Hace no tanto tiempo, era una costumbre más o menos extendida la de fotografiar a los cadáveres en los velorios, que en muchas ocasiones solían celebrarse en la casa misma de los difuntos. No siempre estaban en un ataúd. A veces, los tendían sobre la mesa y colocaban cirios en las esquinas y flores alrededor.
Entonces el fotógrafo hacía su trabajo.
Una de las experiencias más traumáticas de mi infancia fue cuando mi abuela decidió enseñarme su colección de fotografías (tenía un baúl lleno de ellas) y de pronto me dice: Estos son tus bisabuelos. Eran fotografías de sus velorios, y estaban tendidos en una mesa (imagino que la del comedor) con sus mejores galas pero bien muertos y pálidos como… bueno, como muertos.
Han pasado los años, pero nunca he entendido esta costumbre de preservar la fotografía de un cadáver.
(continúa tras el salto)
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