Hugh Robertson y su hijo Donald Robertson, de 87 y 58 años de edad respectivamente, fueron encontrados muertos en la casa que compartían en Odham (UK) cuando uno de los vecinos espió en el interior de la casa por la rendija del correo y vio los cuerpos colgando del techo.
El padre padecía artritis, hipertensión y problemas respiratorios mientras que el hijo había sido diagnosticado con Distonía, una condición que provoca espasmos musculares involuntarios y que se habían agravado en los últimos tiempos, por lo cual abandonó su trabajo como dibujante
La última vez que los vieron, seis semanas antes, estaban bromeando y riendo, y nadie pensó que hubiese problemas entre ellos.
La policía halló dos cajas con documentos personales dirigidos hacia la familia y por lo que respecta a la investigación criminal, el forense ha dicho que no hay, a su juicio, posibilidad de que se trate de otra cosa más que de un suicidio de común acuerdo.
Tal vez no fuera que “no pudieran vivir el uno con el otro”, como lo insinúa el artículo de la BBC de donde tomé la noticia, sino que eran incapaces de cuidar el uno del otro. Tal vez (sólo tal vez) fue la desesperación y no el odio lo que los llevó a tomar esta terrible decisión.
Echando a volar un poco la imaginación, se me ocurre que un hombre de 87 años con artritis difícilmente habrá sido capaz de armar el nudo, asegurar las cuerdas y todo lo demás. Debió ser el hijo quien hiciera todo esto, y que después repitiera el proceso consigo mismo. Los lazos que unen a los suicidas son muy poderosos, y no creo que este caso haya sido diferente.
En todo caso, se trata de una historia bastante triste en cuya trama hay muchos huecos.




