De nada le sirvió a Sophie llorar, suplicar a su mamá que no la obligase a portar la abeja en forma de collar; la mamá llamó a la criada, se hizo traer un cordón negro, ensartó los trozos de la abeja y los ató al cuello de Sophie. Paul no se atrevía a decir nada; estaba consternado; cuando Sophie se quedó sola, gimiendo y avergonzada de su collar, Paul trató de consolarla por todos los medios posibles; la abrazaba, le pedía perdón por haberle dicho tonterías, y quería hacerle creer que los colores amarillo, azul y negro de la abeja hacían un efecto muy hermoso y parecía que fuera un collar de jade y de pedrerías. Sophie le agradeció su bondad; algo se consoló con la amistad de su primo; pero siguió estando muy triste con su collar. Durante una semana, los trozos de la abeja permanecieron enteros; pero finalmente, un buen día, Paul, jugando con ella, los aplastó tan bien que no quedó más que el cordón. Corrió a prevenir a su tía, quien le permitió quitar el cordón negro. Fue así como Sophie se liberó, y desde entonces jamás hizo sufrir a ningún animal.
Sophie Rostopchine, comtesse de Ségur, Les malheurs de Sophie, s.XIX




