Este texto me lo envió el buen Ben (El Signo de la Espada) hace ya un buen tiempo pero, no sé por qué, lo había guardado en el baúl de los posts pendientes y ahí se quedó, quieto y aparentemente exánime hasta que, de pronto, me saltó a los ojos y me conmovió hasta las lágrimas. Llámenme sensiblero, pero sólo después de leerlo.
¡Gracias Ben!
Solo en el amor podemos verificar distancia respecto al mundo. En brazos de la mujer, el corazón se somete al instinto, pero el pensamiento vaga alrededor del mundo, fruto enfermo del desarraigo erótico. Y, por ello, de la efervescencia sensual de la sangre se alza una protesta melódica y desgarradora que no siempre somos capaces de distinguir, pero que está presente en el intervalo de un destello recordándonos de paso lo eternamente frágil que es el placer. De lo contrario, ¿cómo podríamos alcanzar en cada beso la muerte rosada, mientras agonizamos envueltos de abrazos?
¿Y cómo mediríamos la soledad si no nos miráramos en los ojos extraviados de la mujer? Porque a través de ellos se ofrece a sí mismo el espectáculo de su infinito.
E. M. Cioran, El Ocaso del Pensamiento



