Anécdotas

El origen del miedo

by Andrés Borbón on 15 November, 2013

in Anécdotas, Flashbacks

miedo

Recuerdo que en aquella época vivíamos en el horno y el congelador que es Reynosa, Tamaulipas, y que estábamos mis hermanos y yo jugando en el jardín cuando, sin previo aviso (evidentemente), vimos entrar una serpiente a través de la reja.

Era grande, poco menos de un metro de largo y se movía a gran velocidad, de costado, sinuosamente, haciendo eses.

Lo que mejor recuerdo, pues se detuvo un instante, es su color: amarilla clara con cintas negras, longitudinales.

Mi madre estaba ahí, creo que regando las plantas, y ha soltado tal grito que despertó en mí un pánico intenso, gigantesco, cuando la aparición misma de la víbora no lo había provocado.

Tendría yo unos cinco o seis años, y fue la primera vez que en mi memoria aparece el miedo, el terror.

Se pasaron el día entero revisando la casa, moviendo muebles, revisando cada rincón, pero no hallaron nada: Ni rastro de la célebre serpiente aquella.

Por la noche, a la hora de dormir, miré hacia la ventana y vi un hueco en el cristal provocado aquella misma tarde por mi hermano o por mí mientras jugábamos beisbol.

Como no lo habían reparado aún (probablemente lo harían al día siguiente), pensé que la víbora, rondando cobijada por la noche alrededor de la casa, podría hallar ese hueco, erguirse como lo hacen las cobras y, entrando en la recámara, darnos muerte a mi hermano y a mí.

Temí como nunca antes lo había hecho en mi vida, y doy gracias a la incontrolable somnolencia infantil que, a pesar de todo, me rindió, hundiéndome en la seguridad de la inconsciencia.

No me quedó del evento un temor irracional a las serpientes, como les pasa a otras personas, pero sí el nítido recuerdo de una sensación inédita en mi vida: el Miedo que lo arrasa todo, que congela el alma y hasta el corazón.

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¿Dónde quedó el gatito?

by Andrés Borbón on 11 November, 2013

in Anécdotas, Flashbacks

el gato

Solía tener un gato gris plomo con ojos amarillos y carácter violento, aunque solidario y leal, que pasaba largas horas viéndolo leer o escribir y que adoraba, como la mayoría de los gatos, el atún y las sardinas.

Leonardo (ese era el nombre del gato, no del amo) tenía también un espíritu aventurero, pero un pésimo sentido de la orientación, algo inusual en estos animalitos, así que el primer día que logró escapar de casa saltando a través de una angosta rendija a una altura de cinco pisos, no consiguió regresar y ahí estaba su amo al día siguiente buscándolo por cielo, mar y tierra hasta que, por puro azar, logró dar con él en una colonia aledaña.

La segunda vez fue más complicada: Huyó hacia una zona más lejana y fue cosa de pura suerte haber ido ahí a buscarlo, pero al silbar como solía hacerlo (el amo, no el gato), su dueño lo atrajo y no volvió a escapar más. No porque Leonardo hubiese escarmentado y se le hubieran calmado las ansias aventureras, sino porque el dueño mandó cubrir la rendija y ya no hubo manera para el gato de seguir conociendo el mundo, de recorrer rumbos distintos y tuvo que resignarse a morar dentro de su casa. Se soñaba tigre, pero al fin tuvo que admitir que no era sino un gato doméstico demasiado mimado y un pésimo explorador.

Poco le duró el gusto al dueño y amigo de Leonardo pues, un día, al regresar del trabajo, lo encontró inmóvil en su cama, con los ojos cerrados que no abriría más para dejar ver esos intensos y sorprendentes iris amarillos.

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Vivir después de la muerte

by Andrés Borbón on 9 November, 2013

in Anécdotas, Correr

running

Siempre supo que la muerte era solo un paso, una etapa, un escalón.

Cuando le llegó el momento y esa arteria al corazón quedó obstruida para siempre, no le quedó más remedio que aceptar lo que vendría: La muerte, el duelo, el sepelio y la oscuridad.

Nunca se imaginó que fuese tan largo el camino pero, al fin, vio la luz.

Otros han tenido más años, pero a él le tocó un destino diferente. Estaba viviendo (si puede permitirse la palabra) cosas que, en rigor, no le correspondían. Tuvo que someterse a infinidad de tratamientos antes de comprender que la fantasmogoría no libera a nadie de los achaques.

Lo primero que hizo con su reparado ser incorpóreo, fue realizar un  recorrido por Central Park… No fue tan grandioso como lo soñó alguna vez y, al día  siguiente, se conformó con un circuito en Moroleón, a cientos de millas de distancia.

De ahí en adelante, se  dio cuenta paulatinamente que era un atleta nato y corrió en Estocolmo, en Budapest, en Pittsburgh, en Miami, en Guatemala, en Nueva York, en San Francisco, en Atlanta, en París, en Múnich, en Vancouver, en decenas de ciudades de México… aunque nada igualó su diario recorrido de diez kilómetros por Arboledas, Atizapán de Zaragoza.

Las viejas costumbres son difíciles de eliminar, y esos senderos de tierra que en época de lluvias se transformaban en asombrosos lodazales valían totalmente la pena, eran la sal de la vida, aún en la muerte .

Una lástima que un error de cálculo, de previsión, de prospección, lo hayan privado para siempre de recorrer en vida los privilegiados y entrañables senderos de su juventud, de sus inicios, de su biografía como corredor.

La tragedia del fantasma que corre es que la fatiga y el cansancio jamás llegan… una desgracia irreparable.

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El primer café de la mañana

by Andrés Borbón on 7 November, 2013

in Anécdotas, Correr

cafe recien hecho

En días pasados estuvo haciendo un frío tremendo, por lo menos para esta época del año.

Y también resulta que estuve saliendo a correr muy temprano, bajo un cielo encapotado e, incluso, con una ligera llovizna golpeándome el rostro.

No acostumbro a beber café antes de correr por las mañanas, ya que ello me provoca vergonzosas incomodidades digestivas, así que debo despertar y ejercitarme con el organismo libre de cafeína, lo cual es una lástima ya que el café es un buen estimulante y alerta a mi sistema nervioso para el esfuerzo.

También es un buen remedio contra el frío, pero he de sortear estas difíciles horas con un té de yerbabuena y paciencia, mientras reviso el correo electrónico y espero a que mi cuerpo despierte por completo.

No pocas veces, mientras corro y el frío aprieta entumeciéndome las puntas de los dedos, mi mente vaga e imagino en todo detalle una taza de café humeante, cargado y aromático.

No es raro que esa fantasía me haga acelerar el paso para llegar antes a casa y disfrutar mi merecida recompensa: Una taza de café a cambio de doce kilómetros  me parece un intercambio justo, a condición de que el café y la carrera estén a la altura.

Soy un gran aficionado al café, especialmente al espresso (tengo una máquina para tal efecto) o el elaborado usando una prensa francesa, pero no bebo más de dos o tres tazas en todo el día. Ocasionalmente supero esta cantidad, pero no es algo frecuente y debo ser cuidadoso porque el insomnio acecha.

De vez en cuando me conformo con una sola taza, pero es algo excepcional. El hilo que conecta mi carrera diaria con la imaginación y un café recién hecho puede parecer tenue, frágil, pero lo he puesto a prueba innumerables veces y resiste las tijeras más afiladas.

(Imagen: Café recién hecho via Shutterbox)

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Una historia triste

by Andrés Borbón on 5 November, 2013

in Anécdotas, Flashbacks

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Me habría gustado tener otro tipo de historia qué contar, pero ahora mismo no se me vienen a la memoria sino hechos desafortunados, esperanzas torcidas por la desgracia y finales donde las lágrimas y la tristeza se hermanan, se reúnen, se vuelven una sola cosa.

Lo que voy a relatar es breve; no llevará mucho tiempo leerlo y hasta puede que el infortunio que le atribuyo sólo exista para mí.

A veces pasa así: El sollozo propio se altera mágicamente en el corto trayecto de la boca al oído, o de la letra al ojo y termina siendo la alegría del otro, de todos menos de uno.

Sucedió hace muchos años. Muchos para mí, al menos.

Los personajes son tres: Una dama rubia, Dios y un servidor. Curioso reparto, ¿eh?

La dama rubia olía a sándalo cuando no a cigarro, lo mismo que yo (por lo del cigarro, digo). Hubo algo entre nosotros que me atrevería a calificar de amor, si no fuese porque nunca supe realmente lo que pasaba por su cabeza.

Yo estaba enamorado, al menos. El tercer personaje, Dios, desgraciadamente no parecía muy de acuerdo con una unión de tan distantes proporciones.

Nos besamos adolescentemente una sola vez y luego intervino Él con las peores intenciones. No sé si se deba al prolongado celibato del ser celestial, a su incapacidad para hallar una mujer a su altura o a la soledad que le impone la convivencia con tantos seres inferiores, pero el resultado es que su caso de personalidad múltiple, como le llamaban antes, no hizo sino empeorar las cosas y sacó lo peor de sí cuando le aconsejó a mi rubia a través de uno de sus vicarios que me dejara.

Ella obedeció al instante, y el primer beso fue el último.

(Imagen Heart shaped rock, broken down the middle via Shutterstock)

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Eduardo Chimely

by Andrés Borbón on 4 November, 2013

in Anécdotas, Flashbacks

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Jamás conocí a Eduardo Chimely y no estoy seguro de haberlo deseado. Era una voz sin forma que brotaba del viejo radio de mis abuelos… y cuando digo viejo no exagero: Un modelo de principios de los 70 cuando no el de los sesenta que tenía mi abuelo en su taller.

Todos los días, después de comer (casi con precisión militar), escuchábamos el famoso programa (en Guadalajara, al menos) titulado: “Chimely dice”.

Hasta varios años después de terminar la universidad, pasaba las vacaciones con mis abuelos, que me ofrecían un refugio tranquilo para leer todo el día, para seguir una rutina que me llenaba de certeza y de seguridad… y para escuchar a Chimely, cuyo programa fascinaba a mi abuelo, sobre todo.

Era un programa de corte noticioso enfocado en la nota roja de la cada vez más grande y problemática ciudad de Guadalajara, y el estilo directo, sin ambigüedades y, ¿por qué no decirlo? valiente de este locutor cambió la forma de reportar el crimen, al menos en aquella mi ciudad natal.

Además de fundar la revista “Ajedrez Político”, escribió una columna durante largo tiempo en El diario de Guadalajara y fue el corresponsal en esta ciudad del diario Excélsior, uno de los más importantes del país, por cerca de 24 años.

Pero lo que catapultó a Chimely a la fama fue su programa “Chimely dice” en la estación “Radio Ranchito” y que se transmitió por más de 22 años consecutivos.

Lo escuché cientos de veces, con mi abuela, mi abuelo y yo pegados al radio instalado sobre la mesa de la cocina: Todos escuchando, todos pendientes, todos imaginando las cruentas escenas que pintaba el locutor con estilo ágil y dramático.

Tan poca información hay sobre este hombre (y tanto me alejé de Guadalajara tras la muerte de mis abuelos) que me acabo de enterar que murió a los 75 años, en 1999, y que trabajó incansablemente hasta el final, a pesar de haber sufrido tres infartos por ninguno de los cuales consintió en internarse.

Y también recuerdo la frase con la que terminaba cada uno de sus programas: “ ¡Y recuerden!: El hombre es el arquitecto de su propio destino”.

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¿Correr descalzo?

by Andrés Borbón on 3 November, 2013

in Anécdotas, Correr

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Últimamente, he estado leyendo Born to Run, de Christopher McDougall y, aunque aún me falta un buen tercio del libro (que espero terminar hoy o mañana), hay un capítulo que me ha hecho pensar bastante.

Es aquel donde el autor reúne información –bastante información– para demostrarnos que, definitivamente, lo estamos haciendo mal, que es un terrible error pensar que a mayor amortiguación en el calzado, habrá menos lesiones entre los corredores de largas distancias.

Antes de tener mis primeros tenis con amortiguación de aire (los famosos Nike Air Pegasus), usé durante muchos años un modelo de Adidas bastante simple, apenas con una delgada capa de EVA entre la suela y el zapato, y todo iba de maravilla: mis pies estaban fuertes y me sentía absolutamente bajo control. Con esos simples zapatos logré mis mejores marcas: 38 minutos en el 10K, 1:28 en el medio maratón y 3:04 en el maratón. Al incursionar en el tortuoso mundo de la súper-amortiguación, me sentía como andando entre nubes, pero me vi envuelto en una avalancha de lesiones de las que aún quedan huellas: Tuve fascitis plantar, periostitis en la tibia, dolor crónico en los músculos peroneos, torceduras al por mayor y luego me lesioné el ligamento lateral externo de la rodilla… pero conforme mis tenis se gastaban y perdían amortiguación y soporte, comenzaba a sentirme mejor, mucho mejor.

Y eso, lo veo ahora, es porque mi pie comenzaba a tomar el control de la pisada.

Tomando en cuenta esto, y tras haber salido de una lesión que me dejó fuera de los caminos por dos largos meses (todo abril y mayo del 2013, usando unos Nike bastante caros), compré unos sencillos Adidas AT-120 con poca amortiguación (que al principio sentía como dos planchas de acero bajo mis pies). Al momento de escribir esto, y tras ajustar mi técnica de carrera, recorro entre 70 y 90 kilómetros a la semana incluyendo un medio maratón (a paso ligero, en poco menos de dos horas) el sábado o el domingo… ¡y me siento formidablemente bien!

Aunque la mayor parte de los expertos recomiendan cambiar el calzado para correr cada 500 a 800 kilómetros (los míos ya tienen 600 km de edad), hay casos extremos y anecdóticos de famosos ultramaratonistas que se mantienen libres de lesiones y cambian sus zapatos para correr ¡cada 6,000 o 6,500 kilómetros!, prácticamente hasta que estos se caen a pedazos (y los sustituyen por los más económicos que pueden hallar), y otros que han tomado un camino aún más drástico: Correr descalzos, en sandalias o con esos tenis que parecen guantes para los pies y que, probablemente, me anime a probar en un futuro no muy lejano.

Pero los ultramaratonistas de élite tal vez no sean un buen ejemplo. Estos atípicos individuos acostumbran correr de 25 a 30 (o más) kilómetros, al día, y si siguieran las recomendaciones de los fabricantes tendrían que comprar un par de tenis cada tres semanas. En mi caso, que corro unos 80 kilómetros a la semana y pretendo ir incrementando la distancia poco a poco hasta promediar 100 ó 120 kilómetros, debería cambiar los zapatos para correr cada 2 meses o menos… Un poco caro si consideramos que un par de zapatos para correr de última generación suelen costar entre 100 y 150 dólares, o más.

Nota: No es la intención de este artículo el que los corredores arrojen sus caros zapatos y se pongan a correr sin la debida protección de un día para otro. Si las cosas van bien, no deberían hacer cambios drásticos pero, si no, tal vez sea tiempo de visitar al ortopedista, al especialista en medicina del deporte o realizar algunos cambios cautelosos y bien pensados en su técnica para correr, en su peso o en el calzado… lo anterior es sólo mi experiencia personal y un breve resumen de lo que menciona el libro (en español: Nacidos para correr).

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