Se llamaba Lourdes, pero le decíamos “Lulis” y era la maestra más guapa que tuve en la primaria. Yo estaba, como muchos de mis compañeros, enamorado de ella porque además de ser inteligente y culta, era muy joven y usaba unos escotes descomunales que dejaban ver más de lo que un niño de 10 años debía. Y aquellas eran dos enormes, rotundas y poderosas razones que nos tenían a todos (los varones) prestando atención durante toda la clase casi sin parpadear y tragando saliva cada cinco segundos.
Pero había una tercera razón por la que Lulis será inolvidable para mi: Nos leía. Todos los días, sin falta, nos leía durante una hora, aproximadamente. Así conocí las Aventuras de Tom Sawyer y luego las de Huckleberry Finn y así conocí la historia de los Argonautas.
Yo quería ser un Argonauta.
El asunto es que Lulis no solamente leía, sino que de vez en cuando elegía a algunos en el salón para que actuaran los pasajes que ella recorría con su voz, que los años y la memoria han vuelto aterciopelada y llena de énfasis. Por ejemplo, si ella leía que Tom Sawyer estaba pintando una cerca, uno de los estudiantes se paraba frente a la pared y pintaba imaginariamente una cerca.
Aquello era maravilloso.
Pero cuando llegó el turno al libro de los Argonautas (Argonáuticas, de Apolonio de Rodas), juntábamos las mesas de trabajo y se formaba una plataforma, que se convertía en la nave de los aventureros que buscaban el vellocino de oro. He leído el libro no menos de cinco veces, pero en aquél entonces no lo conocía y mi boca se abría de sorpresa al escuchar las fantásticas cosas que les pasaban a aquellos griegos a bordo de la nave llamada Argos.
Moría por ser uno de los Argonautas. Hubiera matado de ser necesario, pero Lulis, la maestra, jamás me eligió.
Interpreté algunos otros papeles secundarios (el viejo rey Eetes, por ejemplo), pero jamás subí a la maravillosa nave ni me uní a los valerosos héroes que buscaban aquél objeto precioso. No remé, no maté a los monstruos surgidos de los dientes mágicos, no resistí a las sirenas ni estuve entre quienes rodeaban a la traicionera Medea.
Jamás fui Argonauta y no lo seré jamás, porque la imaginación ya no me da para tanto.
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Nota: La sección flashbacks está compuesta por retazos autobiográficos del autor de este blog.
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