Uno de mis ídolos blogueriles es Seth Godin. Su blog se remonta al 2002 y es uno de los más leídos del mundo. Pero no es eso lo que me impresiona de Godin, sino su visión, la calidad de todas y cada una de sus entradas.
Recientemente escribió un artículo que me pareció algo tonto cuando lo comencé a leer. Habla de dos chicas vendiendo limonada. Digo que mi primera impresión fue que se trataba de una tontería, pero al seguir leyendo comencé a comprender. Y vaya que el mensaje de Godin no es simple (y mucho menos tonto).
Les recomiendo que lean la entrada de Godin si se les facilita el inglés. Si no, en resumidas cuentas trata de dos niñas veniendo limonada. Una de ellas vende su limonada a 1 dólar el vaso, y la segunda regala su limonada, pero tiene una enorme jarra para que la gente deposite una propina si así lo desea.
¿Encuentran alguna analogía con el mundo tecnológico? Yo sí: Microsoft – Google.
La chica que regala su limonada, pone un enorme empeño en hacerla bien. Conversa todo el tiempo con el cliente y es encantadora, vivaz y divertida. Pone especial cuidado en todo: Los hielos, la rebanada de limón en el borde del vaso, una que otra recomendación sobre la cantidad de azúcar que hay que ponerle para que sepa sabrosa y el cliente queda encantado: Deposita 5 dólares en la jarra y, aún así, siente que el precio ha sido justo por una experiencia tan agradable.
Habrá muchos que tomen el vaso de limonada y se vayan sin dejar nada en la jarra de las propinas, pero la chica no está vendiendo realmente la limonada, sino una experiencia, un entorno, su encanto y su esmero por hacer que el cliente se vaya satisfecho.
La pregunta que se hace Godin al final es: ¿Cuál de estas empresarias tendrá más éxito?
Y un poco después de haber posteado la entrada, una mujer le envió a Godin una foto de su hija haciendo exactamente lo que él había imaginado en el post. Y la mujer le dijo que la chica había hecho una fortuna regalando limonada.
Lo anterior es, en resumidas cuentas, la nueva estrategia de mercadeo: El bien no importa. Lo que importa es el servicio, el entorno, la experiencia.
Aplicado a los blogs: No importa los temas que trates. La gente no viene solo en busca de información. Los lectores vienen en busca de un entorno, de un servicio, de un ambiente cálido que cambie sus vidas, que le de significado a los minutos que pasan en tu sitio web. No hay necesidad de esforzarse poniendo todos los detalles de una noticia, un producto o un evento. Hay que esforzarse (y esto es aún más difícil) en conectarse con la gente, en ofrecer un espacio donde se sientan cómodos.
Una pequeña anécdota personal, que me parece viene al caso:
Hace unos años, ayudé a un campesino que tenía un problema, y lo hice absolutamente gratis. Su nombre es Simón. Bueno, Don Simón estaba agradecidísimo conmigo porque no le cobré un centavo y estuve ayudándolo durante meses. Un día, Don Simón llega y me dice que me invita a comer a su casa. Acepté de inmediato y al día siguiente fui a donde vivía. Era una pequeña casucha de madera con suelo de tierra, pero su mujer tenía el lugar impecable. Estuvimos conversando y me ofreció un vaso de pulque que recién había hecho. Estaba fresco, delicioso, perfecto. Mientras platicábamos, su esposa, una señora de lo más amable, risueña y dicharachera, hacía tortillas a mano y cocía a la leña unos jitomates para la salsa, que después molió en el molcajete con una serie de ingredientes que me pareció excesiva. Luego, con gran ceremonia, sacó un gran trozo de carne y lo puso a las brasas. El olor era maravilloso, y comenzó a tronarme el estómago de hambre, lo cual le dio un gusto enorme a Don Simón.
Cuando llegó el momento de sentarnos a la mesa (la mujer la había dejado primorosa, a pesar de que se trataba de unas cuantas cajas de madera con un mantel encima), éramos unas cinco personas y, para mi sorpresa, el gran pedazo de carne era para mí. Eran tan pobres que no podían comprar carne para todos. Yo me quedé tieso y le dije a Don Simón que no me comería esa carne solo. Tras discutir unos instantes, partí aquella delicia en cinco trozos y puse uno en cada plato. Las tortillas eran una exquisitez y la salsa… ¡la salsa! Aquello era como estar en el cielo. Todo el mundo reía, comía, bromeaba, bebía aquél curado de fresa y, al final, la esposa nos sirvió un pan dulce hecho en un horno de leña que Don Simón había construido con sus propias manos.
Cuando se hizo tarde y me despedí, comencé a caminar rumbo a mi casa por un sendero al borde de un pequeño río donde crecían unas flores de color azul que jamás olvidaré, y me di cuenta que aquella era la mejor comida que había probado en toda mi vida… y lo sigue siendo.
Repasando aquellos eventos, me doy cuenta que probablemente lo que me hace recordar aquella comida con tanto placer no fueron los ingredientes de la salsa, ni las tortillas, ni la carne: La clave está en el ambiente, en la calidez, en la felicidad que se respiraba en aquella casa tan humilde, y la sensación de ser bien recibido, de estar sentado junto a personas a quienes les importaba mi presencia.



