Shots Literarios: En el Mejor de los Mundos Posibles (R. M. Bucke)

by Andrés Borbón on 12 November, 2009

in Literatura, Shots Literarios

Su distracción preferida parece que era pasear y dar vueltas solo, contemplando la hierba, los árboles, las flores, las perspectivas de luz, los aspectos cambiantes del cielo, escuchar los pájaros, los grillos y los cientos de sonidos naturales; era evidente que estas cosas le proporcionaban un placer mayor que a la gente corriente. Hasta que le conocí, no se me había ocurrido que se pudiera obtener tanta felicidad de esas cosas, tal y como él las poseía. Le gustaban mucho las flores -silvestres o cultivadas-, le gustaban todas; creo que admiraba las lilas y los girasoles tanto como las rosas. Tal vez no haya habido hombre alguno al que le desagradasen tan pocas cosas como a Walt Whitman. Todos los objetos naturales poseían para él algún encanto; todo cuanto veía y sentía le complacía; parecía (y pienso que era verdad) que le gustasen todos los hombres, mujeres y niños que veía (aunque nunca le oí decir que le gustase alguno), pero cuantos le conocían se sentían amados y amaban a su vez a los demás. Jamás discutía ni se peleaba, y nunca hablaba de dinero. Siempre justificaba, unas veces en serio y otras en broma, a quienes hablaban duramente de él y sus escritos, y pensé a menudo que incluso gozaba con la oposición de sus enemigos. Cuando le conocí, pensaba que se conducía con cuidado y se controlaba, que nunca hablaba con impaciencia, antipatía, quejas o protestas; no se me ocurrió la posibilidad de que careciese de estos estados de ánimo; sin embargo, tras mucho observarle descubrí con satisfacción que esta ausencia o inconsciencia era totalmente real. Nunca hablaba con desaprobación de ninguna nacionalidad, ni de ningún tipo de hombre, de ninguna época de la historia del mundo ni de ningún oficio ni ocupación, ni siquiera contra animal alguno, insecto o cosa inanimada, ni de ley alguna de la naturaleza ni de las consecuencias de estas leyes, como pueden ser las enfermedades, las deformidades o la muerte. No se quejaba jamás dle tiempo, ni del dolor, ni de la enfermedad, ni de ninguna otra cosa; no juraba jamás, tampoco lo podía hacer porque no hablaba nunca enfadado y, aparentemente, nunca lo estaba. Nunca mostró miedo y no creo que lo tuviera jamás.

R. M. Bucke, Conciencia Cósmica

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