
Un video realmente entretenido, con una sorpresa al final.
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Una forma gráfica (y algo incómoda) de saber la cantidad de azúcar que contienen algunos de las bebidas y alimentos que solemos comer. La fotografía de las galletas Oreo me ha impactado.
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Si decides (por la razón que sea) probar suerte en el incierto y riesgoso mundo del crimen, primero ajústate bien el cinturón. Debes, también, practicar la carrera a toda velocidad haciendo sprints con peso en las manos y, sobre todo, ubicar con anticipación la localización de las cámaras de seguridad para no aparecer en YouTube si sufres un desaguisado.
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Nota del Editor: Esta entrada fue escrita por Solange Rodríguez Pappe

El amor es esto: sentarme en la vereda de una calle, en una ciudad cualquiera, digamos Bogotá, y esperar a que pases.
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Siempre hubo libros en casa pues mi padre era un gran lector, así que el hecho de haberme aficionado a la lectura no tiene gran mérito, pues simplemente aprendí del ejemplo, de la costumbre, de los libreros llenos de volúmenes que no tenía permiso para explorar a mi aire cuando era demasiado pequeño. Por supuesto que lo hacía (las prohibiciones siempre fomentan una conducta), pero me exponía a ser castigado.
En fin, que llegó el momento en que me fue permitido abrir algunos libros, primero eran recomendaciones de mi padre, pero al tercer o cuarto libro fui a preguntarle qué debía leer a continuación y habrá estado de mal humor o le enojó mi impaciencia o habrá decidido que a los nueve años era suficientemente maduro como para elegir el rumbo de mis lecturas pero el caso es que me dijo (sin separar la vista del periódico) que leyera lo que quisiera, así que comencé a leer lo que se me antojaba. Y como ya no tenía un guía, seguí el método más absurdo, pero el más afectivo y el único que pude concebir: Elegí una repisa del librero y comencé a leer los libros que contenía de izquierda a derecha. Muchos de esos primeros libros eran de literatura policiaca, pero también los había de historia, alguna novela romántica y… Cien años de soledad, la cual leí no porque alguien me dijese que era una buena obra, sino porque era la que seguía en la hilera.
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(10 de diciembre del 2007, Rusia)
Cuando era niño, el pequeño Sergei le prometió a su abuela que crearía un elixir de inmortalidad para que ella viviese para siempre.
De adulto, Sergei comenzó a ingerir pequeñas cantidades de venenos, como cianuro de potasio. De hecho, consumía venenos diariamente para (según él) incrementar la fuerza de su cuerpo y protegerse así de la muerte. Entre sus “platillos” favoritos estaban hongos venenosos, arsénico y sales de cianuro. Invitaba a los demás a hacer lo mismo, pero no halló muchos seguidores entre sus compañeros.
Habiendo consumido venenos por años, decidió ingerir una cantidad mayor
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