Vivir una situación como la que nos rodea es algo insólito, por lo menos para mí. ¿A qué me refiero?
Al miedo.
Hasta hace un tiempo, mi trabajo cotidiano implicaba cierto riesgo físico. Estar expuesto a ser lesionado no es algo nuevo para mí, ni para muchas otras personas aquí y en otras partes del mundo. Por desgracia, me ha tocado vivir de cerca momentos muy crueles en la historia de mi país. En 1984 fui voluntario para ayudar en los trabajos de rescate en las explosiones de San Juanico, en el área conurbada de la Ciudad de México donde explotaron instalaciones de PEMEX y quedaron carbonizadas unas 700 personas. Lo que ví, lo que viví, no fue agradable. Ya se imaginarán. Un año después, sucedieron los terremotos del 85 y participé en labores de rescate de los miles de personas que quedaron sepultadas en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Estar rodeado de 40,000 cadáveres no fue agradable, se los aseguro.
Pero en todas esas situaciones que describo no hubo, como ahora, el miedo que se respira en el ambiente, que se percibe en las noticias, que se lee en la red. México es un país que ha sufrido muchas tragedias, como todos. Ha habido lágrimas, dolor, desesperación y duelo, pero el estado persistente de temor ante un enemigo invisible es algo que, por lo que se ve, impacta de forma más profunda el ánimo, la voluntad y la forma de actuar de una persona y de un grupo humano, cualquiera que sea su magnitud.
Paralelamente a la información oficial, ha estado circulando “otra versión” de la realidad. México siempre ha sido un país kafkiano, pero nunca tanto como ahora. La inasible amenaza es casi palpable, aunque no hayamos visto a un solo enfermo de influenza porcina. Como los fantasmas, el miedo atraviesa las paredes, invade los cuerpos, se apropia de quien cree… y tratándose de la muerte todos somos devotos, fieles creyentes de ese punto final en nuestra existencia. Sentir la proximidad de ese instante nos vulnera más que una herida física, más que un empellón de la realidad.
Por cada persona que enferma hay una nueva teoría, un nuevo islote de realidad alterna. El temor dispara la paranoia. La paranoia desvía la inteligencia, la razón… y sin estas armas del espíritu humano somos poco más que ratones confinados en los limitados espacios que nos deja el horror.
Cada vez que escucho a alguien decir que esto “no es verdad”, veo a una persona con miedo, a alguien que está más dispuesto a creer en la magia de un poder que nos sobrepasa y nos manipula antes que enfrentar la llana y simple verdad de una epidemia como tantas que han asolado a la humanidad. Cuando los aztecas comenzaron a caer uno tras otro fulminados por la viruela importada del Viejo Mundo, se rindieron a causa del miedo religioso, del temor a un castigo divino.
Ahora somos menos religiosos y más paranoides, más suspicaces. La situación, sin embargo, es la misma: El Estado de Miedo.




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