Detesto escribir obituarios en el blog. Es una tarea bastante triste, pero necesaria para rendir un personal homenaje a la gente que me ha dado tanto, que ha poblado mi vida de valores que no puedo pagar, de imágenes que son imborrables o que con su presencia me han abierto caminos hacia lugares que no conocía.
Es el caso de Germán Dehesa, que a pesar de no haber sido un escritor en cuyos libros yo abrevara con frecuencia, fue alguien que impactó en mi vida con su actividad como comentarista de televisión, de radio y en sus columnas periodísticas. Hubo algún tiempo en que no me perdía, a pesar de lo avanzado de la hora, su programa nocturno de televisión, con poca audiencia pero con gran impacto. Luego lo seguí en la radio y siempre en sus columnas en el Reforma o en donde quiera que se pusiera a colgar letras, siempre inspiradoras, siempre agudas, siempre llenas de buenos consejos de lectura.
Falleció hace unos días (el 2 de septiembre) y apenas me vengo enterando. Tenía 66 años y fue el cáncer el que se lo llevó. Dejó, sin embargo, una pléyade de lectores, de radioescuchas, de televidentes que siempre bebíamos de sus palabras, de su humor sarcástico, de su encomiable voluntad de difundir el pensamiento. Incansable, siempre generoso, siempre con la palabra justa y el filo del discurso diseccionando como un bisturí hasta la situación más cotidiana. No había temas pequeños para él, y su humor era un goce para quienes lo seguimos a lo largo de tantos años.
Yo le debo mucho a Germán Dehesa. Gracias a él descubrí enormes lecturas, muchos escritores. No sólo eso: Su gran inteligencia, su cultura inabarcable y su elocuencia me allanaron el camino a ciertos temas, a miles de puntos en el firmamento de la cultura. Sus palabras, siempre inspiradoras, parecían caerle de los labios o de la punta de los dedos con toda naturalidad. Pero nada es así de sencillo en la vida y su generosidad lo hacía compartir conocimientos y reflexiones de gran altura con nosotros.
Dehesa deja un hueco enorme en el panorama literario de México. Se ha ido con sus palabras y nos deja algo huérfanos, muy tristes y añorantes de sus soñadores monólogos o de sus vibrantes intercambios con otros.
Recuerdo, sobre todo, su eterna travesía por Borges. Germán solía decir que todos los días, antes de dormir, leía siempre al gran escritor argentino. Lo admiraba, y hablaba de él con frecuencia, y comprendí mucho de Borges a través de él. Lo mismo con Sabines, con muchos otros.
Coincidí con él en varias ocasiones, siempre en librerías. Un par de veces, me acerqué a él para estrechar su mano y decirle lo mucho que admiraba su trabajo. Siempre se portó amable, siempre me regaló una sonrisa, aunque fuese un perfecto desconocido para él. En una ocasión, me atreví a enviarle un pequeño cuento que había escrito y no sólo me respondió, sino que me hizo el honor de indicar algunos errores, de regalarme un par de consejos y de señalar lo que le había gustado. Generoso, abismalmente generoso.
Se te extraña ya, Germán.
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