
Una excelente caricatura de David Soames donde una mujer ha conseguido un trabajo de ensueño (e imagino que muy bien pagado): Paseadora de perros famosos.
¿Mi favorito? Scooby Doo, por supuesto.
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Una excelente caricatura de David Soames donde una mujer ha conseguido un trabajo de ensueño (e imagino que muy bien pagado): Paseadora de perros famosos.
¿Mi favorito? Scooby Doo, por supuesto.
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En Neatorama me encuentro un artículo que me ha puesto a pensar, pues expone un dilema ético algo improbable, pero que de todas formas resulta interesante.
¿Qué sucedería si un gemelo siamés cometiera un asesinato? En este caso, sólo uno de ellos es culpable, y el otro inocente. ¿Enviarían a ambos a la cárcel? Eso sería como condenar a un inocente. ¿Los dejarían en libertad? Ello equivaldría a dejar impune un crimen. [SEGUIR LEYENDO]
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Como muchos, adoro las mecedoras. El agradable vaivén es perfecto para leer, para ver televisión o, simplemente, para pasar el rato. Sin embargo, éstas suelen ser voluminosas y no siempre tenemos un espacio dedicado específicamente para ellas, así que estos soportes ajustables que pueden transformar cualquier silla en una mecedora me vendrían bastante bien.
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Pero lo más curioso de todo sucedió en un viaje que hice de Barbosa a Bogotá. Compré un tiquete de primera (lo que no era mi costumbre), porque no había de segunda y en este tren había visto que los coches de tercera tenía sólo unas largas bancas de madera paralelas, de lado y lado del vagón. Después me di cuenta de que el tren llevaba otro coche designado igualmente de tercera pero con verdaderos asientos -asientos de madera pero bastante más cómodos- y, a pesar de eso, casi desierto, mientras que los demás coches de tercera (que parecían vagones de ganado adaptados para uso humano) iban llenos. Hipoteticé que unos analfabetos habrían evitado el coche mejor porque no sabían leer su clasificación y pensaban que era de una clase superior más costosa; pero dudé que fuera ésta la única razón. Más bien me pregunté si el fenómeno no sintetizaba tal vez el grado de abnegación que a través de la historia se había inculcado en el campesinado cundiboyacense, que pensaba instintivamente que lo peor siempre era lo reservado para él.
David Bushnell, Colombia por primera vez y hace medio siglo, 1991
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La moda y yo estamos peleados. No me interesa y yo no le intereso a ella. A duras penas entiendo que los peinados afro ya no están “in” (¿o sí?) y que no deben llevarse calcetines blancos con un traje oscuro. Es más: Soy incapaz de diferenciar un bolso comprado en Louis Vuitton de uno que proviene del supermercado y los cristales Swarovski me parecen simples piedritas sin chiste como aquellas con que los conquistadores embaucaban a los indígenas.
Cuando entro a una tienda de ropa me siento más perdido que Paris Hilton en una biblioteca, o que un aborigen australiano en Manhattan: Miro hacia todos lados buscando la mágica flecha roja que diga: “Debes comprar esto” y tomo lo primero que encuentro y que, por supuesto, está en los estantes a los que nadie se acerca porque eso ya no está de moda. Soy la antítesis del metrosexual, un cavernícola del vestir.
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