
Formaron un tumulto a su alrededor. Sus tres guías permanecieron muy cerca de él con un esfuerzo digno de unos propietarios mientras decían una y otra vez:
─Un hombre salvaje venido de las rocas.
─De Bogotá ─dijo él─. Bogotá. Al otro lado de las cumbres de las montañas.
─Un hombre salvaje… que utiliza palabras salvajes ─dijo Pedro─. ¿Habéis oído eso… Bogotá? Su mente apenas está formada. No posee más que los rudimentos del lenguaje.
Un niño pequeño le pellizcó una mano ─¡Bogotá! dijo burlonamente.─ ¡Ay! Una ciudad distinta de vuestra aldea. Vengo de un vasto mundo… donde todos los hombres tienen ojos y ven.
─Su nombre es Bogotá ─dijeron ellos.
H. G. Wells, El país de los ciegos
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