No voy a mentir: Me encantaría tener un tapete como este, hecho de suaves cojincillos de tela que simulan ser cantos rodados, de esos que hay en los ríos.
Y me gustaría aún más ver la cara de algún incauto despertándose por la mañana para encontrarse con que, a un costado de su cama, hay una alfombrilla de estas.
Lástima que el precio sea tan elevado: 500 dólares es demasiado, pero como este blog es visitado por uno que otro potentado (aunque el autor sea pobrísimo), pues con suerte alguien lo compra y nos cuenta qué se siente poseerlo (y usarlo, obviamente).
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