
El ensayo de las primeras vistas complació mucho al director. Luego se procedió a filmar la escena en la que aparecían Clayton, Wayne y el león. Éste era un hermoso y fuerte animal, que causó la admiración de Clayton. El domador advirtió a todos que si ocurría algo anormal o extraordinario, todos quedaran perfectamente inmóviles, y que bajo ningún pretexto ni circunstancias, tocara nadie al león.
Las cámaras comenzaron a funcionar. Clayton, representando su papel, corrió, vacilante, tropezó y casi cayó al suelo. Luego volvió la cabeza, y lanzó un terrible grito de terror. Cyril Wayne se arrojó en este momento desde la rama de un árbol, precisamente cuando el león surgía de la jungla persiguiendo a Clayton… Y en este momento ocurrió algo terrible, e inesperado.
El león, lanzando un horrendo rugido, se encogió todo, agachándose contra el suelo. Wayne, presintiendo el peligro, perdió la serenidad y escapó, abandonando a Clayton en la huida. El león entonces acometió al fugitivo furiosamente, mientras Clayton permanecía absolutamente inmóvil.
El león se disponía, en efecto, a perseguir a Cyril Wayne; pero ante los ojos absortos de todos ocurrió algo terrible e inexplicable: Clayton, comprendiendo con más perspicacia que nadie el peligro que amenazaba al actor, se arrojó sobre el león, quedando a horcajadas de la fiera. Un brazo de hierro se enroscó en el cuello del rey de la selva, que se revolvió furiosísimo, intentando despedazar al imprudente; pero las feroces garras no pudieron alcanzar a su presa. Clayton cerró sus piernas, que formaron una llave mortal bajo el vientre delgado de la fiera. Entonces ésta, loca de rabia, se arrojó al suelo revolcándose y pretendiendo librarse de este modo de su enemigo.
Pero los rugidos del león, se mezclaron ahora con unos rugidos no menos feroces y terribles que salían de la garganta del hombre.
El león se levantó, encabritándose con un aspecto terrorífico; pero ahora, en la diestra de Clayton había surgido el brillo de su cuchillo, y todos vieron cómo la hoja de acero se hundía, una, dos, tres veces en las carnes del felino, que, lanzando unos rugidos estentóreos de agonía, se desplomó al suelo, donde quedó inmóvil.
Clayton se irguió al bajar a tierra a su vez; luego puso un pie sobre le cadáver del león y miró al cielo, como si fuera a lanzar un agudo grito de victoria; pero, conteniéndose con gran esfuerzo, miró en torno, al tiempo que una larga sonrisa entreabría sus labios.
Un hombre, nervioso y excitado, se adelantó, temblando. Era Benny Goldeen, el manager de la compañía.
─¡Dios mío!, ─gritó aterrado─; ¡ha matado usted nuestro mejor león! ¡Valía diez mil dólares y no lo habríamos cambiado por cien leones! ¡Está usted despedido!…
El maítre del Hotel Roosevelt levantó la cabeza, y preguntó con amable sonrisa:
─¿Qué, ya nos deja usted, mister Clayton?… ¡Espero que se haya divertido usted en Hollywood!, ¿eh?…
─¡Oh, sí mucho! -repuso Clayton-. De todos modos, voy a rogarle que me informe usted ahora de una cosa…
─¡Sí, señor, no faltaba más! ¿De qué se trata?
─De que me diga…, ¿cuál es la ruta más corta para ir a África?…
Edgar Rice Burroughs, Tarzán y el Hombre León, 1934
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