Flashbacks: Leyendo a Kafka

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by Andrés Borbón on 31 August, 2009

in Flashbacks

kafka_proceso Tendría, tal vez, 17 ó 18 años cuando leí El Proceso, de Kafka.

Siempre me ha gustado leer, pero hubo una época en que leía, puede decirse, compulsivamente. Llegaba de la escuela, cumplía mis deberes y me tiraba a leer hasta que el sueño me vencía. Si estaba de vacaciones, leía todo el día.

Acababa de entrar a la universidad y en las primeras vacaciones que tuve, hice mi maleta y me fui a casa de mis abuelos, en Guadalajara. Huelga decir que casi todo mi equipaje estaba compuesto de libros pero, aún así, jamás eran suficientes.

Por fortuna, a unas decenas de metros de la casa de mis abuelos había una tienda de libros usados. El dueño, un viejo con lentes de lupa y rostro picado de viruela, siempre estaba leyendo. Cuando me veía llegar, sonreía (sólo un poco) y decía mi nombre:

─Andrés.

Eso era todo. Me dejaba vagar por los estantes a mi gusto, sin molestarme y, por lo general, me hacía rebajas considerables, ya que iba todos los días. Cuando terminaba de leer un libro, se lo vendía de nuevo y él me preguntaba si me había gustado o no. Así, el viejo fue formándose una opinión sobre mis gustos literarios.

Si los libros no eran muy largos, leía dos al día, así que el intercambio de libros usados era bastante intenso y aunque el librero siempre salía ganando, yo me ahorraba mucho dinero el cual, debo aclarar, no me sobraba.

Un día, el viejo hizo la cuenta de los libros que había elegido y, cuando terminó, puso otro encima de la pila que había sobre el mostrador.

─Éste te lo presto, pero me lo regresas pronto.

Yo asentí, intrigado, y miré el título: El Proceso, de Franz Kafka. Había leído La Metamorfosis, que no me dejó una gran huella, pero bueno: Un libro era un libro, y en aquellos tiempos de hambruna no despreciaba nada. Se trataba de un ejemplar gastado, con el lomo hecho una ruina y las páginas amarillentas, muchas de ellas con marcas de dobleces y los bordes de las hojas sucios, pero la letra era grande, nítida y no le faltaban hojas. Eso era lo único que me importaba.

Era de mañana, así que inicié la lectura poco después del mediodía. Desde la primera frase, quedé atrapado. Llegó la hora de la comida y le dije a mi abuela que no tenía hambre, y tampoco cené. No podía despegarme de aquél libro endemoniado. Habrán sido las 4 ó 5 de la mañana cuando terminé de leerlo y estaba exhausto, sorprendido, atónito… afuera caía una tormenta eléctrica de los mil demonios y cada relámpago me hacía saltar.

Sin embargo, me quedé dormido. Soñé con la novela. Despertaba y volvía a soñar con ella. Y así, una y otra vez.

A la mañana siguiente, fui a devolver el libro y al viejo le bastó una mirada para saber el efecto que había causado en mí. Sonrió, divertido.

─Sabía que te iba a gustar.

Yo no supe qué responder. El librero tomó la novela y la colocó en uno de los estantes superiores, justo de donde la había tomado.

Agregó:

─No te preocupes, a mí me pasó lo mismo. Es bueno, ¿verdad?

─Es lo mejor que he leído en toda mi vida ─respondí.

─Es lo mejor que leerás ─corrigió.

Regresé a casa, me hundí en una novela de Jane Austen y la vida volvió a la normalidad. Leí otros libros de Kafka, pero ninguno me causó un efecto semejante.

Volví muchas veces a la tienda de libros usados durante los años siguientes y el viejo, conociendo mi voracidad, me vendía los libros a precios ridículos con la condición de que los regresara o, si me faltaba dinero, simplemente me los prestaba.

La última vez que vi al librero, me preguntó:

─¿Ya encontraste uno mejor?

Dije que no con la cabeza, y se echó a reír.

Al año siguiente, el local se había convertido en la sucursal de un banco. El viejo librero había muerto de un infarto, me informó mi abuela.

Si pudiera hablar con él un minuto más, le diría que tenía razón, que no he encontrado uno mejor.

***

Nota: La sección flashbacks está compuesta por retazos autobiográficos del autor de este blog.

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