
He estado releyendo La Muerte de Artemio Cruz recientemente, desde que supe de la muerte de Carlos Fuentes y, obra de la fantasía o no, he hallado demasiadas similitudes. Inusuales similitudes. Perturbadoras similitudes. El deceso del intelectual mexicano se produjo en un momento crucial de la historia de México, justo cuando el PRI retomaba las riendas del gobierno en el momento preciso en que las cosas se ponían color de hormiga en los dimes y diretes que siempre se dan entre los intelectuales y la gente que está en el poder.
Pero leer la novela de Fuentes sobre la muerte de un caudillo (Artemio Cruz) me ha pacificado, curiosamente. No que me duela menos la pérdida del escritor, pero sí de que la muerte le haya llegado a buen tiempo, cuando buena parte de las tareas habían sido ya cumplidas. Sé que la brillantez que lo caracterizó siempre habría durado otros diez años, pero a fin de cuentas tuvo tiempo suficiente para decir lo que el destino puso en sus labios, sobrevivió a dos de sus hijos y aunque jamás gozó las mieles del retiro, tampoco lo buscó, aunque bien merecido se lo tenía. Así pues, Fuentes no murió prematuramente ni vimos decaer su inteligencia. Pudo habernos regalado otras notables prosas, sí, pero nada superior a lo que ya había creado.
Esta reborujada forma de entender las cosas es mi manera de lidiar con el luto de haber perdido a mi padre literario.
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