
Comparto con ustedes este cuento, producto de una noche de insomnio en la que cerraba los ojos y las imágenes venían tan claras y las palabras tan exigentes que me vi obligado a ponerlas en el papel. Cuando terminé el cuento, dormí como un bebé.
Espero les guste…
para Rocío, con todo mi amor.
El gato de sal vive en un mundo donde los hombres no han llegado jamás. Convive con otras fieras, pero no hay quien se le compare. Es grande, poderoso y apacible. Con frecuencia sueña el futuro y por eso no conoce la incertidumbre.
El gato de sal es de un blanco perfecto, aunque a veces el rojo mancha sus fauces y las largas agujas de sus colmillos con la sangre de sus presas. Cuando camina, es marfil en movimiento; cuando duerme, una estatua.
El gato de sal sólo teme a la lluvia. Por eso habita en el desierto, que recorre blanco sobre la blanca arena. Sus dominios son tan amplios como su vista, pero es ciego a los de su misma especie. Cuando su vida se pliega por la mitad, las pupilas del gato de sal se vuelven negras por una noche. Entonces se aparea. Acorrala a la hembra bajo la luz de la Luna y ambos brillan por un instante irrepetible.
Cuando llega el último día de su vida, el gato de sal camina hasta un lago con orillas tan blancas como él. Se zambulle, nada, se disuelve y nada.
Andrés Borbón, agosto del 2010.
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