Este es un comentario que dejó Royer en una de las entradas del blog. Me pareció tan curioso que decidí publicarlo como una entrada aparte y él, amablemente, estuvo de acuerdo:
Pues yo, hace muchos años atrás, en el techo de mi casa (cercado, claro está), he criado muchísimos animales domésticos: patos, pollos, gallinas, cuyos, pavos, conejos (de estos últimos he llegado a tener cerca de 300, en sus buenas temporadas), y entre toda esa mezcolanza de animales se veían casos similares, como el de una gallina que tenía su esposo, un gallito de pelea bien mono, el cual decidimos comernos, y cuando la gallina notó la desaparición de su pareja, no dejaba de “llorar” (cacareaba suavecito, de una forma realmente triste) buscando por todos lados a su esposo. ¡Nos dio tanta pena! Todo el día, todos los días, lo buscaba de jaula en jaula, en el tragaluz del primer nivel, bajaba las escaleras, incluso se aventuraba a pasar por nuestra sala para buscar a su gallo… hasta que se empezó a juntar con un pato adulto. Fue increíble cómo se compenetraron esos dos animalitos: comían juntos, descansaban juntos. Cuando el pato subía a su jaula (las jaulas de los animales eran de 2 pisos para que alcance espacio para todos), la llamaba con un sonido como un arrullo, y la gallina volteaba y corría hacia él para darle alcance… igual con la comida, los patos son tragones, pero él dejaba de comer para que la gallinita se llenara primero…
Royer Cotrina Ávila (Lima, Perú)



