Los e-books no pueden arder

by Andrés Borbón on 26 June, 2012

in Gadgets, Literatura, Opinión

Jacqueline_Rush_Lee_book_sculpture

Leo y releo un maravilloso ensayo escrito por Tim Parks en uno de mis blogs favoritos: The New York Review of Books y el título de este texto es “E-books Can´t Burn” Que en español sería “Los e-books no pueden ser quemados” o “Los e-books no pueden arder”.

Mi cerebro, en automático, se remonta a Fahrenheit 454, del recientemente fallecido Ray Bradbury, donde el personaje principal era un bombero, pero no de los que apagan incendios, sino de quienes los provocan. Su misión era quemar libros.

Y hablando de libros quemados, no olvidemos que buena parte del conocimiento humano antiguo se perdió cuando la Biblioteca de Alejandría ardió.

Del artículo de Tim Parks, este pasaje que me ha fascinado:


Sólo la secuencia de palabras debe permanecer inviolada: Podemos cambiar todo lo que hay alrededor de un texto, pero no las palabras en sí, y el orden en el que aparecen. La experiencia literaria no descansa en ningún momento de la percepción, o en el contacto físico con un objeto material (aún menos en la “posesión” de bellas piezas maestras alineadas en nuestros libreros), sino en el movimiento de la mente a través de una secuencia de palabras que tiene un principio y un final. Más que cualquier otra forma de arte, es puro material mental, tan cercano a nuestros pensamientos. Memorizado, un poema es inevitablemente una pieza de literatura en nuestras mentes tanto como lo es en la página. Si decimos las palabras en secuencia, aún silenciosamente, sin abrir siquiera nuestras bocas, entonces hemos tenido una experiencia literaria (tal vez incluso más intensa que si leyéramos la página). Es verdad que poseer el objeto (La Guerra y la Paz o Moby Dick) y organizar este y otros clásicos de acuerdo a una cronología, o nacionalidad del autor nos puede dar una ilusión de control: Como si hubiésemos adquirido y digerido y colocado un trozo de cultura. Tal vez esto es a lo que la gente está más apegada. Pero, de hecho, todos sabemos que una vez que la secuencia de palabras ha terminado y el libro ha sido cerrado, lo que permanece realmente bajo nuestra posesión es algo muy difícil, maravillosamente difícil de precisar, una riqueza (o a veces irritación) que no tiene nada que ver con el pesado bloque de papel en nuestro librero.

El resto del ensayo de Parks es una defensa del e-book como una forma válida de contener la literatura, pues los bits y los bytes no pueden ser quemados y ocupan tan poco espacio físico que en un futuro ya no existirán libros imposibles de conseguir.

Si estamos frente a la computadora (o poseemos un lector de e-books con conexión inalámbrica), basta desear un libro, comprarlo y comenzar a leerlo en cuestión de unos pocos minutos (o segundos, en algunos casos) así sean las cuatro de la mañana y aún cuando la ubicación física del servidor que nos transmite el libro por internet diste miles de kilómetros de nosotros.

Además, los e-books suelen ser más baratos, y podemos llevar miles de ellos (incluso decenas de miles) en un aparato que pesa menos que un libro promedio, que es sumamente delgado y que solo precisa (en el caso de los lectores de tinta electrónica) que recarguemos la batería cada dos o tres semanas, aún si pasamos varias horas al día leyendo.

Pero… (siempre hay un pero) los formatos propietarios han dado al traste con esto. Los libros de Amazon solo pueden ser leídos en un Kindle o con la App correspondiente en algunos otros gadgets, pero no podemos venderlos, prestarlos (están trabajando en ello) ni mucho menos modificarlos.

Mi primer lector de e-books fue una Palm, más tarde una Pocket PC, luego salté al Sony Reader y mi actual lector es un Papyre. Los libros para Palm estaban en formato .pdb, el cual es anacrónico y pocos lectores de e-books lo leen de forma nativa. En el Pocket PC leía en formato .pdb, .lit (que Microsoft ha descartado) y .mobi, que ya casi nadie usa (pero lo soporta el Kindle). Con el Sony Reader el formato era .lrf que solo reconocen los lectores de Sony, y el Kindle usa de forma nativa el formato .azw. Además, los libros están tan llenos de candados (DRM) que resulta imposible manipularlos a nuestro antojo. A pesar de que el formato de los e-books actualmente es .epub (y ocasionalmente .pdf), nadie puede garantizarnos que continuará su reinado. De hecho, el cambio de Sony Reader a Papyre fue porque mi vetusto Sony (PRS-500, y que aún funciona), no soporta .epub y llegó un momento en que era incapaz de comprar un libro electrónico pues todas las tiendas de e-books (incluso Sony, pero no Amazon) han migrado a .epub.

¡Todos estos cambios en menos de 6 años!

Y si bien, como dice el título de este artículo, los e-books (el libro mismo, compuesto de bits) no puede ser quemado, también es posible que al cabo de un tiempo sea ilegible por el cambio en los formatos de los lectores de e-books y… ¿Quién nos dice que Amazon seguirá existiendo para siempre?

En casa, yo tengo algunos libros antiguos, de mediados del siglo XIX (uno es de 1830) y a pesar de que han transcurrido casi 200 años desde que fue impreso, es completamente legible y esos viejos libros están en tan buenas condiciones que estoy seguro durarán otros 100 años o más.

¿Alguien puede asegurar que un e-book comprado hoy será legible en 200 años?

Estoy seguro que no, que la mayoría pensamos que un e-book comprado hoy, además de tener DRM (que lo hace inaccesible a menos que seas el comprador original), no será legible ni en 20 años.

Los libros no deberían tener DRM, y habría que crear un formato que resistiera el paso del tiempo (.epub, inclusive, es un formato en constante evolución, y puede ser que en unos años los primeros libros en .epub no sean legibles por los aparatos futuros).

¿Qué hacer? Sólo los gobiernos tienen la facultad de “prohibir” la incorporación de DRM en los libros electrónicos, haciendo de esto una práctica ilegal (pues sin duda lo es). Esto nos permitirá “poseer” el libro y manipularlo (transformarlo) para que “siempre” pueda ser leído, aún si decidimos cambiar de marca de lector de e-books o la compañía que fabricó el que poseemos desaparece.

En conclusión: Los e-books no pueden ser quemados, pero sí destruidos como ya ha hecho Amazon en el pasado al “quitarles” a los usuarios del Kindle la novela 1984 de Orwell de sus aparatos sin aviso previo, o mediante la obsolescencia, el cambio de formatos o de soporte para la lectura de los mismos.

En pocas palabras, estamos viviendo (en cámara lenta) el futuro que imaginó Bradbury en la novela Fahrenheit 454. No hay mangueras que arrojen fuego a los libros, pero sí estrategias de mercado que hacen que estos sean inutilizables pasado un tiempo. Las palabras estarán ahí, pero ya no podremos leerlas.

Imagen: Jacqueline Rush Lee, Little Red Book (Devotion Series), 2008

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