerdan a su víctima tan lentamente que jamás aparezca el dolor y que lo único capaz de matarla sea la curiosa coincidencia de una palabra dicha al mismo tiempo por dos personas destinadas a enamorarse pero que jamás se conocerán.

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Cómo escribir el post perfecto

by Andrés Borbón on 5 December, 2008

in Literatura, TecnoFicción

PerfecciónPara escribir el post perfecto hay que estar en un estado de ánimo especial y debes prepararlo con días (o semanas) de anticipación

Levántate hasta que las sábanas sean un peso insoportable y date un baño de, al menos, media hora. Así asegurarás que tu mente está completamente despierta y tu cuerpo preparado para el esfuerzo que le espera. Si acostumbras hacer ejercicio por la mañana contente, ya que no se trata de gastar la pólvora en infiernitos.

Si vives solo, mejor. Si no, aíslate a piedra y lodo en tu habitación.

Enciende la computadora y ponte a navegar al azar. Mira unos cuantos videos de YouTube, responde el correo electrónico y chatea, pero no demasiado.

Después, aíslate dentro de ti mismo. Despójate de tu ropa, adopta una posición fetal y comienza a mecerte de adelante hacia atrás (no de un lado a otro, esto es importante), mientras tu mente vaga libremente.

Sé cauteloso y enciende la calefacción, no vaya a ser que pesques una neumonía.

La idea vendrá, pero no saltes de inmediato a la computadora. Recuerda que el demonio tienta a los impacientes y los hace quedar en ridículo.

Toma la idea entre tus manos imaginarias, dale vuelta, amásala, dibújale colores con tus dedos en la superficie, sopésala, aplícale el oído y comenzarás a escuchar lo que tiene que decirte.

Cuando estés seguro de que la idea está a punto y que has analizado cada una de sus infinitas facetas, haz una búsqueda en Google y cuando confirmes que esa misma idea ya se le ha ocurrido a alguien más, saca cuidadosamente el revólver que tienes en el cajón de tu escritorio, encañónate la boca y grita tu nombre mientras disparas.

El dibujo púrpura que tu cerebro dejará en la pared es lo más original que habrías podido hacer en la vida, eso es seguro.

© Andrés Borbón 2008

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Afrodita

by Andrés Borbón on 2 April, 2008

in Literatura, TecnoFicción

Chica Robot-1

(CUENTO)

Aquella mañana le dije a mi asistente personal que no me pasara una sola llamada. Estaba preparando una reunión con algunos de nuestros clientes más importantes para hablarles sobre nuestro último producto, en el cual teníamos depositadas todas nuestras esperanzas. Se trataba, precisamente, del programa al que le acababa de pedir que no me pasara llamadas, el cual tenía el nombre en clave de Afrodita.

Lo realmente novedoso en ésta pequeña joya de software era que el usuario podía generar una personalidad eligiendo uno de los miles de códigos disponibles. Lo más interesante es que dichas personalidades eran reales, y que correspondían a personas vivas, pues habían sido transferidas a nuestro repositorio con el consentimiento de sus dueños. Tenía un par de semanas trabajando con mi asistente personal, una chica robot de cabello rubio para la cual había elegido el código de una secretaria inglesa de mediana edad, soltera y sin hijos. Desde entonces habíamos trabajado juntos y, para ser honesto, no tenía una sola queja de ella a no ser porque, de vez en cuando, se irritaba un poco cuando le daba órdenes contradictorias o levantaba la voz más de lo necesario, pero eso es comprensible.

Me encontraba trabajando en la presentación para los clientes cuando sonó el teléfono. Molesto, levanté el auricular y escuché la voz de mi asistente, quien me recordó que estaba atrasado en el pago del auto. Le respondí, furioso, que ya me encargaría de ello después y que, por favor, no me interrumpiera a menos que fuera un asunto de vida o muerte. Afrodita guardó silencio unos instantes y, finalmente, dijo: Sí, señor, como usted ordene. Me pareció notar un ligero tono de resentimiento en su voz, pero no le di importancia, pues tenía cosas más urgentes en que pensar.

Estaba logrando algún avance en la presentación cuando escuché el sonido de unos nudillos en la puerta. Dije "¡Adelante!" y, poco después, entró Afrodita con la cabeza baja y el cabello desarreglado. Cuando levantó el rostro, advertí que tenía los ojos enrojecidos, y que le escurrían dos ríos de lágrimas por las mejillas. Jamás había visto a un robot llorar, y le pregunté qué le pasaba. Por toda respuesta, Afrodita me entregó un sobre y corrió hacia la ventana, rompiéndola en mil pedazos. Unos segundos después, escuché el sordo ruido de su cuerpo estrellándose contra el pavimento, seis pisos más abajo.

En la nota suicida, Afrodita decía que se había enamorado de mí, y que terminaba con su vida porque no se creía capaz de tolerar mi rechazo.

© Andrés Borbón 2008

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Intercambio

by Andrés Borbón on 26 March, 2008

in Literatura, TecnoFicción

(Cuento)

No creo que haya muchas personas que tengan la oportunidad de asistir a su propio entierro, de mezclarse entre los dolientes y de escuchar el discurso del sacerdote sobre uno mismo. Cuando bajaron el ataúd, sentí un gran consuelo y tuve la certeza de que en verdad iba a salirme con la mía, de que nadie sospecharía nada.

Cuando abracé a mi mujer para darle el pésame, ella me miró a los ojos y, por un momento, tuve la sensación de que me había reconocido. Su mirada se clavó en mí y arrugó el ceño. Abrió la boca como para decirme algo, pero de sus labios no brotó el menor sonido. Por fortuna, alguien más reclamó su presencia y se alejó, no sin antes dedicarme un último vistazo. ¿Me había reconocido?

La tarde anterior, le pedí a mi mejor amigo que nos reuniéramos en mi laboratorio con el pretexto de mostrarle uno de mis más recientes inventos: El transductor de conciencia. Se trataba de un pequeño aparato con dos cascos que, presumiblemente, sería capaz de transmitir ciertas sensaciones de una persona a otra. Sin embargo, lo había modificado y aquél día el transductor haría algo más.

Hernán (mi amigo) era el sujeto perfecto: Vivía solo y no tenía muchos amigos ni familiares. Además, era joven y se encontraba en perfecto estado de salud, Yo, en cambio, estaba muriendo. Los médicos me habían dado sólo unas semanas de vida y el tiempo apremiaba.

Unos minutos antes de que llegara Hernán al laboratorio, bebí un potente veneno y escribí la nota suicida. Poco después, ambos teníamos los cascos puestos y programé el aparato con dedos temblorosos, pues el veneno comenzaba a hacer efecto.

Todo sucedió en pocos minutos: De pronto, yo estaba en el cuerpo de mi amigo y éste moría por el efecto del veneno, entre convulsiones y gritos ahogados. Lo demás fue sencillo: Llamé a la policía, respondí unas cuantas preguntas y salí del laboratorio rumbo a mi nueva vida.

© Andrés Borbón 2008

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