Al darme cuenta de que había llegado a más de la mitad del segundo volumen, punto en el cual los amantes se ven envueltos en los problemas más desesperados y desgarradores, pensé que estaría particularmente de buen humor y me acerqué para contarle que el barco se iba a pique.
─Bueno ─me dijo, cerrando el libro pero conservando el índice adentro para no perder la página─, el barco no servirá para nada después de semejante vapuleo. Pero, caracoles, dígale usted al contramaestre que disuelva ese grupo de oración. Supongo que el Mudlark no es una capilla de marinos.
─Sin embargo ─le respondí yo, impaciente─, ¿no se puede hacer nada para aligerar el barco?
─Bueno ─dijo masticando las sílabas y reflexivo─, como ya no tiene mástiles para cortarlos, ni cargamento… Sin embargo, podría usted tirar al mar a algunos de los pasajeros más voluminosos, si cree que eso serviría de algo.
Era un pensamiento feliz, una genial intuición. Fui rápidamente al castillo de proa, que por hallarse menos sumergido en el agua estaba atestada de gente, agarré por la nuca a un fornido y viejo caballero, lo llevé hasta el pasamanos y lo arrojé por la borda. No tocó el agua: cayó en el ápice de un cono de tiburones que surgieron del mar a su encuentro, sus morros reunidos en un punto, sus colas rozando la superficie. Me parece improbable que el viejo caballero haya tenido idea de lo que se proponían hacer con él. Enseguida arrojé a una mujer y lancé un bebé regordete a los vientos feroces. La primera desapareció entre los tiburones, igual que el viejo, y al segundo se lo dividieron las gaviotas.
Narro estas cosas exactamente como ocurrieron. Sería muy fácil hacer una muy buena historia con todo este material: contar, por ejemplo, cómo, mientras yo aligeraba el barco, me sentí conmovido por el ánimo generoso de una bellísima joven quien, para salvar la vida de su novio, empujó a su madre hacia donde yo estaba trabajando, implorándome que me hiciera cargo de la vieja dama pero que me compadeciera, ah, que me compadeciera de su querido Henry. Podría continuar divulgando cómo no sólo no me hice cargo de la vieja dama, según la petición de su hija, sino que de inmediato agarré al querido Henry y lo lancé a sotavento lo más lejos que pude, después de haberle roto la espalda contra el pasamanos y de arrancarle dos puñados de su pelo crespo. Podría proceder a declarar que, ya apaciguado, me robé el bote grande y, tomando a la bella doncella, me alejé del infausto barco hacia la iglesia de Santa Masacre, en las islas Fiji, donde nos unió un nudo que luego deshice comiéndomela. Pero de verdad nada de esto ocurrió, y no puedo darme el lujo de ser el primer escritor en contar una mentira sólo para interesar al lector.
Ambrose Bierce, Una colección de naufragios
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