
La moda y yo estamos peleados. No me interesa y yo no le intereso a ella. A duras penas entiendo que los peinados afro ya no están “in” (¿o sí?) y que no deben llevarse calcetines blancos con un traje oscuro. Es más: Soy incapaz de diferenciar un bolso comprado en Louis Vuitton de uno que proviene del supermercado y los cristales Swarovski me parecen simples piedritas sin chiste como aquellas con que los conquistadores embaucaban a los indígenas.
Cuando entro a una tienda de ropa me siento más perdido que Paris Hilton en una biblioteca, o que un aborigen australiano en Manhattan: Miro hacia todos lados buscando la mágica flecha roja que diga: “Debes comprar esto” y tomo lo primero que encuentro y que, por supuesto, está en los estantes a los que nadie se acerca porque eso ya no está de moda. Soy la antítesis del metrosexual, un cavernícola del vestir.
Tal vez por eso me llamó tanto la atención este concepto: Ropa que puede pintarse al gusto del que la va a llevar puesta. Así, cada quién puede crear su propio diseño (con algunas limitaciones, pues cada vestido tiene ya un patrón).
A pesar de todo esto, y en el supuesto caso de que hubiese modelos para hombre (eso sí: jamás uso vestido), dudo que sea la solución a mi problema pues para ello habría que saber los colores y combinaciones precisas… todo un acertijo, un quebradero de cabeza insuperable para mí.
Si alguna dama (o un trasvesti) está interesada(o), es una creación de Berber Soepboer y cuesta 238 euros (plumones incluídos).




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