
De Zapata me dijo cosas mejores y me contó las carreras de antorcha de Rogelio Fierro, este asesino que solía pintar a los prisioneros en los calabozos del Palacio de Gobierno de la ciudad que ocupaba. Cuando era llegada la medianoche, como era cazador empedernido, organizaba en el propio patio del Palacio una batida; para eso se situaba en el piso superior, se hacía poner al lado las mejores armas de precisión porque era un gran tirador y ordenaba que los presos salieran uno a uno con una antorcha encendida, adherida a la cabeza, y al atravesar el patio, en ese trayecto él se complacía en cazarlos, así ultimó ciento ochenta en una noche, hasta caer sin fuerzas, fatigado de matar.
José María Vargas Vila, Tagebuch, 1916
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