El señor de la luz (Lord of Light), por Roger Zelazny

by Andrés Borbón on 31 August, 2010

in Literatura, Opinión

el-señor-de-la-luz Terminé de leer El Señor de la Luz hace varios días, pero he estado procrastinando para hacer un comentario sobre él. Y es que se trata de un libro tan maravilloso que, honestamente, no sé ni por dónde comenzar.

Había leído algunas historias cortas de Zelazny pero, por alguna razón, no había abordado la que se considera su mejor novela… hasta ahora.

Es una obra portentosa, avasalladora, genial. Trata, nada menos, que de Buda. Pero no el gordo Buda sentado que nos viene a la mente cuando evocamos el nombre, sino de un Buda guerrero, que en una de sus encarnaciones se llama Mahasamatman, pero quien prefiere que quiten el “Maha” y el “atman” y que lo llamen simplemente Sam.

El principio básico en el que se basa la historia es el de la metempsícosis, o transmigración del alma, o reencarnación, como quieran llamarlo. Cada vez que Sam reencarna, es el mismo pero uno diferente, y es, al mismo tiempo, un dios y un hombre. Fue uno de los primeros, y de los últimos.

Sam es aceleracionista. Esto significa que promueve el uso de la tecnología en los hombres. Los demás dioses, comandados por Brahma, se oponen a ello, y cuando algún humano inventa la imprenta, el motor de vapor o de combustión, destruyen el invento y a su creador: Pretenden mantener a la humanidad en la ignorancia y en el atraso, para que los sigan adorando, para que necesiten de ellos, para que no se conviertan ellos mismos en dioses.

Pero no todo lo que hacen los dioses de Zelazny viene de poderes sobrenaturales. En El señor de la luz, los dioses necesitan transistores, aparatos con baterías, se les tapan los baños y requieren bombas para que circule el agua en su ciudad celestial. Tienen poderes, pero no son autosuficientes. Comen soma, beben, se engañan y se matan entre ellos.

Sam no está de acuerdo en cómo están las cosas en la Tierra. Se inclina por los hombres, pretende que avancen, que puedan curar sus enfermedades y que puedan calentarse para no morir en el invierno, pero su postura (no sólo práctica sino filosófica) se opone a la de todos los demás. Es una batalla que parece imposible, y que le otorga a este personaje su grandeza.

El libro tiene hermosos pasajes donde la filosofía es el meollo del asunto, donde Sam despierta cada vez a una realidad más grande, a una comprensión mayor de él mismo, de su misión. Emprende acciones que lo ponen en riesgo, que muchas veces lo matan, pero siempre consigue regresar, adquirir otro cuerpo, volver a intentarlo. La historia está llena de proezas, de portentos, de batallas formidables, de increíbles revelaciones que alimentan la imaginación de una forma que podría llamar flamígera. Es una lectura sencilla, pero no simple. El genio de Zelazny consigue exponer complejos y profundos conceptos del budismo y del hinduismo de forma que los lectores tengamos el plato servido. De alguna manera, este escritor fallecido tan tempranamente (a los 58 años, por cáncer colorrectal) y que era un fumador empedernido y experto en al menos nueve tipos de arte marcial, consigue unir ciencia, ficción, filosofía y una historia llena de acción en una obra que destaca no sólo por su originalidad, sino por la belleza con la que está escrito. Contiene pasajes verdaderamente hermosos, llenos de sabiduría, pero no es (en absoluto) una obra pomposa ni aburrida.

Es un libro perfecto.

Me doy de topes contra la pared por no haberlo descubierto antes. Ha sido una verdadera revelación para mí. Un punto definitivo en mi exploración del mundo de la ciencia ficción, y estoy seguro que lo será para muchos, aunque este autor de nombre tan raro no sea uno de los más leídos en la actualidad y a pesar de los muchos años que tiene este libro (fue publicado en 1967).

No es como otras obras del género que de pronto son alcanzadas por la realidad. El señor de la luz es una historia que, no importa el momento en el que nos encontremos, seguirá siendo actual, recomendable y maravillosa.

Es uno de esos libros que al terminarlos dan ganas de iniciar de nuevo la lectura, pues no depende de un final para resultar interesante, sino que se desarrolla con igual intensidad en todo momento.

Sam es un guerrero que ha optado por el camino de la paz, pero que está dispuesto a retomar las armas si es necesario. No es un héroe vacío, sino un auténtico dios, tan poderoso y tan humilde que resulta casi incomprensible. Los extremos en que se debate este personaje único están tan alejados que prácticamente lo abarca todo. Y la forma en que resuelve el gran dilema que es su credo resulta maravillosa.

La forma en que consigue alianzas, odios, envidias y muchas muertes lo hacen crecer cada vez más. Esos dioses que lo matan, en realidad están fortaleciéndolo, pues cada vez que reencarna (o que simplemente pasa a otro cuerpo) es otro distinto, pero pulido por el dolor, por la sabiduría que otorga enfrentarse a tantos obstáculos, sin ceder terreno jamás.

Sam, al final, es una alegoría de la vida de cualquier ser humano. Por eso es tan maravilloso este personaje. Aunque es poderoso, usa siempre que puede los recursos de un hombre cualquiera. Predica, piensa, llora, sueña, triunfa y fracasa constantemente. Como en la vida real, sus éxitos jamás son totales, pues tal cosa no existe en el universo. Todo triunfo trae un fracaso. Toda adquisición implica una pérdida, y cada decisión lleva consigo una renuncia.

Cuando terminé de leer este libro, que había pospuesto por tanto tiempo, tuve una sensación encontrada: Por una parte, me sentía en deuda con Zelazny por darme tanto a cambio de tan poco y, por otra, comprendí que hay otro nivel (paralelo, si se quiere) en la literatura de ciencia ficción. Un terreno que parece estar casi vacío por la enorme dificultad de sincronizar estilo, un contenido interesante y originalidad. Esto me hizo odiar un poco a Zelazny, ya que al leer El señor de la luz muchos otros libros que me parecían formidables bajaron automáticamente de categoría.

Como dije antes: No hay ganancia sin pérdida.

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RayLike October 22, 2011 at 11:25 pm

Pues ya terminé el libro, tarde mucho en acabarlo pues el autor me perdía cada ves que sacaba descripciones largas y rebuscadas para "embellecer" el relato… que mejor paraba y tardaba días en retomar dicho libro.

Definitivamente creo que no es ciencia ficción sino FANTASÍA, y aunque me gusta dicho genero también, no me gusta como relata éste autor, pero para gustos los colores.

Nota: me animé a leer éste libro después de leer los libros de Asimov de los cuales también tienes post al respecto. Ni que decir, esos si son señorones libros de ciencia ficción.

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