Flashbacks: A cuatro patas por la escalera

by Andrés Borbón on 17 August, 2009

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Era de madrugada y me revolcaba en la cama por el dolor. Tenía ya un par de meses sintiéndome mal, con punzantes aguijonazos en la espalda que iban y venían misteriosamente.

Pero nunca habían sido tan intensos.

Las últimas semanas fueron las peores, pues tenía fiebre casi todo el día, por lo que comencé a tomar antibióticos y cualquier analgésico que se me cruzara en el camino.

Lo peor de todo es que tenía que salir de viaje a la mañana siguiente. Llevaba un año entero esperando aquel congreso y los boletos para Pittsburgh estaban ya en el buró, junto a mi pasaporte.

Sólo debía esperar a que pasara el dolor, y me pondría a hacer la maleta.

Pero el dolor no se iba.

Fue algo súbito, repentino: De pronto, sentí como si Mike Tyson me hubiese aplicado un gancho al hígado. El dolor fue tan intenso que creí que iba a perder el conocimiento, y me encorvé en la cama en posición fetal. Gemía, jadeaba, y apretaba la mandíbula para no gritar.

“Creo que no voy a ir a Pittsburgh”, recuerdo haber pensado.

Al tocar mi abdomen, lo sentí duro: Como si estuviera hecho de madera. Yo sabía lo que eso significaba: Tenía “abdomen agudo” y, con toda probabilidad, peritonitis.

Eran las tres de la mañana y como vivía (y sigo viviendo) solo, tomé el teléfono y llamé un taxi. Mi departamento está en un quinto piso y yo apenas podía caminar, así que me arrastré como pude por los pasillos y escaleras del edificio, apoyándome en las paredes y avanzando a veces a gatas cuando el dolor se hacía insoportable.

“A cuatro patas, como un animal”, dije entre dientes.

El taxi me esperaba en el estacionamiento y el chofer se asustó al verme. Dije el nombre de un hospital y arrancó de inmediato.

El camino se me hizo eterno, interminable.

En cuanto llegué al hospital, llamé a Rocío (mi novia) y a mi padre. Unas horas después, me estaban operando. Resultó que tenía una peritonitis crónica provocada por piedras en la vesícula, y que cuando sentí el gancho al hígado de Mike Tyson fue porque ésta se había reventado, liberando la bilis entre mis intestinos.

Desperté con un tubo del grosor de un dedo clavado en mi abdomen y que estaba unido a una bolsa donde bailaba un líquido sanguinolento y bastante desagradable. Luego desarrollé neumonía, fiebres brutales que me controlaban cubriéndome de hielo y una aversión de por vida a la comida de hospital. Sin embargo, me repuse y regresé a casa.

Pero me perdí el viaje a Pittsburgh.

Maldito Mike Tyson.

***

Nota: La sección flashbacks está compuesta por retazos autobiográficos del autor de este blog.

Crédito de la imagen: Artrista Fundamentá

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