Los 101 locos egregios que cambiaron al mundo: 17.- Tomás Alva Edison

by Andrés Borbón on 26 June, 2009

in Locos Egregios

Tomás Alva Edison

Más fuerte que un Julio Verne que perturbó nuestros sueños infantiles con su terrible imaginación, Edison tuvo la audacia y el genio de realizar esos sueños y de poner en práctica las ideas más inverosímiles.

El más grande de los inventores contemporáneos, Edison nació en Milán, Ohio, Estados Unidos, en 1847.

Y el que años más tarde habría de realizar el milagro de grabar y “conservar” la voz humana había comenzado su vida como vendedor de periódicos, limpiabotas y peón de la línea “Grand Trunk Railway of Canada and Central Michigan”, antes de aprender por sí solo la tipografía y hacerse redactor, cajista e impresor del periódico, “The Grand Trunk Herald”, que vendía entre los viajeros.

Un día, estaba en el andén cuando vio caer sobre los rieles al hijo del jefe de la estación. Sin vacilar, se lanzó sobre él y salvó al niño de una muerte segura. Para recompensarlo, el padre del chiquillo le dio un pequeño empleo, consistente en contestar las señales telegráficas que se recibían cada hora. El trabajo no era duro, pero no le permitía dormir adecuadamente. Y fue entonces cuando tuvo la primera idea genial…

Una noche, queriendo intercambiar algunas palabras con el joven Edison, el jefe de la estación entró de repente en el despacho. Sorprendentemente, Edison estaba dormido profundamente y, junto a él, vio un extraño aparato que daba las señales automáticamente.

Pese a su gran admiración por Edison, el jefe no tuvo más remedio que despedirlo.

Empezó entonces a trabajar en la oficina telegráfica de Port-Huron y, sin cesar de instruirse, inventó en 1864 su telégrafo “Duplex”, que permitía el paso simultáneo sobre un único alambre de dos señales en sentido inverso. Aquel golpe le valió el que algunas compañías de redes telegráficas lo emplearan como ingeniero.

Rico y célebre, fundó en 1876 su famoso taller de “Menlo Park”, en Orange, Nueva Jersey, en el que habría de realizar sus inventos más brillantes.

En 1877 se concentró en el teléfono de Bell y, al inventar el “microteléfono”, hizo práctico el gran invento.

Un año más tarde, en 1878, Edison daría su golpe maestro: El fonógrafo, que debería revolucionar el mundo y convertir a su inventor en uno de los hombres más famosos del mundo. El 11 de mayo de 1878, en uno de los salones de la Academia de Ciencias de París, el aparato de Edison habría de sorprender a los honorables académicos, saludándolos con voz ronca pero muy comprensible:

“El fonógrafo se honra en hacerse presentar a la Academia de Ciencias”

Aquello fue la locura.

El mismo año de 1878, Edison habría de inventar la lámpara incandescente, la mayor y la más importante de sus invenciones, que revolucionaría el sistema de alumbrado en el mundo entero. Y también en aquel año inventó el megáfono y otros aparatos de enorme importancia.

Edison tenía la costumbre de trabajar simultáneamente en tres o cuatro ideas.

Fue él quien dijo: “El genio es cinco por ciento de inspiración y noventa y cinco por ciento transpiración.”

No tuvo otra distracción que el trabajo durante toda su vida. No era raro que trabajara 20 horas diarias. Decía que el mayor pecado que podemos cometer es perder nuestro tiempo y nuestra imaginación en cosas que no son prácticas ni útiles.

En 1884 descubrió el “efecto Edison”, primera fase del descubrimiento de la lampara a triodo. Pese a todos sus grandes inventos y a sus 1,033 patentes que hicieron de él el inventor más prolífico de todos los tiempos, puede decirse que el telégrafo fue el único amor de su vida. Lo renovaba sin cesar. Y en 1885 inventó un procedimiento para comunicarse telegráficamente con un ferrocarril o un barco en marcha, y algún tiempo después, su sistema de “Cuadruplex” y “Sextuplex”.

En 1894 apareció el Kinetoscopio, ingeniosa síntesis fotográfica del movimiento, que fue sin duda alguna el precursor de cinematógrafo de los hermanos Lumière.

Después de 1910, Edison empezó a trabajar en la batería conocida con su nombre, y durante toda la guerra pasó el tiempo perfeccionando motores de Benzol, de gas carbónico líquido y sobre todo eléctricos.

Se cuenta que un día cayó enfermo el gran inventor, y que fueron en busca de un médico que le recetó una serie de medicinas. Cuando llegaron con los remedios, Edison se los quitó a su mujer y los arrojó por la ventana. Sorprendida, su esposa le preguntó la razón de aquello, y Edison le respondió:

─El médico debe vivir; por eso mandé por él. El farmacéutico también debe vivir; por eso compré los medicamentos. Y yo también debo vivir… por eso he arrojado los remedios por la ventana.

Ganador del premio Nobel en 1915, admirado por millones, Tomás Alva Edison murió el 18 de octubre de 1931, a la edad de 84 años.

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