Por cuestiones del trabajo de mi padre, siempre estábamos mudándonos de ciudad y cuando llegamos a Reynosa (Tamaulipas), me inscribieron en primero de primaria.
Todos mis compañeros se conocían, ya que habían estado juntos desde el kínder y yo era “el nuevo”. Aquella sensación no era extraña para mí ya que, como dije, siempre nos estábamos mudando.
Un día, nos avisaron que teníamos clase de inglés y cuando llegó la maestra, dijo: “Saquen su libro”.
Todos sacaron su libro, menos yo.
Era un libro precioso, lleno de ilustraciones a todo color, de hojas gruesas y relucientes, con muñecos como los de las caricaturas y enormes letras negras que anunciaban el nombre de cada cosa. Ellos lo tenían porque lo usaban desde el año anterior, pero como yo era “el nuevo”, no lo tenía.
Llegando a mi casa, le dije a mi madre que necesitaba el libro de inglés, pero pasaron los días, las semanas y nada: A pesar de mis recordatorios diarios, no parecía tener intenciones de comprármelo.
Entonces, un día, cuando todos salieron a recreo, robé uno de esos libros.
No necesité mucho tiempo para darme cuenta que aquello estaba mal, pero no supe qué hacer con el libro y lo escondí en un cajón, debajo de mis camisas, pensando que nadie sería capaz de encontrarlo jamás.
Unos días después, mi madre lo descubrió. Después de todo, no resultó ser un escondite tan bueno como yo pensé. Preguntó, blandiendo el libro en una mano: “¿Qué es esto?”
Y yo respondí: “El libro de inglés”.
Se dio la vuelta sin decir una sola palabra. Yo sabía lo que aquello significaba: Iba a dejar el asunto en manos de mi padre. Siempre que hacía algo “grave”, ella le cedía a él el castigo, así que pasé la tarde muerto de miedo.
Cuando llegó mi padre del trabajo, escuché unas voces y mi nombre, dicho en un tono que no dejaba lugar a dudas: Me iba a ir muy mal.
Él estaba sentado en un sillón, con el libro sobre las piernas. Me preguntó si lo había robado y dije que sí con la cabeza. Me temblaban las piernas y yo esperaba que se pusiera de pie en cualquier momento, se quitara el cinturón y me castigara.
Sin embargo, permaneció sentado, mirándome sin parpadear. “Eres un ladrón”, dijo. Yo me le quedé viendo con la boca abierta, como si no comprendiera. Y agregó: “Me da vergüenza ser el padre de un ladrón”. Comencé a llorar en silencio mientras él repetía variaciones de la misma frase: “Jamás pensé que tendría un hijo ladrón”. “Es lo peor que puede pasarle a un padre”. Sus palabras, dichas entre largas pausas, me desgarraban el alma, lloraba sin cesar y era incapaz de decir nada. Su rostro, a pesar de la dureza, se notaba triste, abatido, y aquello me hería aún más. Aquello siguió por lo que me pareció una eternidad hasta que, al final, dijo: “Vete, no quiero volver a verte hasta que regreses el libro”.
Me fui a la cama, pero no dormí un segundo. En mi cabeza daba vueltas y vueltas aquella frase: “Me da vergüenza ser el padre de un ladrón”.
Al día siguiente, frente a todo el salón, regresé el libro a su dueño y le pedí perdón. Mis compañeros de clase debieron notar algo en mi actitud, en mi tono de voz o en las lágrimas que me escurrían por las mejillas porque nadie hizo el menor comentario, ni entonces ni después. Estaban tan aterrados como yo.
Mis padres nunca me compraron el libro de inglés, y jamás volví a robar nada. Ni siquiera un clip.
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Nota: La sección flashbacks está compuesta por retazos autobiográficos del autor de este blog.



