La desaparecida Marilyn Monroe le dedica un minúsculo trozo de la canción “Happy Birthday” al entonces presidente de los Estados Unidos John F, Kennedy. El momento fue el más inapropiado y la actitud de la seductora Marilyn Monroe no hizo sino confirmar a los medios el amorío en el que ambos se habían involucrado y que había adquirido ya dimensiones públicas.
Poco después de esto, JFK rompía toda relación con Monroe y, bueno, el resto es historia: Ambos muertos: Uno con el cráneo destrozado por un disparo de un francotirador desconocido y la otra víctima de una sobredosis de barbitúricos. Poco quedó de la sensualidad, la brillantez de aquellos momentos, de la voz aterciopelada y la mirada sensual, del popular presidente (que según muchos habría producido una nación mejor) y de un momento que se ha convertido en leyenda.
Pero la verdad y la leyenda se confunden con los ingenuos sueños americanos. Ella era una exprostituta adicta con un trastorno límite de la personalidad y él, un producto de los medios, un sátiro seductor de estrellitas, bailarinas y mucamas. La historia ha sido injusta con ellos, pues los ha convertido en ídolos cuando en realidad fueron falibles seres humanos, como todos nosotros.
Curiosa la foma en que se veía en los años sesentas (en Alemania) la forma en la que bailaríamos en la actualidad. Me alegro de que esas predicciones no se hayan cumplido. De por sí hay algunas formas de baile que son francamente ridículas. Pero éstas van más allá. Parecen, por momentos, avestruces, o que les está dando un ataque epiléptico.
Tendría, tal vez, 17 ó 18 años cuando leí El Proceso, de Kafka.
Siempre me ha gustado leer, pero hubo una época en que leía, puede decirse, compulsivamente. Llegaba de la escuela, cumplía mis deberes y me tiraba a leer hasta que el sueño me vencía. Si estaba de vacaciones, leía todo el día.
Acababa de entrar a la universidad y en las primeras vacaciones que tuve, hice mi maleta y me fui a casa de mis abuelos, en Guadalajara. Huelga decir que casi todo mi equipaje estaba compuesto de libros pero, aún así, jamás eran suficientes.
Por fortuna, a unas decenas de metros de la casa de mis abuelos había una tienda de libros usados. El dueño, un viejo con lentes de lupa y rostro picado de viruela, siempre estaba leyendo. Cuando me veía llegar, sonreía (sólo un poco) y decía mi nombre:
─Andrés.
Eso era todo. Me dejaba vagar por los estantes a mi gusto, sin molestarme y, por lo general, me hacía rebajas considerables, ya que iba todos los días. Cuando terminaba de leer un libro, se lo vendía de nuevo y él me preguntaba si me había gustado o no. Así, el viejo fue formándose una opinión sobre mis gustos literarios.
Junior Fritz Jacquet es un artista que trabaja con papel y que ha creado una serie de pequeñas máscaras construidas a partir de tubos de papel de baño, remojando y doblando el cartón hasta lograr estas creaciones que si no son tan originales en su forma, por lo menos sí llaman la atención por los materiales de los cuales están hechas.
Este buen perrito ha decidido hacer honor a su larga tradición, pero como no había alpinistas congelados qué rescatar, ha optado por otra modalidad de salvamento, y vaya que se lo ha de estar agradeciendo su dueño.
Pues para compensar un poco el desmoralizador mensaje de la entrada anterior, he aquí una que nos muestra a alguien que no se da por vencido. “Never Give Up” (Nunca te rindas) es el mejor consejo que se le puede dar a alguien, por más difíciles que estén las cosas.
Creo que todos los que alguna vez consiguen realizar algo notable es precisamente porque nunca se dieron por vencidos. Tolerar la frustración puede ser algo difícil, pero si se es persistente, viene la recompensa, como en la caricatura. Je, je