
Estados Unidos: Nación que, trabada por la superstición de la democracia, no se atreve a ser un imperio. Padece la curiosa pasión americana de la imparcialidad. Me asombra la reverencia de los norteamericanos por los negros. Todo el mundo sabe que los diálogos de Platón, la Biblia, Shakespeare y la obra de Víctor Hugo han sido escritos por negros y éstos han reducido a la esclavitud a los blancos durante siglos. Es preciso reconocer su superioridad. Hay problemas de violencia con los negros en los Estados Unidos porque han cometido el error de educarlos. Mi abuela tenía esclavos que no sabían que habían sido vendidos en un mercado. Carecían de memoria histórica. En Estados Unidos, en cambio, por la educación, saben que descienden de esclavos. El resultado es que los negros agreden a los blancos a cuchilladas y se creen una raza superior. Son hitleristas al revés y más absurdos, pues la humanidad debe mucho más a Alemania que al Congo. En las universidades de Estados Unidos se obliga a los estudiantes a aprender trivialidades de memoria y a no leer en sus casas. Se lee en las bibliotecas y sólo los libros indicados por el profesor. Le hablé a un estudiante de The arabian nights (título inglés de Las mil y una noches) y me dijo que no lo conocía pues no había seguido el curso de árabe. "Yo tampoco -le dije-. Lo leí en el curso de noches". Los norteamericanos son muy sentimentales. Existe en ellos una tendencia muy generalizada a apoyar la pobreza, la ignorancia y la barbarie. Si hubiera una guerra entre suizos y esquimales, estarían por éstos. Los sudamericanos tenemos una tendencia a pensar en términos de conveniencia, mientras que la gente de los Estados Unidos tiene un enfoque épico de las cosas. Como soy un protestante amateur, eso fue lo que más admiré en los Estados Unidos. Aquella visión me ayudó a pasar por alto los rascacielos, las bolsas de papel, la televisión, los plásticos y toda la profunda jungla de artefactos. En Nueva Inglaterra parecen haber inventado todas las cosas que hay en Estados Unidos, incluso el Lejano Oeste. América era, en tiempo de Walt Whitman, el símbolo famoso de un ideal ahora (1969) un tanto gastado por el abuso de las urnas electorales y por los elocuentes excesos de la retórica, aunque millones de hombres le hayan dado y sigan dándole su sangre.
Blas Matamoro, Diccionario privado de Jorge Luis Borges, 1979









Comments on this entry are closed.