La desaparecida Marilyn Monroe le dedica un minúsculo trozo de la canción “Happy Birthday” al entonces presidente de los Estados Unidos John F, Kennedy. El momento fue el más inapropiado y la actitud de la seductora Marilyn Monroe no hizo sino confirmar a los medios el amorío en el que ambos se habían involucrado y que había adquirido ya dimensiones públicas.
Poco después de esto, JFK rompía toda relación con Monroe y, bueno, el resto es historia: Ambos muertos: Uno con el cráneo destrozado por un disparo de un francotirador desconocido y la otra víctima de una sobredosis de barbitúricos. Poco quedó de la sensualidad, la brillantez de aquellos momentos, de la voz aterciopelada y la mirada sensual, del popular presidente (que según muchos habría producido una nación mejor) y de un momento que se ha convertido en leyenda.
Pero la verdad y la leyenda se confunden con los ingenuos sueños americanos. Ella era una exprostituta adicta con un trastorno límite de la personalidad y él, un producto de los medios, un sátiro seductor de estrellitas, bailarinas y mucamas. La historia ha sido injusta con ellos, pues los ha convertido en ídolos cuando en realidad fueron falibles seres humanos, como todos nosotros.



