Tras percatarme de que la entrada que recién he publicado sobre el miedo a los espejos ha desatado una interesante polémica que ha ido más allá de los límites de lo real (era inevitable), recordé este pequeño cuento que escribí hará cosa de 6 años (tal vez más) y que ha estado arrumbado todo este tiempo en el disco duro de mi computadora.
Ojalá les guste
Los espejos y sus habitantes
por Andrés Borbón
En un libro (cuyo autor pretendía el olvido escribiendo cosas de memoria) se afirma que, hace mucho tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Un poderoso mago, tras una guerra fraticida que casi destruye ambos reinos, redujo a los habitantes de los espejos a la infamante condición de mimos, condenándolos a repetir los movimientos de los que se asomaran a ellos.
El escritor, maliciosamente, omite la enumeración de los límites del reino cautivo. Baste decir que el poder de los espejos se extiende a los cuerpos de agua encerrada y, parcialmente, a los cristales y piedras cuyo pulimento les concede la propiedad de reflejar la luz.
Apresados en sus celdas especulares, los esclavos son capaces de viajar con la velocidad del pensamiento, de espejo en espejo, y deben seguir a sus reflejados por los confines de la tierra… Suelen adquirir los rasgos de éstos y reproducen con habilidad cualquier cambio en la expresión del otro rostro. Ríen, lloran, se maquillan, se llenan de viruelas, arrugas y cicatrices. Todo con una simultaneidad que engaña al ojo más entrenado.
El máximo acto de crueldad lo cometen los suicidas que se cortan las venas o se ahorcan frente a un espejo. Lo pensarían mejor si supieran que están matando a dos personas al mismo tiempo. Besarse, discutir, o hacer el amor frente a un espejo provoca, a veces, amores u odios paralelos.
Cabe aquí una nota aclaratoria: Quien se observa a sí mismo en el espejo lo utiliza como ventana, mientras que aquél que observa a otro lo usa sólo como espejo. Sólo el reflejado es capaz de ver a su respectivo actor. Esto puede originar discrepancias menores entre lo que observa una persona y otra.
Instrumentos modernos tales como la cámara fotográfica o de cine, no pertenecen al reino de los espejos y por ello reflejan a la persona tal como es, lo cual puede resultar beneficioso o cruel.
Pero los seres de los espejos están expuestos, como nosotros, a la fatalidad. Su muerte implica la inmediata sustitución. Si el actor emergente difiere del fallecido, el sujeto encontrará, cualquier mañana mientras se afeita, que su rostro ha cambiado. Los demás seguirán viéndolo igual que antes, de frente y en el espejo.
Quien enfrenta esta penosa situación, comienza a temer al espejo. Nada más natural: ver a un extraño gesticular a la par de nosotros provoca un miedo atroz. El afectado busca la razón del error en todos los espejos a su alcance, toma opinión de los demás y se desvela pensando en el conflicto. A veces, opta por destruir todos los espejos que encuentra a su paso, a ofenderlos, cubrirlos o ignorarlos.
Sin embargo, nada ayuda.
Dicha condición es incompatible con la razón y se denomina esquizofrenia. Para los antiguos se trataba sólo de locura.
Empeñados en complicar las cosas, algunos han planteado que lo real es lo opuesto. Éstos pensadores al revés dicen que nosotros fuimos los perdedores. Ello explicaría por qué tuve el irrefrenable impulso de escribir éstas líneas tan cerca de un espejo de cuerpo entero.
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